Ay

Las cosas no me salen. Esa es la sensación. Que no me salen. No llega el puto otoño, ni la lluvia, ni el aire fresco. No me dan mi coche, que lleva una semana en el taller porque el claxon no funcionaba. Una semana para un puñetero moc. «Es que tenemos un problema de programación con las llaves». Bueno, vale. Como si me dicen que tienen un elefante estampado a margaritas atascado en el tubo de escape. Estoy cansado de llamarles y cansado de quejarme. Quiero mi coche nuevo. Me tenía que salir malo, claro. Por supuesto. No podía ser de otra forma. No me gusta el tanque que me han dejado en sustitución. No sé cómo funciona nada y voy por la carretera como un oompa-loompa montado en una nave espacial. Siempre tengo que bajarme de un saltito. El tanque vale como 15.000€ más que mi coche. Debería estar contento de llevarlo. Pero no lo estoy. Ni una pizca.

Me duelen las articulaciones, los músculos, la cabeza. Me hielo de frío y me aso de calor a lo largo de un mismo minuto. Me siento cansado, irascible, triste, desanimado. Sigo adelgazando. Cuando me levanto, digo «a partir de hoy hago un poco de ejercicio…» «a partir de hoy cuido lo que como.» «A partir de hoy…» A partir de hoy nada. Todos los baches son hoyos profundos. Se partió la barra del armario del sótano y se hundió como un fantasma desinflado. Ya ves tú qué tontería, es un armario para guardar las cosas de las bicis. No tiene mayor problema ni mayor trascendencia. Ni aunque se hiciera cenizas, sería importante ¿no? Pues cuando lo vi hundirse me entraron ganas de llorar. Esa es mi resistencia emocional estos días. Justo la de mejillón de roca.

Dos semanas para ver lo de la plantilla del blog. Solo para verla. Que si hoy tú, que si mañana yo, que si ahora sí, que si luego no… No avanzamos. Somos expertos en atascarnos, Nostro y yo. Por desgracia, en eso no hemos cambiado nada, a pesar de todos estos años. Es el mejor en lo suyo, sin duda. Pero también es el más disperso. Y juntos venimos a ser como una roomba. Pasito y pumba. Pasito y pumba. Pasito y pumba. Creo que por eso estábamos destinados a no estar juntos.

El médico me dice que no me deje llevar por los espejismos. Que la hipófisis no me anda bien. Que todo es un simple desequilibrio hormonal, y que en cuanto me regulen, volveré a ver las cosas desde otra perspectiva. Que estos días procure no tomar ninguna decisión importante, ni hacer demasiados «juicios de valor.» Es un consejo tan sabio, como inútil. Jon se mantiene inamovible en su papel de muro de carga. No flaquea. Salta sobre mis momentos insoportables como un aunténtico plusmarquista. Sin él las cosas serían infinitamente peores. Pero ahora ni siquiera tengo espíritu para poder agradecérselo lo suficiente.

Si por lo menos lograra cerrar algún frente. Alguno. El coche, el médico, el daño, el blog, el armario, Pedro, el trabajo…

El otoño…

Otoño

No me he muerto, ni nada. No me ha devorado el 2019, a pesar de que naciera en enero ya con colmillos y jugos gástricos, no me he cansado de escribir (porque lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible), no estoy herido ni por dentro, ni por fuera, no has dejado de gustarme, no he dejado de sentirte, no has dejado de inspirarme ni un solo microsegundo de cada microintervalo de un mismo microinstante (ahora y siempre, Ariel Nepomuk inventando medidas temporales), no ha podido conmigo el verano, ni el veranillo, ni el reveranillo. No me cansó julio, ni agosto, ni septiempre, ni octubiembre, ni juliero, ni septarzo. No me cansó nada, porque en realidad, pocas cosas en la vida me importan tanto como para cansarme. Y por eso, sigo aquí. He vuelto de Groenlandia (ahora tendré que cambiar mi país de la bio, porque yo siempre tengo que estar donde no estoy) y ahora mismo te escribo desde mi mesa blanca y mi portátil nuevo, ese que me regalaron para ser un gamer pro, y con el que no he jugado ni una puta vez (todavía). Delante de mi tablón de chorradas donde se sostienen 12 fotos polaroids del campamento del Inlandis. Indlandsis. Inndlasdin… In…

No aprendí a pronunciar ni un solo nombre. Ni uno. Eqaloruutsit. Qooroq. Tunulliarfik.

Estoy reformando el blog. Sentí que llegaba el momento precioso y perfecto para darle la vuelta como a un calcetín y me apeteció mucho llenarle de más yo. Así que tengo que pedirte un poco de paciencia si me notas estos días un poco ido (como si estuviera saltando desde Qooroq hasta Tunulliarfik). En realidad, solo estaré manchado de grasa de motor, tumbado en el suelo de la sala de máquinas, apretando alguna tuerca y soldando alguna junta, de cara a la reinauguración, que será…

… será…

… ¿cuando sea?

El dejà vú

No iba a escribir hoy, pero luego he pensado que igual me buscabas por la noche.

Estoy un poco agotado, y aún un poco en estado de embotamiento mental. Creo que anoche no reaccioné muy bien a tu noticia. O que directamente, no reaccioné. Me arrepiento un poco de mi cara de nada y de mis 125 suspiros. Igual esperabas un poco más de sal en las venas. Quizá esperabas ira, o pánico, o una actitud defensivo-pasivo-agresiva… pero no puedo decirte con sinceridad que sintiera nada de eso. Desde que me dijiste que nos íbamos de Madrid, ya entré en formato de conejo deslumbrado por los faros de un coche, y así ando desde entonces. Con las pupilas dilatadas y una paz premortal, esperando pacientemente a lo próximo que me atropelle. La verdad es que en el fondo no es una sensación del todo desagradable. Angustiarme sería peor y digo yo que en algún momento el tiovivo se parará de una puta vez y podremos rearrancar algo bajo algún techo. Digo yo.

