Bueno, pues ya. Ya está.

Qué horas ¿no? Me he bajado a la última de las últimas plantas de mi última casa y resulta que hay una temperatura permanente de 18ºC (aprox.). Estoy en camiseta y tengo hasta rasca. Nuestra excasa también tenía sótano, pero en él solo había arañas y cables. No era un sótano como para tirarte en él el tiempo suficiente para mirar ningún termómetro. En este donde estoy ahora, habrá unos 65 m2 diáfanos y dos cuartos como de 10 x 10. Ahora mismo estoy en el cuarto dos, con la puerta abierta, en una mesa pelona, con una silla pelona y un pc de torre. Se supone que este será el despacho de Jon. En el cuarto uno hay una montañita con todas esas cosas de trastero que guardas y no usas nunca, y en la sala diáfana, está Jon jugando al FIFA con Jokin y bebiéndose mi última cerveza. Este fresquito es un regalo de Belcebú. Decía yo antes que paradójicamente, bajo tierra se está de puta madre. Lo corroboro. A la altura de los cimientos de nuestra casa, estamos chupi. Ni aires acondicionados, ni ventiladores. Soterramiento. La solución ecológica.

También es verdad que arriba, en lo alto de la más alta torre, duerme el resto de la tribu con aire acondicionado, así que subir tampoco nos da excesivo miedo. Primera vez en mi vida que una ola de calor no me mata. Quizá la factura de la luz lo haga lentamente, pero la verdad es que empieza a gustarme esto. Todo alrededor es nuevo y limpio. Los espacios son abiertos. A medida que van desapareciendo las casas, voy sumando buen rollo. Ahora tengo ganas de invierno y de Navidad. Y también un poco de dejar de hablar de casas y mudanzas.

El título del post es porque ya dejo de dejarlo y vuelvo al blog, porque enquistado estoy fatal y ni me encuentro. Así que hola, hola, hola, abriendo, abriendo, abriendo…

El sábado es el cumpleaños de Pedro. No sabe lo que quiere hacer. «¿Cómo quieres celebrarlo?» «No sé, con vosotros.» «Bueno ¿y qué quieres comer?» «No sé, lo que hagáis.» «Vale, pues comemos fuera ¿dónde te apetece?» «No sé. Donde vayáis.» Ok, todo olraich. Solo hace falta reservar una mesa para todos en el restaurante donde vayamos para comer los platos que comamos. Una apuesta sencilla.

Estoy más tranqui con respecto a Pedro. A pesar de los nosé, parece mucho más tranquilo. Su cuarto es el único montado del todo y está colocado e impecable. En un alarde de ñoñería por un ataque de orujo de hierbas, le dejé una foto en blanco y negro de toda la tribu posando con los bichos durante una barbacoa en la excasa, que encargué imprimir en un lienzo. «Iba a ponerla en la pared del salón con otras fotos, pero te la dejo por si la quieres poner en la pared.» Miró la foto con su habitual cara de nada y dijo «Vale.» Recuerdo haber bajado los escalones de tres en tres, buscando a Jon. «TÍOTÍOTÍO… ¡PEDRO VA A PONER UNA FOTO NUESTRA!» cuando subimos a mirar, lo único que había en la pared eran dos posters de galaxias. No de las de George Lucas, no… De las otras. Y mi foto-tribu maravipenda estaba debajo del colchón, con dos posibles lecturas.

1. Nos quiere tanto que nos guarda en un lugar íntimo y escondido.
2. (bastante más probable) la foto le importa dos ñordas y lo que no quiere es verla por en medio de su organización inmaculada.

No pasa nada. Realmente, la respuesta no nos importa. Está tranquilo, quiere ir donde vayamos y comer lo que comamos… todo parece estar en orden. Hasta septiembre puedo tranquilamente seguir bajando al sótano a pimplar cerveza y escribir bloguerías.