YA

YA. POR FIN. YA HE VUELTO.

Siento el silencio. Ya te imaginas cómo han sido estos días. Y si no te lo imaginas te lo cuento. Cajas… caos… tres casas en paralelo… gatos… Pedro… Crisis de Pedro… papeles… más cajas… Era imposible. Te juro que era imposible. Y mira que el más perjudicado de no venir aquí a escribir he sido yo y solo yo. Necesito escribir. Te lo he dicho muchas veces. Si no escribo, se me llena la cabeza y las cosas se me pudren dentro. Se me van amontonando y al final se me gangrenan. Yo necesito venir a contar cosas. Da igual el color que tengan. Lo necesito y punto. Pero estas últimas semanas… sin mesa, sin ordenador, sin momento, sin vida, lo han hecho imposible. Hasta ahora. Ahora ya sí.

No es que hayamos mejorado mucho el caos. Seguimos teniendo cajas en montón por aquí y por allá. Ahora mismo, a mi espalda, está la caja de las cosas del baño. Champuses, geles, esponjas, paracetamoles, peines, algodones, espumas de afeitar, desodorantes… Según lo vamos necesitando, lo vamos cogiendo de la caja, porque en el baño no hay nada. Hay váter, bidet, ducha y vacío existencial. Por no tener, no tengo ni toalleros. Que están comprados y apoyados en alguna pared (no recuerdo exactamente en cuál), pero es que ni tiempo hemos tenido de colgarlos (y aquí no sé por qué digo «hemos» si en realidad es un «ha»). Todo lo vamos postergando para el fin de semana. El fin de semana colgaremos los toalleros. El fin de semana instalaremos la televisión. El fin de semana compraremos las estanterías de la cocina. El fin de semana, planificaremos las lámparas. El fin de semana, el fin de semana, el fin de semana.

Aunque lloriquee, estoy bien. Soy bastante feliz en este momento, con mis montoncitos de cartones, con mi caos, con mi rebuscar el cepillo de dientes en una caja. Soy bastante feliz porque estoy en casa. Y estar en casa siempre mola. Sobre todo cuando ya SOLO TENGO QUE ESTAR EN UNA y encima he ganado un 75% de espacio en cada habitación. Ahora mismo escribo en una mesa con todo un mundo mundial a mi espalda. La cama está a tomar por culo. No recuerdo nunca haber dormido en una habitación donde la cama estuviera a tomar por culo de la mesa. No recuerdo haber visto jamás las paredes tan lejos. Y hay silencio. Muchísimo silencio. Maravilloso silencio. Los locos necesitamos silencio de vez en cuando. Está en nuestro manual de instrucciones. Así que todo ahora mismo es maravilloso. No me apetece rellenar ningún espacio, porque así vacío, y en silencio, ya soy bastante feliz.

Los de nuestra tribu van tirando. María y Simón se adaptan sin problema y parecen crecerse en el caos. Pedro aún entra y sale intermitente de pequeñas minicrisis. Creemos que cuando terminen las clases y los exámenes, la cosa mejorará. Aún así, su cuarto es el único que está ya montado, limpio y terminado, pero no sirve de mucho, porque se sigue alterando en cuando pone un pie fuera. Los perros, por su parte, siguen tan felices aquí, como allí, como en el Kilimanjaro, y los gatos… los gatos se van amoldando. Peyote suele llamarme lloriqueando desde cada habitación y Hocus Pocus parece tener un amor especial a esconderse dentro del tubo de la chimenea. Ya sabes cómo es esto. Cada loco tiene que ir a su ritmo. Yo les dejo. A su bola. Friego algún pis nervioso gatuno de vez en cuando y respondo a los mioumioumiou con calma y cuchicuchis.

Bueno, por hoy ya. No sabes qué feliz, QUE FELIZ soy de haber vuelto. Mañana nos vemos ¿no? Claro. Mañana no vemos.