Aprendices del caos

Vuelvo a estar sin el espartano. Ahora está más lejos, pero menos tiempo. Luego volverá y se irá de nuevo menos lejos para más tiempo. Y así entre el más y el menos, y el tiempo y el lejos, irán llegando los otoños y las mañanas más oscuras, porque Julio es siempre el último mes de sol en vena. Ya tengo que encender las luces para verme las orejas cuando me levanto, y no pisar ningún minigato. Hoy al bajar en la bici, he pasado por unos cuantos carteles de Vuelta al Cole, con felices niños de catálogo vistiendo impecables uniformes y colgándose impecables mochilas. Normalmente todo el “vuelta a…” es sinónimo de buajs, pero este año casi me alegro de verles. Ojalá llegará ya mismo el otoño, con un chasqueo de dedos. A lo Thanos. Un chaks y adiós verano. Dos chaks y adiós Navidad. Tres chaks y fuck you, 2019. No es que crea que el 2020 vaya a ser mejor, pero sí creo que me lo tomaré de otra forma. Más a lo yo y menos a lo demás.

Los dos aprendices de gatos ya suben a mi habitación a dormir. Me hizo mucha ilusión verles la primera vez, pero se me pasó rapidito en cuanto empezaron a hacer pressing-cat a las cuatro de la madrugada encima de mis huevos. Estaba yo bastante desentrenado en el tema cachorros, la verdad. La prueba es que había olvidado por completo lo de los intervalos frenéticos de ahoraduermo-ahoramepeleo-ahoratiroalgo-ahoravuelvoadormir. Anoche le tocó al estante donde guardo el papel de váter de mi cuarto de baño. Tuve que levantarme de madrugada a recoger los seis rollos que iban saliendo rodando consecutivamente por la puerta, desplegándose en su camino, como minialfombras de Hollywood para cucarachas. Por ahora me da la risa. Supongo que porque aún es semiverano y levantarse de la cama no supone tener que descriogenizarte con un soplete. Ya veremos cuando empecemos por aquí con las temperaturas de una sola cifra, si me sigue haciendo tanta gracia que los dos Dalton me despierten a las tirititrán.

Hoy voy a alquilar un coche. Tengo un poco de ansiedad anticipatoria. Lo único que odio más que conducir, es conducir un coche que no controlo. Voy a coger lo más básico que tengan. Si me ponen delante el troncomóvil de los Picapiedra, me tiro en plancha.

Catastróficas Desdichas

Te cuento cómo estoy.

En el trabajo: como andaba varios días tocándome los cascabeles, se me ocurrió decirle a mi superior que podían darme más carga de trabajo. Y me la dieron. Solo que en lugar de adjudicarme trabajo de programación web, como yo esperaba, me pusieron a ensobrar. Desde esta mañana he ensobrado unos 300 envíos. Los tres que estamos. Mi compañero, la bedel y yo. Como tres oompa-loompa. Mete catálogo-mete carta-cierra sobre-pega etiqueta… ¿No es mi cometido? No. ¿Puedo decirlo tal cual y dejar de hacerlo? Supongo que sí, pero mejor que no. Ya no estoy en un macroempresa de 5000 trabajadores. Bienvenidos a las PYME. ¿Somos tres? Somos tres. ¿Hay que ensobrar? Hay que ensobrar. ¿Necesito un contrato fijo? Necesito un contrato fijo. Me sale una regla de tres de lógica pluscuamperfecta. Espero que mi futuro esté lleno de momentos en los que diga “no voy a hacer esto porque no soy administrativo” pero desde luego, este de ahora mismo no es uno de ellos.

También espero ser consciente en cada uno de si es factible decirlo o no.

En casa: no tengo internet. Ahora mismo te escribo en los últimos diez minutos antes de irme, porque nuestra casa lleva siendo un infierno de conexión desde hace varios días, y nuestro operador no nos lo soluciona. Es otro de mis descubrimientos del 2019. Que las cosas fuera de la Comunidad de Madrid, ni por asomo funcionan igual. Menos personal. Menos medios. Menos prisa para todo en general. Me temo que esto último nos lo han contagiado, porque la verdad es que en Madrid a estas alturas ya estaría pegando berridos de mecagoendios y luchando como Don Quijote con todos los molinos de Atención al Cliente. Sin embargo, aquí, estoy resignado. Miro el router… hago un test de velocidad… suspiro… llamo… me dicen que la incidencia está abierta… vuelvo a suspirar… cuelgo. Así.

