Agujas

Estoy cansado ya de tanto pinchazo. Hoy en la sala de análisis un chico grande como un castillo se ha caído redondo. Han tenido que tumbarle en una camilla. La enfermera me ha dicho «si eres sensible a las agujas, dínoslo antes de que te pinchemos». Me ha salido voz y postura de pelota de la clase. «No señora. A mí me puede pinchar, que no soy sensible a nada.» Ya ves tú. Si será por agujas en mi vida. Durante un periodo de tiempo, cuando lo de la pierna, me tuve que poner una inyección todos los días. Y como odiaba ir al hospital, me la ponía yo solo. Noche tras noche. Cenaba, me pinchaba. me tomaba un té y vomitaba. Casi siempre por ese orden. Sobre todo solía pincharme en el estómago. Y era muy torpe haciéndolo. Siempre iba moteado de cardenales y me hacía un daño del copón. Cuando nos ponían la quimio, la gente me decía «la verdad, es que al final te acabas acostumbrando y ya ni te duele». Los cojones. A mí me dolía siempre. Debo ser el peor enfermero del mundo, supongo.

Por fin he aprendido a manejar la máquina de coser. Ya no me coso las yemas de los dedos, ni saco gurruños. Aunque también soy incapaz de que me salga un trazo recto. Compré la máquina para coser los trajes de las funciones de mis alumnos. Es cantidad de paradójico que por fin haya aprendido a usarla justo cuando ya no tengo ni funciones, ni alumnos. La vida siempre tiene ese tipo de vueltas. La verdad es que sigo en un stand by de agosto, pero en septiembre tendré que enfrentarme a un montón de cosas. A los comienzos de curso, a las oposiciones, al final de mi contrato de prácticas, a qué demonios quiero hacer exactamente con mi vida profesional. Lo más lógico sería ir haciendo un planning de todo y sopesar todas la opciones, pero ya me conoces. Probablemente haga lo que hago siempre: vivir improvisando cada día lo que terminaré haciendo en el siguiente.