El dron utópico

He tenido dos horas de siesticoma y ahora mismo no arrastro ni un gramo de sueño. Ni las siestas me ordeno. Ya ha pasado una semana de mis vacaciones. Vacaciones: 7 de 21 ; cajas vaciadas: 1 de 7; trámites administrativos: 1 de 5; tareas pendientes 2 de 358. Un desastre de cómputo. No se para qué planifico nada. Parezco nuevo, coño.

Hoy ha cogido las vacaciones Jon. Solo tiene dos semanas, pero al menos serán dos semanas compartidas. Hemos hecho cena en el jardín para celebrarlo. Unas hamburguesas. Teníamos planeada una barbacoa portátil, pero Jon es reacio a comprarla. Si no es de obra, no le convencen. Dice que se llenaría la cerámica del suelo de grasa y que limpiar luego las piezas es un coñazo. Le he dicho que pensar en lo de limpiar ya es de hombres MUY alejados de la juventud y ha soltado un chorrito de risa. Se ha metido un puñado de patatas fritas en la boca y ha dicho «La juventud también es un coñazo.» No he sabido qué responder. Algo de razón llevaba.

Cenar en el jardín es lo más maravilloso del mundo porque hace fresquito, suena el gurglugurglu de la piscina y las luces led de la yedra de mentira que nos rodean, nos dan un airecillo mágico de gnomos. Pero es un absoluto coñazo lo de bajar la comida dos pisos desde la cocina. Al final siempre terminamos echándonos a los chinos quién sube a por el helado. Les he dicho que podríamos buscar una cesta, atarla con unos pulpos y descolgarla desde la barandilla de la terraza del salón, que está justo al lado de la cocina, para simplificar las cosas y bajar la comida directamente hasta el jardín. ¿Y sabes que ha sido lo peor? que me han tomado en serio. Jon y Jokin están haciendo ahora un curso de pilotaje de drones militares, así que han dicho que lo mejor sería utilizar un dron que soportara peso, y así bajar las bandejas pilotándolo desde la terraza. María ha aplaudido, Simón ha dicho «¡sería guay!» y Pedro se ha puesto a mirar online modelos de drones. Yo me he limitado a mirar a unos y a otros, sin dar crédito a lo que estaba pasando y con el belfo descolgado en expresión lemúrida.

Bajar la comida con un dron. Yo. Yo bajando platos con un dron. Yo, que llevo nueve años conduciendo y todavía no he sido capaz de meter el coche recto en el garaje ni una sola vez.

Estos se pinchan.

Mañana te hablo

No sé cómo hago para tener todo el puñetero día libre y terminar siempre posteando a las doce de la noche.

Me encanta mi mesa nueva. Caben cosas. No tengo que estar haciendo equilibrios con el vaso de los lápices y el gatovaca puede desparramar sus chichas sin estorbarme lo más mínimo. Creo que aún no soy muy consciente de lo que tengo con todo este espacio. Por las noches, cuando me acuesto, miro las paredes y me parece mentira que estén tan lejos. Arrastro todo el rato la sensación de estar en una casa de vacaciones. De que pasará el verano y tendremos que volver a la casa vieja de El Pardo y a sus habitaciones pequeñas. Y lo de la piscina no ayuda. Por el contrario, me hace sentir más huesped que nunca. Hoy estábamos tirados en el césped esperando a Jon, y me parecía increíble que simplemente tuviera que caminar diez metros para estar en la cocina de casa. Casa. No sé qué tiene que pasar para que deje de ser «la casa» y sea simplemente «casa». Probablemente, un invierno.

He hecho un club de lectura en twitter. No sé cómo, porque en realidad no sé cómo hago las cosas nunca. Solo lo digo en un minuto y en el siguiente está hecho. Hecho un chocho, claro. Porque sin planificación, las cosas salen como salen. Pero no puedo evitar el maraqueo de la improvisación. Me da la vida, qué le vamos a hacer. Soy incapaz de seguir un orden. Todas las pautas me vienen grandes y termino siempre desbordando por las esquinas. Mira… que por risas nunca quede. Ni por libros tampoco. ¿Sabes que hemos llenado toda la pared de estanterías billy y aún me quedan cuatro cajas que no sé dónde coño meter? Dice Jon que sopese donarlos a una biblioteca. No sé a cuál. Tengo tal zancocho, que igual podría donar el manifiesto comunista, que la Historia de O.

Hoy he cuidado lo que comía y no me ha dado bajona. Mientras ellos se ponían morados a lasagna, tiramisú y cocacola, yo he masticado pollo y ensalada y bebido agua con gas (perra vida esta). Tenía la vana esperanza de que luego me diera otra vez la pájara y poder decirle a Jon «¿¿lo ves?? ¡no tiene que ver con la alimentación!» pero no. He estado estupendamente todo el día y con las energías en la coronilla.

Perra vida esta.

Mañana viene Jokin. Va a pasar un par de semanas con nosotros para desintoxicarse el corazón. Le dijo a Jon que empezaba a no ver luz al final del tunel y Jon le contestó: «pues vente y a ver si te lo encendemos un poco.» Pues eso. Pues claro que sí. Contra la melancolía siempre mejor meter algo de ruido.

