Hoy

Estaba yo aproximadamente tranquilo. Y aproximadamente ilusionado. E incluso aproximadamente feliz (esto último con reservas, que ya sabes que lo de la felicidad, afortunadamente, es algo de quita y pon) y ayer por la noche me encontré con un email que me jodió todo el finde. Porque las escrituras de compra de la casa están mal, no han sido redactadas como debían, no ha habido comunicación entre nosotros y la gestora del banco, ni entre la gestora del banco y la notaría y la semana que viene hay que cerrar esa firma, y ya está citado el vendedor, y solo son tres días, y la gente está de vacaciones de semana santa, y nadie nos responde el email ni el teléfono, y no podemos retrasar la compra porque el lunes de la siguiente está ya programada la reforma y…

Angustia, angustia, angustia… nervios, nervios, nervios…

Lo de la angustia vital va así. Si estás bien, hermético y tranquilo en tu felicidad, y alguna bala de angustia te alcanza… mal rollo. De repente se te abre una fuga y pumba. Todas las angustias te van entrando en fila india por el cuerpo. Hasta las más calladitas, reaparecen y se te extienden por tooooooooooooodo el organismo. Así que ahora mismo, junto con lo de las escrituras, estoy pensando en mi trabajo, en la matrícula que pierdo, en cómo voy a trasladarme, en que no hemos empaquetado todo, en que tengo que pedir una reducción de jornada, en que Pedro igual no se adapta al nuevo instituto…

En fin.

Cuando lo paso tan mal, las cosas siempre se solucionan fácil. Es más que posible que el lunes no pase nada. Que lo incorrecto se arregle, que todo se firme, que el bache se salte y a tomar por culo el problema. Pero ahora mismo es un muro jodidamente alto que me lastra un finde jodidamente largo.

Jon me ha regalado un libro. Biografía del Silencio de Pablo D’Ors. Va sobre meditación. Nunca he podido meditar porque mi cabeza va deprisa y no me deja. Ni siquiera soy capaz siempre de leer sin solapar pensamientos a veces hacia otras cosas. Pero reconozco que ahora mismo me vendría de coña ser capaz de estar veinte minutos en silencio mental. En silencio de mis propios gritos, porque de verdad que no me aguanto, ni me estoy cayendo nada bien y voy a tener que terminar dándome dos tortas.

Hay un gecko atrapado en el arcón del patio. En una esquinita, entre la pared y el arcón. Y no quiere salir. Los gatos andan locos por sacarle las tripillas y yo ando loco por salvarle. Pero el gecko no quiere salir, y por más que se lo pongo fácil para que huya rumbo al monte a seguir comiendo mosquitos, él prefiere quedarse en ese centímetro cuadrado, jugándose el culo y escondiéndose ante toda pretensión de libertad. Lleva allí ya día y medio. Tengo a los gatos semiencerrados detrás de la puerta de cristal para que no le trinquen, pero no sé hasta cuándo puedo seguir con la tontería. Hace un rato estaba dibujando con Simón posibles trampas en plan inventos del TBO para atrapar al gecko y soltarlo fuera de aquí. Me estoy obsesionando con salvar al gecko. Puede que esté proyectando en él toda la basurilla que llevo en la cabeza. Y que el gecko sea yo y los gatos sean mi cambio de casa y vida. O yo que sé.

Voy a ponerme un vodkatonic y a salvar al gecko. Por ese orden.