Postguerras

Pocas veces podía yo escribir así mirando el cielo ponerse naranja. Y mucho menos poniendo la habitación a 23ºC con un mando a distancia. Cómo han cambiado las cosas dentro de un mismo blog. Si vas hacia atrás me encontrarás en el ayer quejándome de algo. De los compañeros de piso que me despertaban a las tres de la madrugada. Del calor. De lo pequeño de mi pequeña habitación donde no me cabían los gatos. De que la pierna dolía. De que el chico pegado a la pierna no me caía bien.

Aunque esto sigue siendo zona de guerra, hoy ya tengo espejos de baño. Y eso no ha jugado mucho a mi favor, porque he descubierto que estoy penosísimo. Creo que fácilmente habré perdido diez o doce kilos. Vendrá la temporada de piscina y yo me resbalaré por una pernera del bañador. En el salón de abajo está la báscula. Esa caja sí que la rotulé bien detallada, para no abrirla por error, porque sabía, SABÍA, que tenerla a mano no iba a venirme nada bien en absoluto. No puede decirse que no haya sido una ecuación lógica. Llevo como ocho semanas comiendo menús de bar y cenando fast-food. Pero como excusa agarradera es un poco mierda, porque Jon también ha comido lo mismo, y está igual de estupendo que siempre.

Ya, bueno. Con la diferencia que él se pide ensaladas y fruta y yo aros de cebolla.

Es un poco horrible, porque ahora tendré que suplicar su ayuda y pedirle que no-me-deje-saltar-la-dieta. Y él me mirará con su ceja escéptica levantada y responderá: «¿pero es que alguna vez me haces puto caso?»

Vale. Mañana empiezo. Estoy mirando el cielo ponerse naranja y tengo espejo en el baño ¿no? pues ea. La vida ya está hecha.