Redes

Estoy escribiendo en mi viejo portátil. Ya ni se fabrican, y sin embargo, recuerdo mi post recontrafeliz cuando Jon me lo regaló. Por aquí andará. Este blog está hecho de muchos momentos y de muchos arieles. Es por eso por lo que le tengo tanto cariño. Y es por eso por lo que nunca lo cerraré.

Sí, ya, hoy tocaba viñeta. Siempre hago lo contrario de lo que debería hacer. En realidad estoy debajo de unos auriculares, viendo los últimos episodios de Shameless en Yomvi, comiendo palomitas y bebiendo de una lata de naranjada. Jon está viendo fútbol, María ya está acostada y Simón y Pedro están haciendo deberes. Hay paz alrededor. Esta mañana estuvimos contratando los aires acondicionados para que nos los instalen en nuestra casa nueva allá por el mes de mayo (que por mayo era por mayo/cuando hace la calor). Ha sido la primera vez que he dado mi nueva dirección. Me ha sonado raro. Y es raro dentro de lo raro, porque si hay algo a lo que yo debería estar acostumbrado es a no tener raíces en ningún sitio, pero ya ves. Al final me acostumbré a estarme quieto. Quién me lo iba a decir.
El aire acondicionado ha resultado un pastizal. Unos 6.000€ de vellón. La buhardilla es tan grande que requiere dos splits para poder refrigerarla. Ya no escribiré post apocalípticos en julio sobre el asqueroso y maldito calor. Supongo que ahora los escribiré sobre la asquerosa y maldita factura de la luz. Jon sigue contento. Me levanta bonitos castillos. “En el salón de la planta baja, junto al porche, nos sobra una mitad. Se me ocurre que podría ponerte allí un buen sillón de lectura. Uno cómodo, con orejas. Como entra la luz del jardín por la cristalera, la iluminación es muy buena. Podría colocar detrás estanterías hasta el techo con todos tus libros. ¿Has tenido alguna vez un rincón para leer? Creo que podría gustarte.”

Un rincón de lectura. Junto a la puerta del jardín. Madre mía…

Nunca conocí un pescador más diestro que Jon.