Batallas

Hoy ha sido un día de mierda en el trabajo. Peleas. Muchas peleas. Pulsos sindicales. Enfrentamientos. Mi jefe poniéndose chulo. Yo poniéndome más chulo aún. Es cansado. Pero no puedo quejarme demasiado porque sabía lo que me esperaba yendo en lista. Y él también lo sabía, claro. Por eso intentó por todos los medios que mi candidatura fracasara. Ahora me tiene que comer con patatas y se esfuerza mucho porque la digestión sea leeeeeeeeenta. En fin… en algún momento del otoño de 2019, mi casa ya será una casa, y tendrá muebles bonitos, tranquilidad, visillos, una mesa donde dejar las llaves, todos los libros en estanterías… Y entonces llegaré de trabajar, escucharé el cri-cri de los grillos cuando cierre la puerta del coche y me sentiré bastante a salvo. Ahora también me siento a salvo, pero sin visillos y con mesas hechas de cajas apiladas. Es un «a salvo» distinto. Un «a salvo» eventual.

Me joden los enfrentamientos sindicales. Me va a ir fatal en esas trincheras, porque estoy hecho para la sinceridad. Miro a mi jefe con asco. Lo que siento, lo siento. Soy incapaz de fingir, ni de dar una buena palabra cuando no me sale desde dentro de las tripas. Supongo que por eso soy misántropo y no sé vivir en sociedad. Porque no sé fingir. Fingir es imprescindible de cara al mundo. Hay que saber disimular en esta vida, y hay que saber jugar de farol. Hay que saber sonreír, decir «pero qué guapo estás, ME ENCANTA ESA CORBATA DE DELFINES» «Oh, CLARO QUE QUIERO TOMAR UN CAFÉ CON TU CUÑADO EL DE HERBALIFE…» «¡Joder, cuánto siento no haber podido acudir a tu recital de poesía de tres días en Albacete!»

A nivel personal, yo nunca me peleo porque no me importa pelearme. Es la cruda realidad. No me importa. No me importa que se me critique o que se hable mal de mí. No me importan los enemigos, ni me importan las batallas. He visto a gente muy loca mentir terriblemente sobre mí, despellejándome, y ni me inmuto. Soy así. Nada de eso va conmigo, y lo miro todo como el gato impasible ve a los perros ladrar desesperados, desde lo alto de la valla. Así que ahora, que me toca ponerme al frente de una negociación sindical, me doy cuenta de mi falta de curriculum en batallas y voy y digo la verdad. Que es una vergüenza que a una chica con un bebé de 4 meses, la obliguen a cogerse una jornada de 11 a 17h. «Es lo que marca la ley» dice mi jefe, por encima de las gafas. «No es ni empático, ni humano» le digo yo. «No es asunto de la empresa que alguien quiera tener hijos», replica mi jefe. «Pero sí es asunto de la empresa ponerse medallas sobre conciliación familiar», vuelvo a decir yo.

No me digas que tengo la batalla perdida. Ya lo sé. La cruda realidad es que el mundo nunca ha sido de los sinceros. Jamás.