Tal cual esté

Llamé tres veces de madrugada y una por la mañana. En la última me dijeron que el gato estaba muy mal. Pero que le pondrían otro protector hepático. Que cuando fuéramos a las siete, «tendríamos que ver qué hacíamos.» Me pareció absolutamente claro y significativo. No había solución y me lo estaban dando blanco y en botella. Estuve encerrándome a llorar en el baño intermitentemente a lo largo de toda la mañana. Supongo que hoy todos los que rodeaban se fueron a sus casas creyendo que yo tenía algún virus intestinal. A las cuatro y media me llamaron del hospital. Que el gato estaba muy mal. Que había dado 7 de bilirrubina y estaba sufriendo. Que fuera ya para allá, porque había que sedarle. Me entró la desesperación. Me quedaban dos horas todavía para salir y otra media para llegar con el coche. Les dije que lo sedaran ya. El chico me dijo que no podían hacerlo si no firmaba el consentimiento, porque la comunidad autónoma les obligaba. Les rogué, les supliqué literalmente que hicieran algo que pudiera solucionarlo. Que no quería tenerle sufriendo tres horas más. Me mandaron la solicitud por correo. La imprimí, la firmé, la escaneé en el cuarto de fotocopias, la remití de nuevo. A las cinco ya le habían sedado. Me mandaron correo para que fuera después a por la gatera (y supongo que a pagar la factura, porque por encima de todo, las cuentas son las cuentas). Sentí que se me hundía el pecho. Estaba haciendo uno de los cursos de iniciación de empresa. Sentado en una mesa, con unos auriculares, escuchando cosas que ya no oía, y rodeado de unas diez personas. No le deseo a nadie, a nadie absolutamente, el tener que mantener el tipo cuando estás completamente destrozado por dentro. Me volvieron a caer las lágrimas. Volví a ir al baño. Me soné los mocos, me lavé la cara, respiré. Cuando terminé la jornada (y el puto curso), cogí el coche de Jon y enfilé hacia la clínica. Hice todo el camino entre lágrimas, mocos e hipos. Por fin. Sin que nadie me viera, nadie me preguntara y nadie me juzgara. Me sentó bien abrir las compuertas, pero llegué con dolor de cabeza y con la lentilla empañada. Estuve un rato en el coche, respirando hondo y tranquilizándome antes de salir. Cuando me vi en condiciones de parecer persona, entré en la clínica. El veterinario que había atendido al gato y que me había llamado por la mañana, salió, me abrazó y me dio dos besos. Otra vez volví a llorar. Nunca quiero que me consuelen cuando estoy destrozado, porque eso hace que las heridas se reabran… y se reabran… y se reabran… Cuando estoy roto necesito que alguien me cambie de tema. Que no haga hincapié. Que no me compadezca. Que me vuelva a subir a las vías. Aún así, acepté el abrazo, acepté los dos besos. El chico me dijo «¿quieres verle?» y yo, más alto de lo que era mi intención, dije «¡¡NO, JODER!!». Me dieron la gatera y la toalla. Me cobraron 150€. Nada más salir, tiré la toalla a una papelera. Seguí llorando. Me llamó Jon. «Estoy con la moto. Dime dónde estás.» Nos reunimos. Me abrazó. Le pedí que me dejara la moto y se llevara el coche y la gatera. No quise ni meterla en el maletero. No quise nada. Jon me dijo «¿no vienes mejor conmigo?» yo dije «lo saco mejor solo». Él contestó. «Bueno, pero no corras.» Me soné los mocos, me puse el casco y di vueltas por el pueblo. Vueltas… y vueltas… y vueltas… Me senté en un parque. Volví a dar vueltas… y vueltas… y vueltas… Dejé la moto donde empieza el campo. Caminé hacia arriba. Crucé sembrados. Me senté en una piedra. Lloré… lloré… lloré… Me sentí un poco mierda y un poco cobarde. Los niños estaban solos. Volví a subir a la moto y me fui para casa. Me bebí dos cervezas. Me alegré de no tener alcoholes más fuertes.

Jon llegó cerca de una hora y pico más tarde. Me trajo dos cachorros de gato. Idénticos a Hocus Pocus. Clavados. Pero en miniatura. Les calculo un mes o mes y poco. No he preguntado nada. Ni de dónde los ha sacado, ni cómo se le ha ocurrido, ni nada de nada, de nada, de nada. Aquí los tengo. Durmiendo apoyados el uno en el otro, encima de una manta en el suelo. El dolor es el dolor. La ausencia es la ausencia. Y lo que es, está. Pero me gusta mirarles dormir y acariciarles el cogote. Son promesa de algo que empieza. Donde algo termina, siempre debería solaparse algo que empiece. Es buena idea. Es una gran idea, Jon K., aunque solo lo hayas hecho por mí. También me parece un gran (y veloz) acto de amor, porque tanto tú como yo, sabemos que tres gatos son demasiado gatos.

Pero ahora mismo «gatos» y «demasiados» no me parecen dos palabras que juntas tengan mucho peso específico.

Mañana haré preguntas. Por hoy me vale todo así. Tal cual esté.