Anisa

Ha vuelto la chica que se reían como una cabra, pero ya no me supervisa. Gracias a los dioses. Ahora está en otro puesto bastante más al fondo. La veo hablar con el chico que tiene al lado y darle los mismos gritos y codazos que me daba a mí y siento compasión de él. Me gustaría acercarme, darle un abracito con tap-tap-tap y decirle que todo pasará.

Echo de menos a Jon. Me voy apañando con la tribu, pero solo gracias a que hemos contratado a una señora que nos ayuda. Al final no encontramos a la canguro perfecta que teníamos en Madrid, y era obvio que mis cuñados y mi suegra más tarde o más temprano tenían que volver a sus respectivas casas y ciudades, así que recordamos que no éramos los Presley, nos dejamos de pijadas, y bajamos nuestras expectativas. Al final encontramos a una señora (una vez excluidas las jóvenes, habida cuenta de la recién estrenada gilipollez testosterónica de Pedro) y la contratamos como externa para que ayudara en la casa y echara un ojo a los cachorros cuando no estuviéramos. Se llama Anisa, parece un arándano y es extremadamente hábil y competente para todo. Cocinar, planchar, limpiar, desmontar ventanas, ordenar perros, controlar niños y si se tercia, reconquistar el Imperio Bizantino. Me llama “Señor Ariel” y me suelta unas parrafadas tremendas en marroquispañol, explicándome por qué hay que dar primero el friegasuelos rojo diluido con el verde, y después la cera mate si se quiere que los rayajos del suelo laminado desaparezcan. Yo, que ni siquiera sabía ni que existía la cera (cuanto menos la mate), siempre asiento todas las charlas con una sonrisa y una expresión multiuso de “andevé-fíjatetú” y termino diciéndole “Llámeme solo Ariel, Anisa” y ella siempre rubrica mi petición con un golpe de barbilla a lo Feldgendarmerie y diciendo “Sí, señor Ariel.”

Me gusta Anisa. Creo que nos gusta a todos, en realidad. A todos los de casa para adentro. A los de casa para afuera (léase vecinos) no parece gustarles ni un poquito. Estuve ayudándola el domingo a limpiar la puerta del garaje y las miradas que nos enfocaban desde el otro lado de los visillos fueron muy significativas.

Sí, en efecto. Me viene a importar más o menos lo que tres cojones de topo libanés.