El gato anormal

Llevo dos días trabajando como un cabrón. Pero no me importa. Feliz como una lombriz. Sigo sin compartir la angustia del confinamiento, supongo que en ese rinconcito se esconde mi fobia social. Soy feliz de poder despertarme de forma natural, sin despertador, sin prisas. Desayunar tranquilo, en la mesa, charlando con Jon en pijama, me recargar positivamente para todo el día. Realmente, no me importa pasarme seis horas seguidas trabajando. Estoy en mi silla, de mi habitación, de mi casa. En mi chándal. No tengo que escuchar conversaciones que no busco, ni aguantar tontos, ni listos, ni desagradables, ni encantadores. Para mí es como vivir más fácil. Gano sobre seguro con mis ases en la manga, claro. Tengo a Jon. Eso supone que tengo conversación, risas, juegos, sexo… La diferencia es que es conversación elegida, risas elegidas y juegos elegidos (el sexo se sobresupone). Cuando salgo ahí fuera, me siento en mi mesa de trabajo, desayuno en un bar, voy a una reunión de amigos o voy sentado en el autobús, ninguna de las conversaciones, risas, juegos, etc. los he elegido yo. Son la norma social. La norma social para un anormal social. Pero bueno, el mundo ya estaba hecho cuando yo me lo encontré, así que… no me queda otra. Hoy me he asomado al armario y están ahí todos los jerseys de lana, los anoraks, las botas… Para cuando nos toque volver, habremos pasado una temporada entera. Le he dicho a Jon que tendríamos que ir subiendo la ropa más ligera para ir preparando el out y me ha dado la pereza de la muerte. Jon me ha dicho que piense en las croquetas de La Tasquita. y en el olorcillo a pino del camino de la dehesa. Que lo de ser normal también tiene sus cosas buenas. Me he descojonado con la frase y ha puesto sus cejas de sorpresa. Creo que ni siquiera lo estaba diciendo para ofenderme, sino para definirme. «Eres muy gato, Ari. Eres MUY GATO.»

Ok. Pues por eso voy a estirarme al escaso solecito de esta primavera tan primavera.