En realidad lo único que me sigue importando es estar contigo. Así que vuelve de una vez, abramos una botella de vino, sirvámonos hasta la penúltima copa, intercambiemos estupores, y mantengamos una laaaaarga conversación sobre lo bonita y beneficiosa que llegará a ser nuestra vida a partir de febrero.

Te seguiré donde vayas. No sé si era lo que quizá debería haberte dicho anoche o si ya ni siquiera hace falta que te lo diga.

Mi sensación es que necesito un descanso de todo, menos de ti. Igual también te sigo en eso.

The sun will come out, tomorrow

Ningún feeling con el endocrino nuevo. Revisó mi expediente con frialdad empresarial, me hizo una serie de preguntas sobre mis hábitos alimenticios a las que contesté con la verdad más desnuda del mundo (cosa de la que me arrepiento un poquito), y me dijo que si iba a tratarme, me comprometiera a no hacerle perder el tiempo, porque «ya éramos mayorcitos.» Asumí el bofetón emocional con calma. La verdad es que tampoco esperaba que precisamente me comiera a besos, dados mis antecedentes. Si rebobino, creo que llevo sin hacer caso a un endocrino aproximadamente desde 2013. Y ahora mismo, en el camino de adelgazamiento absurdo y sin frenos que llevo, ya solo me queda desaparecer. Todas las mañanas tengo frío. Todas absolutamente. Mis reservas de grasas y chichas ya están bajo mínimos, y de aquí a muy pocos, MUY POCOS días, estaré durmiendo en un glaciar. No es que me vaya a dar tiempo precisamente a ponerme rollizo como una botillo, pero mira… lo poco que consiga…

Jon se agobia con lo del glaciar. Dice que deberíamos estar entrenando para lo de los crampones (aunque cuando dice «deberíamos» quiere decir «deberías») y no para de decirme que salga a patear campo todos los días, aprovechando antes de que se vaya Anisa por las tardes. Yo le digo que sí, que mañanamismoempiezo, pero luego llego a casa y lo que hago es ponerme el pijama, abrirme una cerveza, servirme un bol de ganchitos y tirarme con Simón y María a jugar al Mario Kart hasta que llega la hora de la cena (en la que por supuesto yo ya no tengo hambre). Llevo así las dos últimas semanas laborales y soy incapaz de evolucionar en nada más (de hecho, el único motivo por el que estoy posteando es porque lo hago desde el trabajo, aprovechando la hora tranquila del todo-hecho), así que llegará el día del viaje, llegará el día del vuelo, llegará el día de ajustarse mochila y crampones, y Groenlandia me masticará tranquilamente y luego escupirá mis huesecillos a los pies del Qaleraliq.

Atravesando Groenlandia en intrépida aventura, con Jon llevándome a caballito.

Aham-aham

Bueno, pues ya. Ya se ha ido. Hoy he traído el otro coche nuevo. Me hace gracia eso de que el ordenador me vaya diciendo qué marcha cambiar. Además aposté con él a que sería capaz de instalarle el ipod, y lo hice. Ahora me debe una cena. Me manda mensajes burlones. «En Groenlandia te la pago.» Ni hablar. Aún no sé qué se come allí y todavía me acuerdo del tiburón podrido de Reikiavik. No es nada motivador que te inviten a comer cabeza de foca bajo la luz de las velas. Quiero una cena con música, con vino, con «solos tú y yo y que nada se caiga, se rompa, enferme, grite, ni nos reclame.» Como en nuestro viaje de bodas patagónico. Aquello fue un torrente de promesas. No me quejo ¿eh? se cumplieron casi todas. Desde entonces he perdido mi anillo de bodas unas doce veces y el diamante negro de mi aniversario ahora es un piercing y un pendiente, pero aparte de eso… aquí seguimos. Al final hicimos buena amalgama. Nos hacía ilusión lo de llevarle la contraria al resto del mundo.

Me renuevan otros tres meses, hasta diciembre. No ha sido una sorpresa espectacular, ya lo esperaba. En realidad es la renovación de diciembre la que ya no me espero. Ahora tengo la cuenta extrañamente saneada. Bastante más que cuando estaba en Madrid. Todavía no sé por qué. Puede ser que aquí la vida sea más barata, o que simplemente, tenga menos tiempo y me compre menos camisetas por mes. Igual he logrado por fin convertirme en un hombre adulto, pero no canto victoria. Seguiré observándome hasta Navidad.

El viernes estuve en el dentista. Ahora tengo una doctora dicharachera, joven y simpática, así que me cuesta mucho tenerla miedo. Me dijo que tenía los dientes «impecables» y que se notaba que no comía mucho azúcar. Fui un ajqueroso cobarde y asentí en plan aham-aham, como si su afirmación llevara algo de verdad. También me dijo que la muela rota era del juicio y que no se podía reparar. Que la sacaría y punto. Me dio pena mi muela sin arreglo. Hasta el fatídico día del accidente-quico, siempre me hizo un buen servicio, la pobre.

Hoy tengo endocrino. Este no es joven, ni dicharachero, y me han dicho que tampoco simpático. Así que intuyo que que con él va a ser más difícil lo de tirar de aham-aham.