Otoño

No me he muerto, ni nada. No me ha devorado el 2019, a pesar de que naciera en enero ya con colmillos y jugos gástricos, no me he cansado de escribir (porque lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible), no estoy herido ni por dentro, ni por fuera, no has dejado de gustarme, no he dejado de sentirte, no has dejado de inspirarme ni un solo microsegundo de cada microintervalo de un mismo microinstante (ahora y siempre, Ariel Nepomuk inventando medidas temporales), no ha podido conmigo el verano, ni el veranillo, ni el reveranillo. No me cansó julio, ni agosto, ni septiempre, ni octubiembre, ni juliero, ni septarzo. No me cansó nada, porque en realidad, pocas cosas en la vida me importan tanto como para cansarme. Y por eso, sigo aquí. He vuelto de Groenlandia (ahora tendré que cambiar mi país de la bio, porque yo siempre tengo que estar donde no estoy) y ahora mismo te escribo desde mi mesa blanca y mi portátil nuevo, ese que me regalaron para ser un gamer pro, y con el que no he jugado ni una puta vez (todavía). Delante de mi tablón de chorradas donde se sostienen 12 fotos polaroids del campamento del Inlandis. Indlandsis. Inndlasdin… In…

No aprendí a pronunciar ni un solo nombre. Ni uno. Eqaloruutsit. Qooroq. Tunulliarfik.

Estoy reformando el blog. Sentí que llegaba el momento precioso y perfecto para darle la vuelta como a un calcetín y me apeteció mucho llenarle de más yo. Así que tengo que pedirte un poco de paciencia si me notas estos días un poco ido (como si estuviera saltando desde Qooroq hasta Tunulliarfik). En realidad, solo estaré manchado de grasa de motor, tumbado en el suelo de la sala de máquinas, apretando alguna tuerca y soldando alguna junta, de cara a la reinauguración, que será…

… será…

… ¿cuando sea?