El breve espacio en el que sigues sin estar

Me he contenido para no llamar esta mañana al hospital 39 veces. Y he aguantado estoicamente hasta las 7 de la tarde que he podido ir a verle. Se me ha caído el alma a los pies. Estaba comatoso y el veterinario de guardia no me lo ha pintado bien. Hígado graso, principio de lipidosis hepática, picos de glucosa desde 217 a 559 en dos horas… Yo le he dicho «¿pronóstico?» y él me ha dicho «muy malo. Hay que hacerle comer. Le he forzado un poco con una jeringa, pero voy a tener que ponerle el tubo nasogástrico y ver cómo reacciona. El traqueal no se lo puedo poner porque tal y como está, si lo sedo, lo mato.» He estado casi media hora ahí como un pavo, delante de su cubículo acariciándole la cabeza, los bigotes, el lomo, las patas… no reaccionaba. El veterinario me ha dicho «le ponemos la sonda nasogástrica, se la sujetamos con dos puntitos sobre la frente y luego pasas a verle otra vez. Espera si quieres en la sala pequeña que estarás más tranquilo» Me he sentado en una silla a semioscuras. Me caían los lagrimones encima de la camiseta azul marino. Una chica se ha sentado a mi lado. También llorando. Ni nos hemos preguntado. Ahí el que se sienta a llorar siempre es por lo mismo. Tu perro, tu gato, tu conejo, tu loro… tu algo. Cuando me han llamado, he vuelto a pasar. Ya le habían colocado la sonda y el cono en el cuello. Tenía los ojos abiertos, así que le he hablado un rato con voz de mimo. No sé lo que le he dicho. Tonterías de entrenador deportivo, supongo. «Aguanta» «resiste» «tú puedes» y todas esas mierdas sin sentido. Ha reaccionado un poco. Nada más que un poco. Un balanceo lento con la punta de la cola y un ligero ronroneo. Un «sé que estás aquí pero esto es todo lo que puedo.» Me ha hecho ilusión que me reconociera. Bueno. Es un quid proquo. Yo también le reconocería entre un millón de gatos iguales.

Al salir, Jon me esperaba fuera con abrazo y calorcito. Me ha llevado a una cafetería a  comerme un sandwich. O a hacer que me comía un sandwich, porque en realidad solo ha sido un llorar… y llorar… y llorar… y llorar… y llorar… Yo solo, porque no quiero que me vean los chicos. De hecho, he entrado luego por el garaje para evitar cruzarme con ellos. Si te toca estar en las primeras filas, derrumbarse nunca es un buen ejemplo.

He vuelto a llamar al hospital hace un rato y me han dicho que con el primer chute alimenticio por la sonda, ha tenido una mejoría. «Ha salido, bien, está un poco más espabilado. En un par de horas le pondremos dos dosis más y a ver cómo va evolucionando.»

Igual sobrevive. Igual. O igual no. O igual yo qué sé.

Yo estoy destrozado. Y si lo estoy en el preestreno, no quiero ni pensar en lo que será el día de la función.

Ojalá salgamos de esta los dos. Necesitaría seriamente que lo hiciéramos.