One Day More

Está lloviendo. Mi primera lluvia aquí. He subido corriendo hasta el final de la casa, para ver la tormenta desde las ventanas abuhardilladas. Soy de esos a los que la lluvia les carga las pilas. Tengo un pequeño depósito de melancolía entre las costillas y necesito rellenarlo de vez en cuando. Me hace tomarme la vida más despacio.

Como allí arriba estaba Jon trasteando con su cinturón de herramientas, he vuelto a bajar al dormitorio y me he asomado a la ventana abierta de par en par, para oler a montaña mojada. En las casas de enfrente, había un chico con barba en una cocina, bebiendo una taza de algo y mirándome. Supongo que ahora soy el loco de la urba que se moja en la ventana a las doce de la noche. No me apetecía mucho esconderme, ni hacer como que limpiaba algo en el alféizar, así que he seguido mojándome y oliendo a roca y matojo, hasta que han venido los gatos y han querido asomarse conmigo. Me gusta la melancolía pero tampoco hasta el punto de descalabrar gatos contra el patio de abajo, así que nos hemos metido los tres para dentro. Jon seguía intentado fijar las ventanas de la buhardilla con nosequé enganches de esos que compra en el Leroy Merlin después de tenerme dos horas pasillo arriba/pasillo abajo, y que luego me enseña a colocar con mucha descripción técnica y mucho detalle, como si yo entendiera una sola puñeta de lo que me está hablando. Pobre Jon. Su fe en mis capacidades sigue siendo inquebrantable. Ahora se pasa la vida recorriendo la casa arreglando, colgando y empalmando cosas, y María le sigue detrás con su serrucho de plástico y sus alicates de fisher price. Cuando me la cruzo por el pasillo le digo:»fíjate… ¿vas a ser ingeniera como papá?» y ella me responde «NO, YO ISTOY HASIENDO ESCALERAS.»

Escaleras. Jaté. Justo lo que necesitamos en esta casa.

Postguerras

Pocas veces podía yo escribir así mirando el cielo ponerse naranja. Y mucho menos poniendo la habitación a 23ºC con un mando a distancia. Cómo han cambiado las cosas dentro de un mismo blog. Si vas hacia atrás me encontrarás en el ayer quejándome de algo. De los compañeros de piso que me despertaban a las tres de la madrugada. Del calor. De lo pequeño de mi pequeña habitación donde no me cabían los gatos. De que la pierna dolía. De que el chico pegado a la pierna no me caía bien.

Aunque esto sigue siendo zona de guerra, hoy ya tengo espejos de baño. Y eso no ha jugado mucho a mi favor, porque he descubierto que estoy penosísimo. Creo que fácilmente habré perdido diez o doce kilos. Vendrá la temporada de piscina y yo me resbalaré por una pernera del bañador. En el salón de abajo está la báscula. Esa caja sí que la rotulé bien detallada, para no abrirla por error, porque sabía, SABÍA, que tenerla a mano no iba a venirme nada bien en absoluto. No puede decirse que no haya sido una ecuación lógica. Llevo como ocho semanas comiendo menús de bar y cenando fast-food. Pero como excusa agarradera es un poco mierda, porque Jon también ha comido lo mismo, y está igual de estupendo que siempre.

Ya, bueno. Con la diferencia que él se pide ensaladas y fruta y yo aros de cebolla.

Es un poco horrible, porque ahora tendré que suplicar su ayuda y pedirle que no-me-deje-saltar-la-dieta. Y él me mirará con su ceja escéptica levantada y responderá: «¿pero es que alguna vez me haces puto caso?»

Vale. Mañana empiezo. Estoy mirando el cielo ponerse naranja y tengo espejo en el baño ¿no? pues ea. La vida ya está hecha.

