No sé si se me entiende algo

Pues sigo aquí y sigo bien. El cambio ha sido grande, pero positivo. Tengo mucho espacio. Mucho, muchísimo. He estado un rato ensayando en la zona barra-espejos que me montó Jon en el sótano. Ha sido increíble y apaciguador. Las paredes ya no están cerca y todo lo que me rodea está nuevo y limpio. Precisamente hoy hemos estado en nuestra excasa recogiendo cosas (sí, aún nos quedan trastos en la excasa. Somos así de huevazos) y las habitaciones me han resultado enanas y la zona sucia y ruidosa. Y no lo era, de verdad que no lo era en absoluto. Así que está bastante claro que esta me gusta mucho más. Al final Jon tenía razón. Era un cambio grande, pero era un cambio para bien. Por ahora, porque en realidad a mí, todo lo que sea cambio me sienta estupendamente. Eso significa que cuando llevemos aquí diez años, igual estoy echando en falta la Puerta del Sol. Quién sabe. Nunca sé adivinarme.

Jon está feliz y cariñoso. Por las mañanas salimos muy temprano y los mirlos andan como locos en los árboles frente a nuestra casa. Siempre respira hondo y dice «esto es maravilloso, Ari.» También está contento porque ahora mi nombre está en los papeles de la casa. Jon no entiende mi método de supervivencia. Cree absolutamente necesario dejarme «cubierto» legalmente si le pasara algo. Sin embargo, yo saldría. Siempre salgo. Todos salimos de todo en absoluto. Con más o menos dolor, más o menos tullidos, pero salimos. Firmé esos papeles solo por él y porque estuviera tranquilo. No necesito constar en ningún sitio, ni necesito tener nada en propiedad. Tampoco necesité casarme. Jon se empeña en protegerme y nunca será capaz de ver que no necesito protección ninguna. Que me autofabriqué de una buena pasta. Que me regenero y de donde caigo, salgo. Pero él me construye hogares y mundos para cobijarme. Porque me ve pequeño y vulnerable, supongo. Quizá es la imagen que transmito.

Pero bueno… Le quiero, y como le quiero, me gusta que sonría, que esté tranquilo, que se sienta feliz, que no se preocupe. El amor va así. Primero es un bum-barrabum-pimpán y luego, si es de buena calidad, nos terminamos convirtiendo en consecuencia del otro. Así que yo me caso, acepto formar parte de la casa, me convierto en propietario… y entonces Jon es feliz, y yo soy feliz porque ya hace tiempo que soy su onda en el agua. Si él cae triste, yo me convierto en onda triste. Si él cae feliz, yo me convierto en su onda feliz. Y viceversa. No es fácil llegar a estas cosas. Me siento bastante afortunado. No por la casa. Ni por el matrimonio. Soy bastante afortunado por haberme convertido en su consecuencia.

Y viceversa.

¿Te gusta conducir?

Hoy he tenido que volver a casa sin Jon, porque tenía guardia. El fin de semana me acompañó en el coche e hicimos el trayecto tres veces para que me lo aprendiera. Me dijo de hacerlo una cuarta, porsiaca, y le dije «No me voy a perder, Jon, joder. Que tampoco soy gilipollas.»

Me he perdido.

La verdad es que no sé cómo. Me puse el google maps para que la amable chica de voz cantarina me fuera guiando, pero como en el desvío hacia la A6 no había luces de neón parpadeantes que rezaran «ES POR AQUÍ, ARIEL SERLIK» bajo una música de timbales y trompetas, diez elefantes envueltos en oropeles señalando con la trompa y un coro de majorettes haciéndome una flecha en el aire con los bastones, pues… me lo he pasado, y he terminado en la M-503 (que dicho sea de paso, tampoco sé exactamente cuál es y qué une).

Luego la chica de google maps se ha puesto a recalcular, me ha metido en un polígono chungo, me ha llevado cuatro kilómetros entre talleres de camiones y macrotiendas de sofás y al final… no sé cómo, he logrado llegar al pueblo. Mientras tanto, el móvil no dejaba de sonarme, porque Jon, oliéndose el percal viendo que pasaban las horas y yo no aparecía, no paraba de llamarme para ver si enviaba algún escuadrón de zapadores a buscarme. Cuando he llegado y he aparcado (torcido, como siempre) le he dedicado una falsa sonrisa de oreja a oreja. «Has tardado mucho, me estaba preocupando.» » Es que he salido más tarde de la academia.» «¿De verdad?» «No.»

Soy de esa (limitada) raza de personas que jamás deberían haberse sacado el carnet de conducir. Lo hice porque me encanta llevarme la contraria, pero la cruda realidad es que necesito 400 repeticiones para aprenderme cada ruta y aún así, ME PIERDO. No sé dónde está la derecha y la izquierda, no sé coger rotondas, no sé leer mapas, no sé dónde está el norte o el sur, no sé cuál cojones es «la cuarta salida»…

Necesito un anuncio de coches a mi medida.

