El mono araña

Feliz Carnaval. Creo, porque en realidad no sé cuándo empieza y cuándo termina, ni si en realidad estamos ya en él. Pero hoy hemos tenido que llevar a María disfrazada y mañana no hay colegio así que… sí. Supongamos que sí. Que feliz carnaval. Jon sigue yendo y viniendo así que me ha tocado ir a recogerla yo. Nos dijeron que fuéramos disfrazados y participáramos un poco del sarao. Así que he ido de spiderman. Pensando que me daría tiempo luego a ir a casa y cambiarme antes de mi clase. Craso error. Entre la tómbola, el baile, el jijijí, dejar a mi suegra en casa y un par de cosas que tenía que hacer de papeles de la uni, al final, todo el puto día vestido de spiderman como un mamarracho, de la ceca a la meca madrileña. Con coche y con chaqueta, menos mal. Pero sin posibilidad de esconderme en espacios cerrados. Y como ya llegaba tarde a mi clase y estaban todos esperándome desde hacía 10 minutos, he pensado «mira, a la mierda» y tal cual he cruzado el aula, sin pasar ni por vestuario, ni por taquillas. Mis alumnos se han quedado en shock hepático. Ni una palabra, ni una risita… Nada. Solo silencio sepulcral. Ha sido superbonito. Me he desenfundado del disfraz (literalmente, porque es como salir entero por una manga) allí mismo, mientras les marcaba el uno-dos-tres-plié. Me he visto reflejado en los espejos mientras daba saltitos a la pata coja en suspensorio para ponerme las mallas de trabajo y me he dado cuenta de lo penosísimo que soy como profesor. Tan penosísimo que ya me ven vestido de spiderman y los pobres ni reaccionan. Estoy seguro de que si apareciera tocando la pandereta vestido de lagarterana, no se les despeinaría ni una ceja.

Una pena que ya no ensayemos en la parroquia aquella. Al catequista le hubiera encantado la performance de hoy. Me hubiera nombrado superhéroe non grato.

Hoy estoy fatal (independientemente del asunto arácnido). Dormí muy mal anoche y me tuve que chutar antihistamínicos por la mañana, porque San Arizónica no be dejaba resbirar. A las 9 y poco ya era un despojito en el trabajo y al llegar a mediodía, ni tres cafés seguidos habían conseguido recomponerme. He ido rodando sobre mi propia pochez a lo largo de todo el día y ahora mismo tengo la vitalidad de un buñuelo en pijama. Jon me ha puesto un whatsapp que dice «llego en media hora ¿salimos a correr un poco?»

No tengo fuerzas ni para responderle el juasjuasjuás.