Muescas

Jon me ha puesto entrenamiento para ver si cojo músculo y engordo. Pero la cosa va regulín, porque él me pone 10′ de cardio 5′ de intensidad musculación brazos, 5′ de intensidad musculación piernas, 10′ de abdominales… Y yo acabo haciendo 30′ subido a la bicicleta estática con los auriculares puestos y cantando rancheras a todo trapo. Se me va la olla. Toda una novedad. Al rato baja, me quita los auriculares y me dice «¿pero todavía estás así? ¡que ya está la cena!» y yo me subo a zamparme lo que sea, con una paliza de cardio que lo único que consigue es que queme calorías y adelgace aún más. Exito absoluto. No sé qué necesitaría . Un entrenador detrás de mi cogote diciéndome VAMOSVAMOSVAMOS en plan militar. O sea, como Jon, pero tomándomelo en serio.

La verdad es que voy fatal. No me atrevo a pesarme pero calculo que ya estaré cerca de los 15 kilos perdidos desde el invierno. Se me caen los bañadores. Ya no me tiro de cabeza porque temo caer con los huevos sujetos y salir con ellos libres. Así que uso la escalerilla como los abuelicos y las señoras bien peinadas. Aún así me lo paso bien con María. Pedro y Simo ya están en fase de ponerse tontos con las niñas presentes y no desparraman tanto, pero María y yo somos la Resistencia. Nos tiramos en bomba, hacemos concurso de volteretas, jugamos a Marco Polo…Echaré mucho de menos cuando sea mayor y todo lo divertido empiece a dejar de tener importancia.

Las cosas en el trabajo van mejor porque estoy haciendo los cursos de formación y no tengo que escuchar el relinche perpetuo de mi compañera. El viernes se va de vacaciones y me ponen a otro chico para que me siga haciendo el training. He intentado disimular mi alegría cuando me lo ha dicho. No quiero raspar con ella. No sé por qué, pero a pesar de los KAKAKA JIACS y los OYEMARICÓN, le huelo algún tipo de vulnerabilidad. Como si estuviera rellena de algo que por dentro sufre (algo que por dentro sufre, el relleno universal). Aunque también puede ser que solo sea una chonarra sin más doblez que la del papelito del piti, y que yo me esté flipando por exceso de rancheras. Pues sí. Puede ser.

Jon me ha llevado a ver coches este fin de semana. Coches preciosos. Me senté en todos, delante y detrás, como el niño que recorre un parque de atracciones. También encendí unos cuantos navegadores y probé unas cuantas cámaras traseras para aparcamiento guiado. Eran una pasada. Mi coche no tiene nada de eso. En mi coche hay que meter cds de música y sujetar el móvil con los dientes si quieres que te hable el google maps. Pero funciona y me lleva a los sitios, así que cumple con su función de coche. Todavía está en la guantera la rosa amarilla de papel que me hizo J. aquella tarde perdidos por la Castellana. Es un coche con historia. Me gustan las cosas con historia. El otro día por hacer el gilipollas con el láser tag, tiré un espejo que había en el estante del baño, y el pico metálico descascarilló una muesca en el lavabo nuevo. Jon quiso recomponerlo de algún modo, pero yo le pedí que lo dejara tal cual. Me gusta la muesca en el lavabo. Me recordará siempre la primera partida de láser tag que hicimos en esta casa (por eso y porque me dejé los huesos del coxis en los escalones del sótano, claro…)

También me gustan las personas con muescas. Supongo que todos estamos hechos de nuestras heridas.