Pánicos

Hoy he tenido mi primer ataque de ansiedad de tener que respirar en una bolsa. Justo en mitad de mi clase. Era de esperar, creo que al final terminaré por volverme loco. Me preocupan cientos de cosas (again). Ayer estuvimos con los de la reforma recorriendo la casa nueva, y al empezar a apuntar puñeta por puñeta, me di cuenta de que la reforma suponía algo más que «pintar y hacer dos baños.» Y luego vino el del aire acondicionado y empezó a hablar de rozas, de picar techo, de canaletas… Dos horas de pánico en un miércoles cenizo, justo después de un martes de reuniones sindicales, que iba precedido de un lunes de estudiar contra reloj.

Recuerdo que el domingo por la noche le dije a Jon «qué ganas tengo de que venga ya el jueves…»

Era por algo, claro.

En fin, que ahora estoy preocupado por las cifras. Porque aún tenemos que pagar muchas cosas muy, muy cuantiosas y temo que los presupuestos se nos disparen tanto que no seamos capaces de abarcarlos. Jon no se preocupa. Jamás lo hace. Ni por esto, ni por nada. Supongo que por eso yo a estas alturas tengo que subirme a la azotea a respirar en una bolsa, mientras él juega un partidito de rugby con los amiguetes, a diez kilómetros de aquí. Porque básicamente él vive mientras yo me angustio. Luego siempre me abraza, me acuna, me habla, me calma «no pasará nada, todo irá bien, las cosas se colocarán solas…» y le creo. Le creo absolutamente y me siento tranquilo ahí dentro, contra su jersey. Pero en cuanto me vuelvo a encontrar yo solo con mi cabeza… de nuevo el pánico.

Qué ganas tengo de que venga Navidad.

Bueno, hoy no ha llegado la sangre al río, aunque creo que estoy un paso más cerca de terminar vestido con bolsas de basura anunciando el fin del mundo mientras descubro una conspiración judeomasónica en los posos de la cocacola. Siento que vuelvo a estar un poco al límite. Hoy lo he solucionado a la espartana. Saliendo a correr por el monte, yo solo, hasta que me ha faltado la resuello. He vuelto como nuevo y dispuesto a afrontar el segundo round, que será mañana o pasado, cuando me envíen el presupuesto y se me caiga el belfo hasta el ombligo.

¿Lo ves, Jon? no nací con alma de propietario. Mientras tenga que ir viviendo de puente en puente (y tiro porque me lleva la corriente) y alimentándome de palomitas, todo bien. Pero en cuanto tengo que afrontar una vida estable, seria y formal… me quedo como un conejo en mitad de la autopista.

Bueno, tú sigue diciéndome que todo irá bien y que las cosas se colocarán solas. Usémoslo de conjuro. A veces, cuando algo se repite lo suficiente…