Ea, agur

Ya fue de por sí bastante malo el no haber dormido una puñeta por culpa de los amigos del rugby, del trasnoche de Jon, del tempraneo de María, de los despistes de Pedro y de los santos huevos de mis gatos sin huevos . Y ya fue de por sí bastante malo descubrir que con toda la digestión y todo mi mal yogur por el sueño interrumpido, había que coger el coche y meterse otra vez en Ikea a las cuatro de la tarde porque me faltaban dos enganches de cortina. Pero encima encontrarnos con el autobusero… ¿Te imaginas lo que es eso? ¿un viernes, a las cinco de la tarde, en toda la superficie del puñetero Ikea? Piénsalo. Imagina que estás por allí recorriendo esos pasillitos infernales. Que si sofás, que si cocinas, que si accesorios de cocinas, que si armarios, que si colchones, que si mierdas de escritorio, que si tenedores, que si cajas para guardar nada… Empiezas joven viendo mesitas de TV y terminas en las velitas aromáticas, siendo ya un viejo sin ilusión. ¿Cuántas posibilidades crees que hay de coincidir EN EL MISMO PUTO PUNTO DE TODA LA PUTA TIENDA con alguien conocido y que encima LLEVE EN LA MANO TUS MISMAS PUTAS CORTINAS?

Pues eso. El autobusero. En la sección de cortinas, mientras comprábamos los enganches de barra que nos faltaban. Todo expresivo. «HOMBRE, ARIEEEEEEEEEEEEL…» Hasta un abrazo me ha dado. Y con dos paquetes de cortinas TIBAST. Nuestras mismas cortinas TIBAST. Las mismitas. Que ganas me han dado de darle plif-plaf en las manos y decirle «suelta-esas-cortinas-ya-hombreeeee…» Iba solo. Ni rastro de su último marido cuyo nombre no recuerdo. La dependienta le ha traído en ese momento dos paquetes de cortinas más y él ha dicho «no, no, voy a necesitar bastante más ¿eh?» No sé qué estaba decorando. Algún palacio de verano con enormes ventanales. En ese momento yo solo quería escurrirme del abrazo y pirarme, antes de que Jon terminara de buscar los manteles individuales SNOBBIG donde no estaban (para variar) y reparara en él, pero ha sido en vano. Como el autobusero no escarmienta, le ha llamado Charlie. «Hola, Charlie, qué bien te veo.» Jon se ha encogido de hombros. «Sí, gracias. Ea, agur.» y con la misma parsimonia, me ha llevado de los hombros, como el que saca al niño de los autos de choque. Él ha dicho «Adiós. A ver si nos vemos un día de estos.» Y yo he torcido el pescuezo sin dejar de avanzar «Eh…uh…sí ¡nos llamamos y eso!»

Nos llamamos y eso. Y creo que ya no tenemos ni su teléfono. Cuando me pongo nervioso, las frases idiotas me salen solitas, como una cadeneta. Pim-pam-pum. Luego he estado alterado todo el resto del recorrido. Sin pararme en nada. Cogiendo todo tipo de idioteces de forma compulsiva y nerviosa (como ejemplo basten las tres velas aromáticas de lavanda que no sé para qué demoños quiero, si la lavanda me da náuseas) y preparando minuciosamente el guión para un posible encuentro en las cajas de pago. «Dile que nos hemos comprado una casa pero no le digas dónde.» «¿Y para qué voy a decirle eso?» «Por si te dice que quiere venir a verla y hay que invitarle.» «¿Y para qué iba a querer yo invitarle?» «No, NO HAY QUE INVITARLE. Pero cuándo le digas que te has comprado una casa…» «¿Y por qué iba a decirle eso?» «Por si quiere venir a verla y hay que invitarle…» «¿Y para qué iba a querer yo invitarle?» «Joder Jon, te lo estoy explicando superclaro, presta atención…»

Cuando estoy nervioso, mis méritos para comerme una hostia se multiplican exponencialmente. Soy consciente.

Y al final, tanta preocupación y tanta vela para nada, porque no hemos vuelto a encontrárnoslo. Se lo acabo de contar a Jokin hace un momento, mientras preparábamos la cena. «Pues alguien me dijo que se divorció otra vez, creo… ¿no le habéis preguntado?» «No. Creí que lo haría Jon. Pero luego le dijo otra cosa.» «¿El qué?» «Ea, agur.» Ha soltado un chorrito de risa encima de las espinacas. «Bueno, eso es muy de Jon.»

Pero absolutamente. Absolutamente de Jon.