También puede ser que solo sea cansancio. De estar enfadado también se cansa uno. Diría que es de lo que más se cansa uno, realmente.

En general: hace unos días nos embistió un abuelito master and commander saltándose un ceda al paso, y nos jodió el Toyota. Todo el lateral y parte del morro, hecho crecs.

En agosto.

En agosto para el taller de un pueblo pequeño.

En agosto para el taller de un pueblo pequeño de una Comunidad Autónoma pequeña.

Ahora ya, ni mi coche, ni el de Jon. Cero coches. Nada. Niente. Bicicletas y una moto (encima, la otra vendida). Ese es todo nuestro material. Ahora ya tranquilamente, podemos bailar en el garaje. Y eso con mi Kía nuevo que sigue viniendo de nosedónde, pero que nunca termina de llegar. La moto está para las urgencias más urgentes (desangrarse en casa y esas cosas), así que hoy he ido a trabajar en bicicleta. Con los 17ºC que está haciendo por las mañanas tempranito, con la mochila y con la bolsa de los tupper (recordemos que aquí no tengo cantina). Ha sido superbonito.

Siguiendo mi serie de catastróficas desdichas, calculo aproximadamente un par de días para que empiece a llover a mares todas las mañanas.

Ojos azules

Sí, claro que sigo contándote cosas. Seré para siempre tu contador de historias. Una promesa es una promesa. Y tú por ahora has cumplido la tuya.

Volvieron a subir los termómetros pero no de forma asfixiante. Solo se volvieron un poco más agosto. Pasamos todo el jueves viendo la temporada enterita de Sex Education. Se suponía que por la tarde íbamos a acercarnos a la laguna grande para ver a los patos (o patazos, porque los patos aquí son enormes) y llevarles pan, pero habíamos tenido antes la brillante idea de comer cocido con un día de más de 33ºC así que nos dieron las cuatro de la tarde y la digestión era como subir una montaña con mochilas de piedras, y bajo el sol. Como nos dormíamos en el sofá, bajamos las persianas del dormitorio y nos echamos pensando “nada…cinco minutos y nos vamos”, pero para cuando nos despertaron los perros lamiéndonos las orejas, ya eran casi las seis de la tarde. Así que ni patos, ni pan, ni ná. Nos quedamos viendo lo que quedaba de serie. Me encantó. Es muy raro encontrar series teens sin clichés teens. Y el protagonista se parece a Marcos. Supongo que te acuerdas de Marcos. Tenía los ojos separados y azulesblancos, como dos trozos de nube. Y perpetua cara de susto. Siempre se sentía feo y desgraciado. Tú una vez le dijiste que tenía ojos bonitos. Que por lo menos los tenía azules, y él te contestó “tengo los únicos ojos azules feos del mundo.” Y nadie de los que estábamos sentados en la cocina dijimos nada, porque todos en ese momento pensamos “mira, pues es verdad.” Solo el del esparto se atrevió a decir que no eran los ojos sino la mirada, porque estaban muy separados, y para cuando mirabas uno, te habías olvidado ya de que había otro al  lado (luego eso lo utilicé en el cuento que escribimos de la coneja blanca). Te encantó esa descripción. Soltaste una carcajada muy poco compasiva. No te gustaba nada Marcos, porque era tramposo y torpón. Le sobraban cuerpo y manos. Rompía las cosas y siempre se escondía las dos últimas magdalenas donde las fuentes del horno, mientras los demás nos conformábamos desayunando lo que quedara de pan candeal duro y mantequilla.

Ahora te imagino mirándome con la cejas arqueadas y diciéndome “¿pero cómo cojones puedes acordarte de eso?”

Nunca olvido una persona, ni sus palabras. ni los detalles que le rodearon en mi vida. Ese es el mejor de mis peores defectos. A veces los tengo dentro de la primera capa de pensamientos y los puedo emerger en seguida, y otras veces, sucede que los he dejado a resguardo debajo de dos, tres o cuatro capas de ideas o sensaciones. Pero no pasa nada, porque solo necesitan parecerse a un personaje de serie teen de Netflix para poder volver a la superficie. Y ya ves. