El Coche Guinda

Hoy escribo desde casa y con poco tiempo. He tenido mucho trabajo. MUCHO TRABAJO. Por un lado bien, el día más corto. Por otro lado, mal. Al final creo que no me he levantado más que la media hora de ir a comer. «El stress vendrá y te pillará.» Ya me lo advirtieron hasta en verso. Pero bien. Me gusta el compañero que me pusieron al final. Tenemos visiones políticas completamente opuestas (o eso intuyo, por la banderita de España en la muñeca) pero es ocurrente, educado y rápido. No necesito mucho más para amoldarme bien. SI ES QUE NO NECESITO MUCHO MÁS. Que no me agarren, que no se rían como una cabra en mi oreja, que no me reclamen diciendo «hazme caso, maricón…»

Al final alquilé un Fiat 500. Rojo cereza, como una guinda de tarta. ¿Sabes esos coches que por fuera parecen muy pequeños pero por dentro estás amplio y supercómodo? pues este no es de esos. Este, estrecho por dentro y estrecho por fuera. Al principio me moló. Me sentía (por una vez) como un tío grande y poderoso, gracias al contraste (que nunca perdamos la ilusión del autoengaño visual). Pero me han bastado cinco kilómetros aprox., para entender que los grandes y poderosos en realidad son más bien todos los demás. Ha sido como ir con una vespa con techo. De hecho, cada camión que pasaba a mi lado me hacía rezarle a la virgen. Fíjate que decidí coger un coche precisamente porque ir con la bicicleta por el arcén es un peligro cuando te chupan los vehículos grandes por la fuerza centrípeta, pero mira… de verdad que no creas que con el coche-guinda he ganado mucho ¿eh? Si acaso, morir más recogidito. De recogerme al desparrame por la cuneta, a recogerme directamente desde el miniamasijo del minicochecín.

Sí, bueno. No puedo quejarme si lo elegí yo, claro. Es que era lo más barato. Jon siempre escoge lo de mejor calidad y yo siempre escojo lo más barato. Nos viene de costumbre, por los presupuestos antagónicos que hemos venido manejando en nuestras respectivas vidas. Pero como ahora Jon no está para darme el contrapunto, pues… el coche más cutre. Ya me llevará de una oreja a cambiarlo cuando vuelva, o cuando pueda tener conexión y se entere, supongo.

Ya podría haber sido blanco, por lo menos (el coche, no Jon). O negro cucaracha, para infundir un poco más de asco al enemigo. Ahora noto que la autopista no me respeta. Soy como una minifresita en una carrera de vainas. Lo que apetece es pisarme y hacerme zumo.