El breve espacio en que no estás

Tengo puesta esa imagen de ahí abajo como fondo de escritorio en mi ordenador nuevo. Creo que simplifica perfectamente lo que está siendo el 2019.

Peyote está enfermo. Hemos tenido que hospitalizarle. Llevaba ya varios días notándole raro. No sé decirte en qué. En todo y en nada en general. A tu gato le conoces y punto. Y sabes siempre qué te quiere decir y como se siente en cada momento. Igual que se adivinan los hijos y se adivinan las parejas y se adivinan todos los seres vivos con los que guardamos convivencia y lazo de cariño. Y yo notaba que el gato no estaba bien. Tenía que volver a bajar a Madrid este viernes para recoger el dinero de mi finiquito, así que pensé «me cojo al gato y lo llevo a su antiguo veterinario.» Chorradas mías. La indefinición de no tener aún por aquí un veterinario de confianza. Pero ayer el gato dejó de comer y esta mañana directamente, no se sostenía ya sobre las patas. Le dejé desmanejado junto a la escalera y les dije a los chicos que lo vigilaran. A eso de las cuatro, me han llamado para decirme que el gato ya no se levantaba. He volado por la carretera con el Toyota de Jon (mi coche en el taller toda la semana para arreglo de chapa y pintura. Encima eso). Cuando he recogido al gato, era un estropajillo en mis brazos. Le he llevado al veterinario más cercano y he hecho un win en toda la regla. Ella le ha pinchado suero, le ha hecho una analítica y me ha dicho «tiene tocado el hígado y tiene tocado el riñón, llévale al hospital, porque hay que estabilizarle.» Me han empezado a caer las lágrimas cuando lo ha dicho. No ha quedado precisamente muy de macho alfa. «Soy nuevo en la zona, no conozco ningún hospital.» Ella me ha pasado un pañuelo de papel y unos cuantos kilos de empatía. «No te angusties, hay uno cerca, yo les voy llamando y les paso esta analítica. Te doy una tarjeta. Llévale cuanto antes.» Me han dado ganas de darle dos besos, pero ya había montado bastante numerito con los snifs y los lagrimones, así que me he limitado a coger mi gato y salir zumbando con él al hospital. Allí se ha quedado ingresado. Con un gotero en cada pata, sobre una camita de borreguillo y un felliway enchufado en lo alto. Me han dejado despedirme de él. Le he dado un beso en el cogote. «Pórtate bien y mantente vivo, que volveré a por ti.» Eso le he dicho. En plan Doctor Doolittle. Como si el pobre pudiera entenderme, hacerme un ok con la pata y decirme «de acuerdo, tío, no tardes.» El enfermero que le ponía los goteros me ha sonreído como si lo de tener conversaciones con el gato fuera algo de lo más lógico. Supongo que están acostumbrados a las psicopatías absurdas de cada dueño.

La doctora de guardia me ha dicho que solo me llamaría si pasara algo malo. He dejado el móvil con el timbre activado, sobre la mesilla junto a mi almohada.

Va a ser una noche larga.