Catastróficas Desdichas

Te cuento cómo estoy.

En el trabajo: como andaba varios días tocándome los cascabeles, se me ocurrió decirle a mi superior que podían darme más carga de trabajo. Y me la dieron. Solo que en lugar de adjudicarme trabajo de programación web, como yo esperaba, me pusieron a ensobrar. Desde esta mañana he ensobrado unos 300 envíos. Los tres que estamos. Mi compañero, la bedel y yo. Como tres oompa-loompa. Mete catálogo-mete carta-cierra sobre-pega etiqueta… ¿No es mi cometido? No. ¿Puedo decirlo tal cual y dejar de hacerlo? Supongo que sí, pero mejor que no. Ya no estoy en un macroempresa de 5000 trabajadores. Bienvenidos a las PYME. ¿Somos tres? Somos tres. ¿Hay que ensobrar? Hay que ensobrar. ¿Necesito un contrato fijo? Necesito un contrato fijo. Me sale una regla de tres de lógica pluscuamperfecta. Espero que mi futuro esté lleno de momentos en los que diga “no voy a hacer esto porque no soy administrativo” pero desde luego, este de ahora mismo no es uno de ellos.

También espero ser consciente en cada uno de si es factible decirlo o no.

En casa: no tengo internet. Ahora mismo te escribo en los últimos diez minutos antes de irme, porque nuestra casa lleva siendo un infierno de conexión desde hace varios días, y nuestro operador no nos lo soluciona. Es otro de mis descubrimientos del 2019. Que las cosas fuera de la Comunidad de Madrid, ni por asomo funcionan igual. Menos personal. Menos medios. Menos prisa para todo en general. Me temo que esto último nos lo han contagiado, porque la verdad es que en Madrid a estas alturas ya estaría pegando berridos de mecagoendios y luchando como Don Quijote con todos los molinos de Atención al Cliente. Sin embargo, aquí, estoy resignado. Miro el router… hago un test de velocidad… suspiro… llamo… me dicen que la incidencia está abierta… vuelvo a suspirar… cuelgo. Así.

También puede ser que solo sea cansancio. De estar enfadado también se cansa uno. Diría que es de lo que más se cansa uno, realmente.

En general: hace unos días nos embistió un abuelito master and commander saltándose un ceda al paso, y nos jodió el Toyota. Todo el lateral y parte del morro, hecho crecs.

En agosto.

En agosto para el taller de un pueblo pequeño.

En agosto para el taller de un pueblo pequeño de una Comunidad Autónoma pequeña.

Ahora ya, ni mi coche, ni el de Jon. Cero coches. Nada. Niente. Bicicletas y una moto (encima, la otra vendida). Ese es todo nuestro material. Ahora ya tranquilamente, podemos bailar en el garaje. Y eso con mi Kía nuevo que sigue viniendo de nosedónde, pero que nunca termina de llegar. La moto está para las urgencias más urgentes (desangrarse en casa y esas cosas), así que hoy he ido a trabajar en bicicleta. Con los 17ºC que está haciendo por las mañanas tempranito, con la mochila y con la bolsa de los tupper (recordemos que aquí no tengo cantina). Ha sido superbonito.

Siguiendo mi serie de catastróficas desdichas, calculo aproximadamente un par de días para que empiece a llover a mares todas las mañanas.