One Day More

Está lloviendo. Mi primera lluvia aquí. He subido corriendo hasta el final de la casa, para ver la tormenta desde las ventanas abuhardilladas. Soy de esos a los que la lluvia les carga las pilas. Tengo un pequeño depósito de melancolía entre las costillas y necesito rellenarlo de vez en cuando. Me hace tomarme la vida más despacio.

Como allí arriba estaba Jon trasteando con su cinturón de herramientas, he vuelto a bajar al dormitorio y me he asomado a la ventana abierta de par en par, para oler a montaña mojada. En las casas de enfrente, había un chico con barba en una cocina, bebiendo una taza de algo y mirándome. Supongo que ahora soy el loco de la urba que se moja en la ventana a las doce de la noche. No me apetecía mucho esconderme, ni hacer como que limpiaba algo en el alféizar, así que he seguido mojándome y oliendo a roca y matojo, hasta que han venido los gatos y han querido asomarse conmigo. Me gusta la melancolía pero tampoco hasta el punto de descalabrar gatos contra el patio de abajo, así que nos hemos metido los tres para dentro. Jon seguía intentado fijar las ventanas de la buhardilla con nosequé enganches de esos que compra en el Leroy Merlin después de tenerme dos horas pasillo arriba/pasillo abajo, y que luego me enseña a colocar con mucha descripción técnica y mucho detalle, como si yo entendiera una sola puñeta de lo que me está hablando. Pobre Jon. Su fe en mis capacidades sigue siendo inquebrantable. Ahora se pasa la vida recorriendo la casa arreglando, colgando y empalmando cosas, y María le sigue detrás con su serrucho de plástico y sus alicates de fisher price. Cuando me la cruzo por el pasillo le digo:»fíjate… ¿vas a ser ingeniera como papá?» y ella me responde «NO, YO ISTOY HASIENDO ESCALERAS.»

Escaleras. Jaté. Justo lo que necesitamos en esta casa.