El niño inmortal

La casa está llena de cajas empaquetadas de colores, con mi nombre. No me dejan agitarlas porque pueden tener dentro cosas que se rompan. Nunca he podido evitar lo de agitar las cajas de regalo. Es el niño inmortal que habita en mí. Uff… y tan inmortal ¿eh? Ayer me perdí con el coche por escuchar música demasiado alta. Me vine arriba y se me pasó mi desvío. Intenté ponerme el maps con una mano mientras conducía con la otra, pero casi podía imaginarme a Jon en el asiento de detrás mirándome con ojos feroces y diciendo suelta-ese-móvil, así que me metí por una vía de servicio y detuve el coche en el primer sitio tranqui que encontré. Resultó ser una calle vacía de dos direcciones con una fantástica cuesta abajo. Me brillaron los ojos. Saqué el patinete del maletero, cerré el coche y enfilé la cuesta con las dos ruedas. Sentí la velocidad en las orejas. Hice un derrape en el remonte final y como no calculé el fin de acera, tuve que saltar el marcha y dejar mi patinete al patapumba. Sobrevivió. Luego me tocó subir cuesta arriba arrastrándolo (los niños inmortales tampoco son muy listos) pero aún así mereció la pena. Llegué a casa casi media hora tarde. Jon ya estaba esperándome en la puerta del garaje. «¿Qué ha pasado?» «Que me perdí.»

Luego leerá este post y pensará «voy a quemarte ese patinete, Ari.»

El domingo abriré todos mis regalos sin agitar. He contado siete. Son un montón, UN MONTÓN de regalos. Uno de ellos es «una barbaridad». No sé cuá. Ni se por qué. Pero eso me han dicho. También haremos una barbacoa de gambones y comeremos tarta helada. Y soplaré treinta velas.

En el diario de mis doce años, hay una frase escrita con bolígrafo verde que dice «no voy a llegar a mayor, sé que me moriré antes.»

El niño inmortal que habita en mí nunca fue demasiado bueno vaticinando.