Craj

Sigo aquí metido de okupa, en casa de Jokin y sintiéndome mal por nuestros tres minions, que tenemos aparcados en casa de mi suegra como si fueran tres bicimads. Sé que allí están bien, están atendidos y son aceptablemente felices, pero me siento culpable por Pedro. Me pone cerca de 28 whatsapps al día y me llama todas las noches. Para decirme nada, realmente, porque solo me llama, me dice «Hola» y ya el resto es una sucesión de monosílabos, pero con eso me demuestra que la impecable (y frágil) estructura de su universo mental se está alterando. Necesita tenernos en su entorno y volver a la normalidad. Y yo, esto tampoco voy a negarlo, también necesito tenerlos cerca. Porque sí, porque les echo de menos. Porque me siento terriblemente culpable. Irracionalmente culpable, así que no hace falta que me digas que es una tontería, que no tengo culpa de nada y que estamos haciendo todo lo que podemos, porque ya lo sé. Lo sé perfectamente. Pero lo irracional es así. Solo devastador. Con lógica y sin ella.

Por lo demás, no paramos ni un segundo. Hemos calculado los muebles necesarios, los hemos comprado, los hemos reservado, los hemos planificado en el calendario… Mañana nos instalan ya el gas, pasado nos instalan la fibra… Para la semana que viene, ya deberíamos tener una casa habitable. Esta es una semana complicada de trabajo para Jon y supongo que eso me hace agobiarme un poquito más. No mucho, pero lo suficiente para flaquear cuando se pone el sol (maldita falta de luz…). Sabía que me pasaría esto y que cuanto más cerca estuviera por fin del desenlace, más pesado y grave se me haría todo. En fin, tampoco puedo hacer mucho más que venir a quejarme aquí, a mi desagüe emocional, así que…

Sin los niños todo hubiera sido más llevadero. Porque aunque estamos rodeados de cajas y cachivaches, Jon y yo nos adaptamos al bombardeo y nos coordinamos bien. Ya lo hicimos cuando fuimos a vivir a nuestra vieja casa. Estuvimos dos semanas durmiendo en el puto suelo y alimentándonos a base de sandwiches y hasta nos pareció divertido. Pero con niños todo es más complicado. No pueden faltar a clase, ni dejar de comer caliente. Y sobre todo Pedro no puede perder la estructura de su día a día. Ni María, ni Simón su fisioterapeuta, el taekwondo, el fútbol, los deberes…

Ha empezado a hacer calor. Igual también es eso. Odio el calor. ¿Te he dicho que odio el calor?

No veo el momento de que llegue Navidad.