El problema que lo es

El gatovaca está malo. Lleva dos días vomitando y maullando lastimeramente. Ya nunca soy capaz de distinguir si es por la diabetes, si es porque es un gordopilo o si es porque le ha picado una tarántula jardinera, así que cuando hemos venido de la celebración del cumpleaños de Pedro (felices 15, Pedro) y he visto que había vomitado el jamón de la cena por toda la escalera, le hemos llevado al veterinario (al gato, no a Pedro).

Elegí al nuevo veterinario porque era el que mejores críticas tenía por la zona. Casi ciento y pico de críticas, todas positivas. Y aunque el hombre estaba metido en un garito supercutre, con unas instalaciones también supercutres, lo cierto es que nuestra primera impresión fue buena. Parecían gustarle los animales, era de trato y caracter pausado y tranquilo y tenía la supercutre sala de espera, llena a rebosar de gente con gatos y perros.

Hoy, al llevarle a Peyo, me ha preguntado qué insulina tomaba y en qué dosis, y yo he sacado una jeringa marcada, que había llevado en el bolsillo del pantalón porque soy JODIDAMENTE INCAPAZ de recordar jamás nada relacionado con los números o las cantidades. Al ver la jeringuilla, casi se le salen los ojos de las órbitas. Ha levantado las dos manos y ha dicho «nonononono…¡esas jeriguillas, no! ¡no son para esa concentración de insulina!»

No son para esa concentración de insulina. Las jeringuillas que nos dio nuestro anterior veterinario no son para esa concentración de insulina. Y eso significaría que le llevamos dando al gato una dosis de insulina de caballo percherón. ¿Por qué mi anterior veterinario me dio el paquete de jeringas que no eran las correctas? NO LO SÉ. ¿Puede ser que el otro veterinario acierta y este esté equivocado? PUES TAMBIÉN. Pero el caso es que el gato no está bien y yo puedo haber estado contribuyendo involuntariamente durante tres años a que aún estuviera peor.

Nos ha dado otra bolsa de jeringas, nos ha establecido una dosis nueva, y nos ha dicho que si en 36-48 horas el gato no presenta mejoría, le llevemos al hospital cercano, para que le ingresen y le equilibren la insulina.

Me siento como una mierda. Por dentro, porque por fuera no quiero tampoco joderle el cumpleaños al pobre Pedro y todavía andan por el jardín celebrándolo, ahora que el sol no carboniza. Pero por dentro…como una mierda.

Acabo de pincharle la nueva dosis. Jon y yo nos asomamos a mirarle cada cinco o diez minutos. No sé qué coño esperamos ver, la verdad. Sigue ahí, tirado con sus chichas, mirándonos con cara de circunstancias. Tampoco es que vaya de repente a sentirse mejor y bailarnos claqué. Pero mira… sospecho que va a ser una noche larga.