En fin…

Estoy cansado. O empiezo a tener demasiados pensamientos en la cabeza. La chica del KAKAKAKAJACK se ha tirado todo el día gritándome. No por enfado. No por algo personal. Solo porque se comunica así. A primera hora del día siempre pienso que es buena chica, que cada uno es como es, que no debo ser tan intransigente con la gente-ruido. Pero cuando estoy a media hora de la salida, en lo único que pienso es en emparedarla entre dos colchones. En sacar un lanzallamas y enchufarlo directamente en ese dedo huesudo de uña puntiaguda que me clava en el brazo cada cinco minutos para que la mire. En meterme el lápiz gráfico por la oreja y darle vueltas hasta que pueda dejar de oirla para siempre.

Al entrar el coche en el garaje, he golpeado la Harley de Jon y la he tumbado. No ha dicho nada. Solo ha puesto ojos de furia controlada. Esos que me dejan claro que solo estoy vivo porque me quiere. He ido a la cocina a por la galleta de coco que guardé de mi cena de anoche en lo alto del armario (la galleta, no la cena), y he descubierto que María también había aprendido a subir hasta allí. Me he comido las migas abandonadas en el lugar del crimen, aprentando sobre el plato con la yema del dedo índice mientras pensaba cuántos posibles escondites de «última galleta» me quedaban ya. ¿El tejado? ¿en la gomilla de los calzoncillos? ¿entre las telarañas de la chimenea? Se acerca mi cumpleaños. Creo que me grabaré autocantándome el «cumpleaños feliz» a mí mismo, como en aquel cumpleaños con los frailes, que soplé una cerilla sobre una magdalena. Se vaticinaba desde Enero que este no iba a ser un cumpleaños libre de colorantes y conservantes. Creo que tengo exceso de gente. Exceso de ruido. Exceso de gente haciendo ruido. Jon va a regalarme un viaje de dos. Lo sé porque confabula con su madre y ha empezado a encerrarse con la caja de los mapas. No sabe cuánto, cuánto, cuánto se lo agradezco ni cuánto, cuánto, cuánto lo necesito. Ojalá sea aquel de Groenlandia-La Antártida- El Polo Norte-el puto hielo que tuvimos que suspender por lo de Eneko. Ahora mismo el proyecto de un páramo congelado es precisamente lo que necesito. Nononono…no es ironía. De verdad que necesito encerrarme en un igloo. Y que ahí fuera todos sigan enfadándose… gritando… juzgándose… clavándose los dedos los unos a los otros… robándose las galletas…

En fin…

Me encanta terminar los malos días con un «en fin.»

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María acaba de venir a contarme que se ha comido mi galleta. «Te guardé un regaliz naranja para cambiártelo.» «¿Y dónde está?» «Me lo he comido porque era de naranja y estaba muy bueno.»

De María no me canso. Ella es ruido blanco.