Be buero

Esta mañana, Jon afeitándose y yo en la ducha: «Anda mira… vaya pedazo de mosca hay en la pared.» Jon coge un trozo de papel y la espachurra. «Sí, es una de esas moscas de paloma. Ya está.» La tira al wc. Olvidado.

Esta tarde, Jon: «Joder, mira. Otra mosca de paloma en la cortina. Debe haberlas traído la tormenta.» Yo: «Qué ascazo, macho. Son gordísimas. Menos mal que no vuelan.»

Esta noche, yo limpiando la tierra de los gatos. «Oye, Jon… aquí en el patio hay dos moscas de esas más. A ver si es que hay un nido por aquí cerca.» Jon: «A ver, trae la linterna y echamos un vistazo. Pero imagino que habrán venido con el vendaval.» En el patio no hay luz eléctrica, así que Jon coge la linterna y mira por las esquinas. Otra mosca más. La mata. Otra. «Pues sí que hay demasiadas, sí.» Rodea el patio y da la vuelta a la casa. Por el camino mata seis moscas más. En la última se para y la observa mejor. «Ari… esto no son moscas de paloma. Son moscardas. Estas comen carne.» Se me erizan hasta las orejas. «Qué… qué… comen… que… pero…» Le veo alejarse con el foco por delante. Por dos segundos me deja a oscuras. Justo lo que tardo en salir echando hostias hasta ponerme a su lado. «¿Has dicho carne? ¿ca-ca-carne?» Jon enfoca un bulto de bolsas detrás de las bicicletas, en un rincón del jardín. «¿Qué es eso de ahí?» «No sé… » «¿Lo dejaste tú?» «Ah, joder. Sí. Es la pata de jamón. La saqué para tirarla y se me me olvidó.» Jon se acerca. Levanta las bolsas. Enfoca la pezuña del jamón pelada y la levanta. «Ari. Ven. Mira esto.» Me asomo desde una distancia prudencial.

Decenas. Cientos. Miles de larvas de moscas del tamaño de una uña. Doradas, encapsuladas y amontonadas en montaña. Y entre ellas, cuarenta o cincuenta moscas ya nacidas, trepando y dispersándose jamón arriba. Pego un berrido. Vienen los perros. Vienen los gatos. Vienen los niños. «¿¿Qué pasa??» «NADA, IDOS. LLEVAOS A LOS PERROS.» María: «¡BICHOS!» Pedro: «ayquéasco» Simón: «Parece un montaña de caramelos» María: «¡CARAMELOS!» Yo:»¡FUERA, FUERA, FUERA!» Jon: «Bueno, calma. Solo son moscas…» En ese momento se le resbala la pata del jamón y cae a peso sobre el suelo. Las larvas salen disparadas en nuestra dirección. Me miro los pies y veo las perneras del pijama y los agujeros de mis crocs llenos de larvas de mosca. Ya no veo, no pienso, no siento. Solo berreo y corro en círculos QUÍTAMELAS-QUÍTAMELAS-QUÍTAMELAS. Jon empieza a recorrer mis mismos círculos concéntricos intentando atraparme en un ocho infinito por el jardín, mientras se desmondonga de risa «Perojajajá… estate quietojajajá…quenopuedojajajá…» Dejo de correr en círculos y enfilo hasta el patio. Por el camino me quito los pantalones, los lanzo, me saco los crocs, los lanzo en patada, siento las larvas caídas chafarse bajo las plantas de mis pies «JON QUE HAY MÁAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAS» Jon aún corre tras de mí. Literalmente, se cae de risa. Detrás van los perros y detrás de los perros van los niños. Yo me paro por fin. Solo llevo puesta la sudadera que (afortunadamente) me llega a medio muslo. Pego saltitos absurdos «JON-JON-JON-JON-JON LASESTOYPISANDO-LASESTOYPISANDO» Jon enfoca al suelo. Todas las larvas de mi ropa están aplastadas bajo mis pies descalzos. Me muero. Me desespero. Agonizo en mi propio asco. Todos se paran a mi alrededor mirando el foco de la linterna. Jon dice: «Qué bonita estampa, parece que estés haciendo mosto de moscarda.»

Acabo de darme la tercera ducha. Solo son las once de la noche, así que no descarto la cuarta. Doy gracias a que me haya pillado con Jon en casa. Porque te juro que si me llega a pasar a mí solo, cojo los niños, los perros, los gatos y el cepillo de dientes, dejo ahí el puto jamón, las putas moscas, las putas larvas y el puto todo, y me piro a un motel hasta el día de la firma de escrituras.