DÍA TWO

Hugo lleva dos días mandándome fotos desnudo. Duchándose, mirándose al espejo, haciendo pis… Supongo que debería desasosegarme, pero la verdad es que los recibo con cara de vaca mirando al tren. Ni me enfado, ni me asusto, ni me altero. Por no sentir, ni me sorprendo. No sé exactamente de qué va ni qué pretende. Creo que el encierro nos está volviendo a todos un poco locos. O que los locos se están volviendo más locos. Yo como soy Lebowsky, me estoy volviendo más Lebowsky. Oigo el tling del whatsapp, veo a Hugo mirándome mientras mea, digo «ah, bueno, la polla de este otra vez» y sigo masticando quicos y viendo teleseries. No le he dicho nada a Jon. No tiene mucho sentido hacerlo, porque está ocupado con el apocalipsis de Madrid y no tiene tiempo ahora de ponerse a matar a nadie. Tampoco para ver blogs, así que por eso gasto los huevazos de dejarlo aquí escrito. Queda muy bien como diario de supervivencia. Día 2: He visto mear una polla que no es la mía.

Tampoco le he dicho nada a Hugo. No tengo activado el check azul, así que le dejo en el limbo cruel del checking gris. Sinceramente, no creo que sea nada personal. El tiempo que estuvo recomponiéndome el esqueleto, tampoco nos caímos tan bien. Seguramente se lo estará enviando a la vez a otros 20 tíos, hasta que alguno le dé jueguito y le ayude a hacer más amena la pandemia. Es lo que te digo. El encierro nos vuelve a todos un poco tarumbas. De hecho, mira que hora es y nisiquiera sé qué demoños hacer de cena. Tengo la nevera llena de comida para el apocalipsis. ¿Qué te apetece? ¿te gusta el pastel de atún?