Some day my prince will come

Cuando estuvimos de viaje por China, en uno de los hoteles, se le ocurrió a Jon decirle al tipo que lo regentaba que estábamos de aniversario, y que si podía darnos una habitación «romántica.» Recuerdo aquella noche como la experiencia estética más espeluznante de mi puta vida. Paredes de terciopelo morado… colcha rosa de raso con puntilla… cama en forma de corazón VIBRATORIA… luces rojas que daban vueltecitas sonando nanino-naniana… tules… espejos en el techo… bañera redonda con grifo de cisne dorado… Un espanto secsual-erótico de manual.

Bueno, pues mi nuevo dormitorio va por ese camino, pero en tonos blancos.

Ha sido sin querer, en realidad. De esto que vas poniendo lo que tienes, con lo que te compras online (mal) y con lo que ya había de antes y de pronto te das cuenta que tienes la habitación de Blancanieves (en la era postpríncipe). La colcha tiene relieve de flores, el único cojín que se me adapta a las cervicales es uno tapizado de teleñeco, para poder sujetar la puerta terminé comprando un buhíto de pachtwork y ahora me encuentro con que mi suegra nos ha comprado unos visillos blancos de tul con florecitas y mi cuñada ha terminado la guinda trayéndome hoy 14.000 guirnaldas de estrellitas luminosas de dormitorio de quinceañera, QUE NO SÉ DÓNDE PUÑETAS COLOCAR. Pedro y Simón han dicho que en sus cuartos, por encima de su cadáver, y a María le he colocado ya tantas, que allí ya no hay quien pueda estar sin que se le necrosen las pupilas.

Solo queda mi cuarto.

El cabecero de la cama. El panel de la pared. El marco de la ventana. La puerta del armario (por dentro, para darle magia a los calcetines). Alrededor del váter, para mear como una princesa Disney…

Quedarían fantásticas con las máscaras de zombi que guardamos en las cajas del desván. Pero nunca hay un Halloween cuando lo necesitas.