El niño del otolito

Esta mañana, al sonar el despertador, he pensado «bueno… venga, viernes. A lo mejor tengo que operarme la mano. Ok. No pasa nada. Positivicemos. Vamos a trabajar, que tengo mucho que hacer hoy» y entonces, me he ido a levantar y uououououoooooo… habitación giratoria y al suelo.

Vértigo periférico. Segunda vez que me pasa. Los putos otolitos. Pienso «no pasa nada. Es el stress. Llevo a los niños a clase y luego… uououououooooo…» Más mundo giratorio. No llevo a los niños a ninguna parte. Solo vomito el zumo de naranja y a urgencias en taxi (porque Jon sigue pateando las Áfricas). Dogmatil en vena, primperán en vena y nebulizador en mascarilla (esto último no sé muy bien por qué. Me verían acelgoso). Dos horas en camilla como un pringao, y andando para casa a acostarme por el resto del día, con todas mis ochocientas cosas pendientes de hoy dejadas sin hacer. En serio, dímelo. ¿No me ha mirado un tuerto o algo? ¿un vudú? ¿una maldición coreana? no sé… ¿algo? porque esto ya empieza a ser un poco surreal. ¿Ahora vértigos? ¿En serio? ¿detrás de la alergia, la gripe, las llagas, la contractura y mi dedo engatillado? ¿luego qué? ¿lepra? ¿un poco de tifus que dé color a mi vida?

Ya. Es el puto stress. El susto de los 18.000€, los agobios de los notarios (que por cierto, aún me quedan dos), la angustia de los presupuestos…Mi cuerpo flacucho y mi hipotálamo descompensado a base de panteras rosas me está diciendo que basta. Que me dedique a la meditación, las semillas de chía y el crossfit, justo precisamente cuando tengo una neurona en Moscú y otra en Logroño.

Lo bueno de lo malo de todo esto, es que ya me río. Soy así. Cuando toco fondo, en lugar de hundirme, me descojono. Me imagino perfectamente muriendo en una hecatombe nuclear diciendo «¡corre Jon, saca la parrilla y las salchichitas!» porque sí. Porque cada uno tiene sus vías de escape y la de los Serlik es el humor. Mi puto padre también lo tenía. Era un capullo, pero era un capullo con el que te reías. Al césar lo que es del césar. Pues esto es igual. ¿Falta que me lluevan ranas y que me empiecen a morir los primogénitos? pues ea. Hagamos unos chistecitos.

Me han llamado los del aire acondicionado y los de la pintura. Ya he concretado con ellos una fecha para que vayan a pintar e instalar. Me ha molado dictarles la dirección de la nueva casa. Ha sido como darle identidad. La nueva casa. Mi casa. Me han dicho «¿Nos dejarán las llaves o estarán ustedes ya viviendo allí?» y he dicho «mi marido y yo estaremos ya allí.»

No sé durmiendo sobre qué, ni lavándonos dónde, pero allí estaremos.