Centrarse

Los gatos rondan como alma en pena por toda la casa miaou-miaou-miaou-miaou. Hasta que entran en un cuarto, me ven y se callan. Así que me imagino que en realidad me están diciendo ARIEEEEEEEEEEL… ARIEEEEEEL… DÓNDE ESTÁAAAS… QUE ESTO ES MUY GRANDEEEEEE…

Van acostumbrándose. Los perros lo llevan bastante mejor. Se hacen a estar donde estés tú, en cero coma. Pero los gatos llevan su ritmo (como los locos). En estos momentos andan en el proceso de reconocer la casa, ahora que ya han descubierto que no hay ningún enemigo que les pueda atacar desde ninguna esquina. La próxima semana será de exploración y la siguiente de festival. Ya he tenido que sacar a Hocus Pocus tres veces de dentro de la chimenea. Le parece un lugar fabuloso para dormir la siesta, a salvo de monstruos y dragones. Bien pensado, en cuestión de ralladas, se parece un poco a mí. Al final he tenido que taparle la entrada de la chimenea con cartones. Ha puesto una expresión absoluta de mecagoentuputamadre. Creo que esta noche le caigo un poco peor. Yo sigo contento. Ahora voy con Jon al trabajo. Hacemos juntos la hora de carretera y luego le dejo en Moncloa y nos vamos cada uno por nuestro lado. En poco su traslado será efectivo y ya no podremos ir juntos, pero por ahora lo disfruto y aprovecho para ir aprendiéndome el camino. Nunca estoy a salvo de perderme cuando voy solo en el coche. Tengo un don especial para meterme siempre por el desvío que no es.

La casa va hacia delante. Quedan muchas cosas. Muchas. Millones. Infinitas. Nuestra frase preferida de estos días es «poco a poco». Uno enumera las catástrofes y el otro siempre responde: poco a poco.
«Nos faltan las tapas del váter.» «Poco a poco.»
«Pues va a haber que guardar las sábanas en la nevera.» «Poco a poco».
«¿Me sostienes un espejo mientras me afeito?» «Poco a poco.»

Trabajar ocho horas tampoco favorece mucho lo de emplearnos en lo pendiente. Mis cuñados han dicho que vendrán el fin de semana para ayudarnos a poner las lámparas. Las lámparas que aún no hemos ni comprado. No te digo ya planificado. Pero por encima de nuestro descontrol, intentamos aparentar calma absoluta ante Pedro, que sigue revoltoso como los caballos cuando presienten tormenta.

Tengo todo el rato de estar en un hotel o en una casa de vacaciones. De que esto es eventual y luego me tocará volver a nuestra casa destartalada otra vez y a nuestro dormitorio de paredes juntas. A-ver-si-me-voy-centrando.

YA

YA. POR FIN. YA HE VUELTO.

Siento el silencio. Ya te imaginas cómo han sido estos días. Y si no te lo imaginas te lo cuento. Cajas… caos… tres casas en paralelo… gatos… Pedro… Crisis de Pedro… papeles… más cajas… Era imposible. Te juro que era imposible. Y mira que el más perjudicado de no venir aquí a escribir he sido yo y solo yo. Necesito escribir. Te lo he dicho muchas veces. Si no escribo, se me llena la cabeza y las cosas se me pudren dentro. Se me van amontonando y al final se me gangrenan. Yo necesito venir a contar cosas. Da igual el color que tengan. Lo necesito y punto. Pero estas últimas semanas… sin mesa, sin ordenador, sin momento, sin vida, lo han hecho imposible. Hasta ahora. Ahora ya sí.

No es que hayamos mejorado mucho el caos. Seguimos teniendo cajas en montón por aquí y por allá. Ahora mismo, a mi espalda, está la caja de las cosas del baño. Champuses, geles, esponjas, paracetamoles, peines, algodones, espumas de afeitar, desodorantes… Según lo vamos necesitando, lo vamos cogiendo de la caja, porque en el baño no hay nada. Hay váter, bidet, ducha y vacío existencial. Por no tener, no tengo ni toalleros. Que están comprados y apoyados en alguna pared (no recuerdo exactamente en cuál), pero es que ni tiempo hemos tenido de colgarlos (y aquí no sé por qué digo «hemos» si en realidad es un «ha»). Todo lo vamos postergando para el fin de semana. El fin de semana colgaremos los toalleros. El fin de semana instalaremos la televisión. El fin de semana compraremos las estanterías de la cocina. El fin de semana, planificaremos las lámparas. El fin de semana, el fin de semana, el fin de semana.