Recalculando ruta

Ya está. Ya estamos todos empadronados. Ya no somos madrileños oficiales. Se me ha ocurrido que quizá era un buen momento para volver a quitar los polvos y las telarañas. Siento que no ando muy bien. Psíquicamente, sí, pero físicamente no mucho. Me dan bajones físicos, sin venir a cuento y porque sí. Anoche salimos a cenar al Mamba Negra (que no se llama así, pero podría llamarse) para celebrar la vuelta de Jon y cuando volvíamos la noche era agradable y yo me arrastraba. Eso es lo que me pasa. Que de pronto, me arrastro. Como si me pesaran las piernas, el cuerpo, la cabeza… Lo estaba achacando a que ahora mis gatos me despiertan a las seis de la madrugada, pero la verdad es que anoche dormí. Dormí mucho y bien. Y esta mañana después de las seis, he vuelto a dormir otro par de horas. Sin embargo, volviendo del Ayuntamiento, otra vez, he sentido que me arrastraba. Me he sentado de banco en banco hasta llegar a casa. Llegar a casa en este pueblo es fácil, porque todo está cerca, las aceras son anchas, el terreno es plano, el espacio abierto. Pero aún así, yo he ido sentándome y he vuelto a echarme a dormir una minisiesta a las dos de la tarde. No es muy normal.

No quiero pasarme las vacaciones durmiendo. Tengo que deshacer cajas, montar cortinas, colgar cuadros, poner lámparas…Tengo que podar el jazmín que no sé si es jazmín, y plantar hierbabuena para los mojitos, replantar el rosal, regar las yedras…

Y sobre todo tengo que escribir todos los días porque si no, la cabeza se me ensucia. Igual es eso. Que me pesa el excedente y por eso tengo que dormirlo. Ni te extrañe.

Podas

La casa empieza a encontrar su ritmo. Los gatos empiezan a encontrar su ritmo. Los niños empiezan a encontrar su ritmo. Jon empieza a encontrar su rit… bueno, Jon nunca lo ha perdido. Y yo… yo aún estoy intentando pillar de un salto el último vagón del tren que A LO MEJOR me llevará UN POQUITO CERCA del mío. Aún así es un mensaje positivo. Jon ha estado colocando los plafones del hueco de la escalera y ya hay luz en el porche de la entrada. Ahora somos como los yankees de las películas. Cuando alguien llame a nuestro timbre, primero le encenderemos el porche y luego ya le abriremos la puerta.

Creí que me daría respeto eso de vivir en una casa baja, ya fuera de ningún perímetro militar y sin garita de vigilancia, pero la verdad es que este pueblo es una puñetera tranquilidad con farolas. Todo el mundo parece conocerse y no hay una voz más alta que otra. Tampoco hay aglomeraciones en ninguna calle, ni en ningún local. Ahora cuando bajo de Madrid, me doy cuenta de la diferencia. De niño (feliz) yo vivía en un pueblo como este. En cierto modo, es como si hubiera vuelto un poco al nido. Al final resultará que la vida es circular.

Ha venido Jokin a ayudar a Jon a colocar las lámparas y a llevar todos los sacos de poda al punto limpio. Ahora mismo están tomándose sendos botellines, sentados en el jardín, y hablando en voz baja. No sé de qué. De lo divino y humano, supongo. Ha anochecido del todo, así que supongo que Jokin se quedará a dormir. Ha puesto en venta su casa y sus muebles. Quiere resetear el corazón haciendo un delete-all. Le aplaudo absolutamente. Yo siempre he quemado mis naves después de la batalla. Siempre. Me parece condición sine qua non para renacer de las cenizas. Puede que ese haya sido realmente el secreto para mantenerme en pie. Ir cortándome ramas muertas, sin dudar y sin cargo de conciencia.

No sé si alguna vez habré sido la rama muerta de alguien. Supongo que sí. Nunca he sido fácil de sobrellevar.

Sobreviviremos

No sé si ya estás hasta los huevos de leerme escribir sobre la mudanza, la casa, los muebles y el stress. Imagino que sí. Pero es que todavía me queda mucho. Anoche estuvimos hasta las mil comprando cosas para montar en el Ikea. La casa está quedando bonita. Nuestro hígado no tanto. Jon me dice «hace ya cinco días que no salgo a correr, esto no puede ser…» ¿Cinco días? yo hace cinco semanas que no sé ni dónde tengo los calcetines.

He estado un rato sentado con Pedro y Simón en el jardín. Como no tenemos aún mesa ni sillas, he abierto una de las viejas tumbonas de loneta y nos hemos sentado en plan banco corrido, a beber cocacola y comer patatas (sí, mi dieta va chupi, gracias por preguntar). El árbol del vecino se descolgaba por nuestra valla. Le he dicho a Pedro que era un peral y él me ha dicho que era un níspero. Yo estaba cansado y con ganas de bufar, así que le he dicho que no. Que me hiciera caso, que eso era un peral. Y él me ha mirado con cara de nada… ha entornado los ojos… ha vuelto a mirar al frente… y ha dicho «no sabes mucho de nísperos.» Yo le he apostado una cena en el Gino’s a que aquello era un peral. Él ha dicho «acepto el pago.»

Así. El pago. Nada de «acepto tu apuesta» o «acepto tu trato.» No. El pago. Con dos cojones. La verdad es que es tan puñeteramente chulo, que resulta entre odioso y fascinante.

Por supuesto, era un níspero. Lo acabo de comprobar en el google. Pero vamos… aunque hubiera sido un cerezo de katmandú, igualmente habría dado lo mismo, porque en realidad es verdad que no tengo ni puta idea de árboles frutales, y no sé exactamente por qué me gusta meterme en estos fregados.Supongo que porque entre la estantería PLATSA y la mesa BESTÅ, uno necesita liberar sus ganas de asesinato.