«Nuevo Audi. ¿Odias conducir?»
SÍ. LO ODIO. ANDEALAMIERDA USTED, LA MANITA VOLADORA Y EL COCHECITO.

Pronto volveré a grabar

Más o menos en cuanto sepa dónde he guardado el micro.

Los cristales de la casa están sucísimos. Creo que tienen gotas de la última glaciación. Y los de la ventana del cuarto de Pedro están llenos de pegatinas de Hanna Montana (lo cual nos parece muy divertido, pero a él no tanto). He intentado despegar las Hannas Montanas con estropajo y agua caliente pero también debieron de pegarlas cuando Miley Cirus todavía iba a misa, y eso no hay un dios que lo quite. Tendré que acudir a papá youtube en busca de consejo. Por ahora, se ha quedado así. Cada día encuentro cosas que limpiar pero intento no desesperarme. Me disperso constantemente entre el primer piso y el quinto. Subo con el cubo a fregar el tercero, y me encuentro una caja con ropa. Me pongo a colocar la ropa y me encuentro las tijeras de la cocina. Bajo las tijeras a la cocina, y recuerdo que no he puesto la lavadora. Pongo la lavadora y entonces recuerdo que había subido el cubo. Así todas las horas del día. Restos de la dispersión de Ariel por tooooooda la casa.

Creo que resulta mucho más fácil vivir en horizontal.

One Day More

Está lloviendo. Mi primera lluvia aquí. He subido corriendo hasta el final de la casa, para ver la tormenta desde las ventanas abuhardilladas. Soy de esos a los que la lluvia les carga las pilas. Tengo un pequeño depósito de melancolía entre las costillas y necesito rellenarlo de vez en cuando. Me hace tomarme la vida más despacio.

Como allí arriba estaba Jon trasteando con su cinturón de herramientas, he vuelto a bajar al dormitorio y me he asomado a la ventana abierta de par en par, para oler a montaña mojada. En las casas de enfrente, había un chico con barba en una cocina, bebiendo una taza de algo y mirándome. Supongo que ahora soy el loco de la urba que se moja en la ventana a las doce de la noche. No me apetecía mucho esconderme, ni hacer como que limpiaba algo en el alféizar, así que he seguido mojándome y oliendo a roca y matojo, hasta que han venido los gatos y han querido asomarse conmigo. Me gusta la melancolía pero tampoco hasta el punto de descalabrar gatos contra el patio de abajo, así que nos hemos metido los tres para dentro. Jon seguía intentado fijar las ventanas de la buhardilla con nosequé enganches de esos que compra en el Leroy Merlin después de tenerme dos horas pasillo arriba/pasillo abajo, y que luego me enseña a colocar con mucha descripción técnica y mucho detalle, como si yo entendiera una sola puñeta de lo que me está hablando. Pobre Jon. Su fe en mis capacidades sigue siendo inquebrantable. Ahora se pasa la vida recorriendo la casa arreglando, colgando y empalmando cosas, y María le sigue detrás con su serrucho de plástico y sus alicates de fisher price. Cuando me la cruzo por el pasillo le digo:»fíjate… ¿vas a ser ingeniera como papá?» y ella me responde «NO, YO ISTOY HASIENDO ESCALERAS.»

Escaleras. Jaté. Justo lo que necesitamos en esta casa.

Postguerras

Pocas veces podía yo escribir así mirando el cielo ponerse naranja. Y mucho menos poniendo la habitación a 23ºC con un mando a distancia. Cómo han cambiado las cosas dentro de un mismo blog. Si vas hacia atrás me encontrarás en el ayer quejándome de algo. De los compañeros de piso que me despertaban a las tres de la madrugada. Del calor. De lo pequeño de mi pequeña habitación donde no me cabían los gatos. De que la pierna dolía. De que el chico pegado a la pierna no me caía bien.

Aunque esto sigue siendo zona de guerra, hoy ya tengo espejos de baño. Y eso no ha jugado mucho a mi favor, porque he descubierto que estoy penosísimo. Creo que fácilmente habré perdido diez o doce kilos. Vendrá la temporada de piscina y yo me resbalaré por una pernera del bañador. En el salón de abajo está la báscula. Esa caja sí que la rotulé bien detallada, para no abrirla por error, porque sabía, SABÍA, que tenerla a mano no iba a venirme nada bien en absoluto. No puede decirse que no haya sido una ecuación lógica. Llevo como ocho semanas comiendo menús de bar y cenando fast-food. Pero como excusa agarradera es un poco mierda, porque Jon también ha comido lo mismo, y está igual de estupendo que siempre.

Ya, bueno. Con la diferencia que él se pide ensaladas y fruta y yo aros de cebolla.

Es un poco horrible, porque ahora tendré que suplicar su ayuda y pedirle que no-me-deje-saltar-la-dieta. Y él me mirará con su ceja escéptica levantada y responderá: «¿pero es que alguna vez me haces puto caso?»

Vale. Mañana empiezo. Estoy mirando el cielo ponerse naranja y tengo espejo en el baño ¿no? pues ea. La vida ya está hecha.