Podas

La casa empieza a encontrar su ritmo. Los gatos empiezan a encontrar su ritmo. Los niños empiezan a encontrar su ritmo. Jon empieza a encontrar su rit… bueno, Jon nunca lo ha perdido. Y yo… yo aún estoy intentando pillar de un salto el último vagón del tren que A LO MEJOR me llevará UN POQUITO CERCA del mío. Aún así es un mensaje positivo. Jon ha estado colocando los plafones del hueco de la escalera y ya hay luz en el porche de la entrada. Ahora somos como los yankees de las películas. Cuando alguien llame a nuestro timbre, primero le encenderemos el porche y luego ya le abriremos la puerta.

Creí que me daría respeto eso de vivir en una casa baja, ya fuera de ningún perímetro militar y sin garita de vigilancia, pero la verdad es que este pueblo es una puñetera tranquilidad con farolas. Todo el mundo parece conocerse y no hay una voz más alta que otra. Tampoco hay aglomeraciones en ninguna calle, ni en ningún local. Ahora cuando bajo de Madrid, me doy cuenta de la diferencia. De niño (feliz) yo vivía en un pueblo como este. En cierto modo, es como si hubiera vuelto un poco al nido. Al final resultará que la vida es circular.

Ha venido Jokin a ayudar a Jon a colocar las lámparas y a llevar todos los sacos de poda al punto limpio. Ahora mismo están tomándose sendos botellines, sentados en el jardín, y hablando en voz baja. No sé de qué. De lo divino y humano, supongo. Ha anochecido del todo, así que supongo que Jokin se quedará a dormir. Ha puesto en venta su casa y sus muebles. Quiere resetear el corazón haciendo un delete-all. Le aplaudo absolutamente. Yo siempre he quemado mis naves después de la batalla. Siempre. Me parece condición sine qua non para renacer de las cenizas. Puede que ese haya sido realmente el secreto para mantenerme en pie. Ir cortándome ramas muertas, sin dudar y sin cargo de conciencia.

No sé si alguna vez habré sido la rama muerta de alguien. Supongo que sí. Nunca he sido fácil de sobrellevar.