Nada que no se espere

Podé los rosales ayer y descubrí que me gusta cortar cosas. No es que sea nada nuevo, yo estoy bastante hecho para la aniquilación, pero esto me gustó especialmente. Volaban hojas y tallos chac-chac-chac y se iban amontonando a mis pies. Empecé lento y preciso, y terminé puto loco y halavenga. Jon no fue lo bastante rápido para llegar hasta mí desde la otra punta del jardín (porque todavía le falta una pierna y le sobra una muleta) y para cuando me quitó las tijeras, yo ya había pasado de la poda a la destrucción. No se ha enfadado especialmente. Tampoco es que me comiera a besos, pero cuando luego se lo contaba a su madre por teléfono dejaba escapar chorritos de risa. Me siento parcialmente culpable. Yo ya advertí que no tenía ni puñetera idea de jardines, ni de plantas, más allá de cultivar mandanga en época de metamorfosis emocional (como esta).

Mi gato mayor miraba desde el otro lado del cristal mi asesinato de rosales, celebrándolo con maulliditos lastimeros. No le dejo salir porque se pega con los otros gatos del vecindario. No me importa que se pegue (cada uno sus hobbies) pero me preocupa que le hagan daño porque está cebollote y tiene las patitas cortas, como una hucha de cerdito. Temo que le coja el macarra negro del chalet 23 y le carde las orejas. Ahora soy como una mamma italiana de gatos.

Hoy he puesto a germinar marihuanitas. Creo que todos necesitaremos un poquito de THC para cuando haya que retomar el ritmo.