Más grande

Pedro sigue sin hablarme, pero de la mirada turbia, ha pasado a la mirada displicente. Vamos por buen camino. Calculo 12 horas para la mirada indiferente y otras 8h. para la perdonavidas. Más o menos para comienzo el domingo, volveremos a estar en paz. Ayer vimos juntos Rocketman. No cruzamos ni media palabra, pero por lo menos se sentó en el sillón del al lado y se quedó hasta el final. Me gustó mucho Rocketman. Tenía que haber ido a verla al cine. La he puesto en mi lista de “esto era para haberlo visto más grande.”

Esta noche vuelve Jon, pasa dos días en casa y luego se vuelve a marchar el lunes. No podrá recoger conmigo mi nuevo coche turquesa blue-deep-hortera. Sí. Al final, claudiqué. Me lo entregan la semana que viene, y para el blanco pearl-susantamadre eran mínimo cuatro semanas más. No quiero que el comienzo de curso me pille conduciendo la albóndiga rosa. No va bien para mi autoconfianza. Ahora tengo que sobrellevar la ansiedad anticipatoria de hacerme con un coche que no controlo. Mi excoche tenía la sofisticación de un cochecito de choque y en el de Jon jamás me atreví a tocar ni un puto botón más allá de luces e intermitentes, así que no sé cómo me llevaré con el ordenador de a bordo. Es posible que ambos nos odiemos mutuamente desde el primer momento.

Las ganas de ver a Jon son infinitas. No tanto por el sexo, como por el equilibrio. Cuando le tengo cerca, cuando me toca, cuando huelo su piel, siento como que las cosas son mucho, mucho menos importantes.

Bueno, vale. Por el sexo también.