Aunque lloriquee, estoy bien. Soy bastante feliz en este momento, con mis montoncitos de cartones, con mi caos, con mi rebuscar el cepillo de dientes en una caja. Soy bastante feliz porque estoy en casa. Y estar en casa siempre mola. Sobre todo cuando ya SOLO TENGO QUE ESTAR EN UNA y encima he ganado un 75% de espacio en cada habitación. Ahora mismo escribo en una mesa con todo un mundo mundial a mi espalda. La cama está a tomar por culo. No recuerdo nunca haber dormido en una habitación donde la cama estuviera a tomar por culo de la mesa. No recuerdo haber visto jamás las paredes tan lejos. Y hay silencio. Muchísimo silencio. Maravilloso silencio. Los locos necesitamos silencio de vez en cuando. Está en nuestro manual de instrucciones. Así que todo ahora mismo es maravilloso. No me apetece rellenar ningún espacio, porque así vacío, y en silencio, ya soy bastante feliz.

Los de nuestra tribu van tirando. María y Simón se adaptan sin problema y parecen crecerse en el caos. Pedro aún entra y sale intermitente de pequeñas minicrisis. Creemos que cuando terminen las clases y los exámenes, la cosa mejorará. Aún así, su cuarto es el único que está ya montado, limpio y terminado, pero no sirve de mucho, porque se sigue alterando en cuando pone un pie fuera. Los perros, por su parte, siguen tan felices aquí, como allí, como en el Kilimanjaro, y los gatos… los gatos se van amoldando. Peyote suele llamarme lloriqueando desde cada habitación y Hocus Pocus parece tener un amor especial a esconderse dentro del tubo de la chimenea. Ya sabes cómo es esto. Cada loco tiene que ir a su ritmo. Yo les dejo. A su bola. Friego algún pis nervioso gatuno de vez en cuando y respondo a los mioumioumiou con calma y cuchicuchis.

Bueno, por hoy ya. No sabes qué feliz, QUE FELIZ soy de haber vuelto. Mañana nos vemos ¿no? Claro. Mañana no vemos.

Craj

Sigo aquí metido de okupa, en casa de Jokin y sintiéndome mal por nuestros tres minions, que tenemos aparcados en casa de mi suegra como si fueran tres bicimads. Sé que allí están bien, están atendidos y son aceptablemente felices, pero me siento culpable por Pedro. Me pone cerca de 28 whatsapps al día y me llama todas las noches. Para decirme nada, realmente, porque solo me llama, me dice «Hola» y ya el resto es una sucesión de monosílabos, pero con eso me demuestra que la impecable (y frágil) estructura de su universo mental se está alterando. Necesita tenernos en su entorno y volver a la normalidad. Y yo, esto tampoco voy a negarlo, también necesito tenerlos cerca. Porque sí, porque les echo de menos. Porque me siento terriblemente culpable. Irracionalmente culpable, así que no hace falta que me digas que es una tontería, que no tengo culpa de nada y que estamos haciendo todo lo que podemos, porque ya lo sé. Lo sé perfectamente. Pero lo irracional es así. Solo devastador. Con lógica y sin ella.

Por lo demás, no paramos ni un segundo. Hemos calculado los muebles necesarios, los hemos comprado, los hemos reservado, los hemos planificado en el calendario… Mañana nos instalan ya el gas, pasado nos instalan la fibra… Para la semana que viene, ya deberíamos tener una casa habitable. Esta es una semana complicada de trabajo para Jon y supongo que eso me hace agobiarme un poquito más. No mucho, pero lo suficiente para flaquear cuando se pone el sol (maldita falta de luz…). Sabía que me pasaría esto y que cuanto más cerca estuviera por fin del desenlace, más pesado y grave se me haría todo. En fin, tampoco puedo hacer mucho más que venir a quejarme aquí, a mi desagüe emocional, así que…

Sin los niños todo hubiera sido más llevadero. Porque aunque estamos rodeados de cajas y cachivaches, Jon y yo nos adaptamos al bombardeo y nos coordinamos bien. Ya lo hicimos cuando fuimos a vivir a nuestra vieja casa. Estuvimos dos semanas durmiendo en el puto suelo y alimentándonos a base de sandwiches y hasta nos pareció divertido. Pero con niños todo es más complicado. No pueden faltar a clase, ni dejar de comer caliente. Y sobre todo Pedro no puede perder la estructura de su día a día. Ni María, ni Simón su fisioterapeuta, el taekwondo, el fútbol, los deberes…

Ha empezado a hacer calor. Igual también es eso. Odio el calor. ¿Te he dicho que odio el calor?

No veo el momento de que llegue Navidad.