El dejà vú

No iba a escribir hoy, pero luego he pensado que igual me buscabas por la noche.

Estoy un poco agotado, y aún un poco en estado de embotamiento mental. Creo que anoche no reaccioné muy bien a tu noticia. O que directamente, no reaccioné. Me arrepiento un poco de mi cara de nada y de mis 125 suspiros. Igual esperabas un poco más de sal en las venas. Quizá esperabas ira, o pánico, o una actitud defensivo-pasivo-agresiva… pero no puedo decirte con sinceridad que sintiera nada de eso. Desde que me dijiste que nos íbamos de Madrid, ya entré en formato de conejo deslumbrado por los faros de un coche, y así ando desde entonces. Con las pupilas dilatadas y una paz premortal, esperando pacientemente a lo próximo que me atropelle. La verdad es que en el fondo no es una sensación del todo desagradable. Angustiarme sería peor y digo yo que en algún momento el tiovivo se parará de una puta vez y podremos rearrancar algo bajo algún techo. Digo yo.

En realidad lo único que me sigue importando es estar contigo. Así que vuelve de una vez, abramos una botella de vino, sirvámonos hasta la penúltima copa, intercambiemos estupores, y mantengamos una laaaaarga conversación sobre lo bonita y beneficiosa que llegará a ser nuestra vida a partir de febrero.

Te seguiré donde vayas. No sé si era lo que quizá debería haberte dicho anoche o si ya ni siquiera hace falta que te lo diga.

Mi sensación es que necesito un descanso de todo, menos de ti. Igual también te sigo en eso.