Montañas

Ha sido este uno de los peores lunes que recuerdo. He salido de casa a las 7:00 y vuelto a ella hace escasos diez minutos. Y hemos recibido el dinero de la venta de nuestra casa. Que debería ser una buena noticia, pero cada día salen nuevos gastos, impuestos, tasas y mierdas que hacen que me deprima aproximadamente… cada diez minutos.

No debería. Tengo el dinero. Sería bastante peor no tenerlo. Pero contaba con que todo esto del vendercomprar fuera más barato y más sencillo. Supongo que todo es un cúmulo de cosas. Una maraña de preocupaciones encima de mi cabeza barruntando tormenta. Aún no sé bien dónde guardar a los niños las dos o tres semanas que dure la reforma, ni cómo apañar que sigan yendo a sus colegios todos los días hasta que cambiemos de curso. Tampoco sé si a este paso me va a quedar un puto duro para muebles. Jon sigue diciendo «ya lo veremos» y quedándose tan pancho. Yo no puedo. No sirvo. Ya te lo dije, no estoy para nada a la altura de las circunstancias. Y me duele un dedo del pie, y tengo una contractura en el hombro, y una llaga en la boca, y un resfriado que no me quito de encima con una tos que me está matando, y un dedo corazón en la mano derecha que se me encasquilla por las mañanas y no hay quien le desdoble… en fin. Tengo una bajada de defensas por stress del tamaño de Ucrania.

Hoy después de notarios, médicos de María, papeles y peleas con el banco por el cobro de comisiones (bucaneros de las pelotas…), he podido mediocomerme un sandwich de pie a eso de las tres y pico de la tarde. Ahora llego a casa y no tengo ni hambre. Solo el estómago revuelto. Jon se ha vuelto a ir a Tunez. Nada preocupante, volverá pasado mañana, pero joder… a mí la legión.

No puedes ni imaginarte las ganas que tengo de que sea Navidad. No porque a estas alturas me haya poseído el espíritu cristiano, sino para que haya pasado todo de una puta vez, y la casa esté pagada y reformada, las cuentas estables, los papeles firmados, los niños colocados, los gatos aclimatados y yo solo entre a este blog a quejarme de que no sé manejar los botones de la secadora.

Hoy se me han roto mis segundos pantalones en lo que va de 2019 (¿o los terceros?). Me he sentado y al ir a cruzar la pierna me han hecho cracs en el culo. Eran mis pantalones favoritos. Supongo que por eso siempre los termino usando por encima de sus posibilidades. Cuando he salido de trabajar, me he acercado a la Vaguada a por otros pantalones. Me daba igual cuáles. Los primeros que viera y que no me flotaran. Como llevo perdidos ya ocho kilos y medio, intento no mirarme en los espejos, así que me los he probado como si estuviera en el epicentro de un incendio. A velocidad Buster Keaton. Al final he salido de allí sin pantalones nuevos, pero con una cazadora de color verde. No necesito ninguna cazadora, pero el color me ha dado calma.

Al pasar por el Bershka, he trincado unos pantalones cargo de camuflaje y me los he llevado sin probar. Me valen. Milagro de lunes de mierda. Me los pondré mañana con mi cazadora verde apaciguador.

Tenía que haber empezado a estudiar para los exámenes y a buscar teatro para la función de junio. Empiezo a perder la cuenta de todas las montañas que hay por delante de este 2019.  ¿Y sabes lo peor? que noto que tengo las reservas de paciencia para tonterías muy por debajo de mi límite. Muy, muy, MUY por debajo.

Creo que será mejor que no me relacione mucho estos días con nadie.