Podas

La casa empieza a encontrar su ritmo. Los gatos empiezan a encontrar su ritmo. Los niños empiezan a encontrar su ritmo. Jon empieza a encontrar su rit… bueno, Jon nunca lo ha perdido. Y yo… yo aún estoy intentando pillar de un salto el último vagón del tren que A LO MEJOR me llevará UN POQUITO CERCA del mío. Aún así es un mensaje positivo. Jon ha estado colocando los plafones del hueco de la escalera y ya hay luz en el porche de la entrada. Ahora somos como los yankees de las películas. Cuando alguien llame a nuestro timbre, primero le encenderemos el porche y luego ya le abriremos la puerta.

Creí que me daría respeto eso de vivir en una casa baja, ya fuera de ningún perímetro militar y sin garita de vigilancia, pero la verdad es que este pueblo es una puñetera tranquilidad con farolas. Todo el mundo parece conocerse y no hay una voz más alta que otra. Tampoco hay aglomeraciones en ninguna calle, ni en ningún local. Ahora cuando bajo de Madrid, me doy cuenta de la diferencia. De niño (feliz) yo vivía en un pueblo como este. En cierto modo, es como si hubiera vuelto un poco al nido. Al final resultará que la vida es circular.

Ha venido Jokin a ayudar a Jon a colocar las lámparas y a llevar todos los sacos de poda al punto limpio. Ahora mismo están tomándose sendos botellines, sentados en el jardín, y hablando en voz baja. No sé de qué. De lo divino y humano, supongo. Ha anochecido del todo, así que supongo que Jokin se quedará a dormir. Ha puesto en venta su casa y sus muebles. Quiere resetear el corazón haciendo un delete-all. Le aplaudo absolutamente. Yo siempre he quemado mis naves después de la batalla. Siempre. Me parece condición sine qua non para renacer de las cenizas. Puede que ese haya sido realmente el secreto para mantenerme en pie. Ir cortándome ramas muertas, sin dudar y sin cargo de conciencia.

No sé si alguna vez habré sido la rama muerta de alguien. Supongo que sí. Nunca he sido fácil de sobrellevar.

Sobreviviremos

No sé si ya estás hasta los huevos de leerme escribir sobre la mudanza, la casa, los muebles y el stress. Imagino que sí. Pero es que todavía me queda mucho. Anoche estuvimos hasta las mil comprando cosas para montar en el Ikea. La casa está quedando bonita. Nuestro hígado no tanto. Jon me dice «hace ya cinco días que no salgo a correr, esto no puede ser…» ¿Cinco días? yo hace cinco semanas que no sé ni dónde tengo los calcetines.

He estado un rato sentado con Pedro y Simón en el jardín. Como no tenemos aún mesa ni sillas, he abierto una de las viejas tumbonas de loneta y nos hemos sentado en plan banco corrido, a beber cocacola y comer patatas (sí, mi dieta va chupi, gracias por preguntar). El árbol del vecino se descolgaba por nuestra valla. Le he dicho a Pedro que era un peral y él me ha dicho que era un níspero. Yo estaba cansado y con ganas de bufar, así que le he dicho que no. Que me hiciera caso, que eso era un peral. Y él me ha mirado con cara de nada… ha entornado los ojos… ha vuelto a mirar al frente… y ha dicho «no sabes mucho de nísperos.» Yo le he apostado una cena en el Gino’s a que aquello era un peral. Él ha dicho «acepto el pago.»

Así. El pago. Nada de «acepto tu apuesta» o «acepto tu trato.» No. El pago. Con dos cojones. La verdad es que es tan puñeteramente chulo, que resulta entre odioso y fascinante.

Por supuesto, era un níspero. Lo acabo de comprobar en el google. Pero vamos… aunque hubiera sido un cerezo de katmandú, igualmente habría dado lo mismo, porque en realidad es verdad que no tengo ni puta idea de árboles frutales, y no sé exactamente por qué me gusta meterme en estos fregados.Supongo que porque entre la estantería PLATSA y la mesa BESTÅ, uno necesita liberar sus ganas de asesinato.

Dirección

Otra vez me dan las once de la noche y no sé ni cómo he llegado. Han llenado la piscina de ahí fuera. Un señor que recogía hojas, me ha dicho que probablemente la abrirían ya esta semana. Hemos llegado a Junio, pero…¿cómo demonios? En tres semanas, cogeré mis vacaciones. Este año adelantadas, para ir a ninguna parte. Hay demasiadas cosas que hacer. No lo digo con tristeza. Será maravilloso despertarse con los mirlos y salir a darme un baño. Probablemente sigamos sin estanterías y con media vida en cajas, pero bueno. Por lo menos ya habremos cerrado la otra casa. Porque hoy, HOY, A ESTAS ALTURAS DE MES, todavía estábamos terminando de sacar todas nuestras cosas de la excasa. De hecho, hace solo tres horas que hemos terminado de vender el viejo frigorífico, y hace dos, circulábamos por la A6 con ocho bolsas de platos y copas en el asiento de atrás. Esto ha sido una mudanza gitana. Inacabable. Me he despedido de Jokin con un abrazo estrecho y una bolsa de cortezas. Le hemos dejado algo melancólico. Dice que sin Gustavo en casa y sin nosotros en el barrio, ya no pinta nada allí. Ha puesto en venta la casa y ha pedido el traslado. Una vida puede cambiar mucho en dos años, igual que puede haber permanecido antes otros ocho años sin moverse ni un milímetro. ¿Ves qué tontería es seguir intentando manejar el volante?

Creí que sentiría nostalgia por irme, pero no. Nada. He hecho un vídeo de toda la casa vacía y me he rebuscado dentro alguna señal inexistente. En la vieja buhardilla (donde ya empezaba a notarse el calor) aún se dibujaban las colas de mis últimos lemures insomnes. Ahí me he sentado en el suelo polvoriento y he pensado «¿te quedarías, Ariel?» La respuesta ha sido rapidita y certera.

Jon está desbordante de trabajo. Ahora mismo compagina el antiguo destino con los comienzos del nuevo y no le da demasiado de sí la vida. Ha perdido dos kilos en el último mes, sobre todo por exceso de movimiento y por falta de horas de sueño. Todo debería regularse de aquí a un mes y pico. Mientras, le olisqueo la nuca como un perrillo en celo porque estos días vamos a destiempo y no puedo morderle todo lo que me gustaría.

No pasa nada. Vendrá julio. Vendrá Octubre. Vendrá Navidad. Y volveré a abrir mucho los ojos y a decir «pero…¿cómo demonios?»

Entre tú y yo

Vale, pues esto va a ir por ti.

No sé dónde está el micrófono. Tú lo sabes. La casa ahora mismo es un caos. Pero me hubiera gustado decírtelo de palabra. Con esa voz de gilipollas que se me pone cuando estoy ñoño.

¿Qué me estás contando? ¿que yo soy el amor de tu vida? ¿que disfrazaste de racionalidad aquella tarde en Navacerrada cuando me pediste que me casara contigo, para que yo no saliera huyendo? Pero Jon… PERO JON… Me ves cada día. Cada mañana me ves despertar, te cruzas conmigo en el baño, en la cocina, me cierras la puerta del coche, me acaricias los rizos cuando estamos viendo la tele, me rascas la nuca, cuando pasas por mi lado en el ordenador. Ocho años. Ocho. Ocho años de verme la cara, la sonnrisa,de sentirme la caricia, de oírme la voz, de verme la mirada. Ocho años de compartir preocupaciones, destinos, objetivos, problemas, retos, alegrías.

Ocho años. ¿Hay algo que me quede por decirte?

Claro. Claro que sí. Cientos. Miles de cosas. El amor de verdad te vuelve infinito. Nunca cierras nada. Todo queda siempre así. Esperando a lo que traiga el día de mañana.

Amor de mi vida…qué crees que puedes enseñarme tú al respecto, ceporro. ¿Lo irreversible?

Llevo subido en lo irreversible ocho años. ¿Me lo dices o me lo cuentas?

Batallas

Hoy ha sido un día de mierda en el trabajo. Peleas. Muchas peleas. Pulsos sindicales. Enfrentamientos. Mi jefe poniéndose chulo. Yo poniéndome más chulo aún. Es cansado. Pero no puedo quejarme demasiado porque sabía lo que me esperaba yendo en lista. Y él también lo sabía, claro. Por eso intentó por todos los medios que mi candidatura fracasara. Ahora me tiene que comer con patatas y se esfuerza mucho porque la digestión sea leeeeeeeeenta. En fin… en algún momento del otoño de 2019, mi casa ya será una casa, y tendrá muebles bonitos, tranquilidad, visillos, una mesa donde dejar las llaves, todos los libros en estanterías… Y entonces llegaré de trabajar, escucharé el cri-cri de los grillos cuando cierre la puerta del coche y me sentiré bastante a salvo. Ahora también me siento a salvo, pero sin visillos y con mesas hechas de cajas apiladas. Es un «a salvo» distinto. Un «a salvo» eventual.

Me joden los enfrentamientos sindicales. Me va a ir fatal en esas trincheras, porque estoy hecho para la sinceridad. Miro a mi jefe con asco. Lo que siento, lo siento. Soy incapaz de fingir, ni de dar una buena palabra cuando no me sale desde dentro de las tripas. Supongo que por eso soy misántropo y no sé vivir en sociedad. Porque no sé fingir. Fingir es imprescindible de cara al mundo. Hay que saber disimular en esta vida, y hay que saber jugar de farol. Hay que saber sonreír, decir «pero qué guapo estás, ME ENCANTA ESA CORBATA DE DELFINES» «Oh, CLARO QUE QUIERO TOMAR UN CAFÉ CON TU CUÑADO EL DE HERBALIFE…» «¡Joder, cuánto siento no haber podido acudir a tu recital de poesía de tres días en Albacete!»

A nivel personal, yo nunca me peleo porque no me importa pelearme. Es la cruda realidad. No me importa. No me importa que se me critique o que se hable mal de mí. No me importan los enemigos, ni me importan las batallas. He visto a gente muy loca mentir terriblemente sobre mí, despellejándome, y ni me inmuto. Soy así. Nada de eso va conmigo, y lo miro todo como el gato impasible ve a los perros ladrar desesperados, desde lo alto de la valla. Así que ahora, que me toca ponerme al frente de una negociación sindical, me doy cuenta de mi falta de curriculum en batallas y voy y digo la verdad. Que es una vergüenza que a una chica con un bebé de 4 meses, la obliguen a cogerse una jornada de 11 a 17h. «Es lo que marca la ley» dice mi jefe, por encima de las gafas. «No es ni empático, ni humano» le digo yo. «No es asunto de la empresa que alguien quiera tener hijos», replica mi jefe. «Pero sí es asunto de la empresa ponerse medallas sobre conciliación familiar», vuelvo a decir yo.

No me digas que tengo la batalla perdida. Ya lo sé. La cruda realidad es que el mundo nunca ha sido de los sinceros. Jamás.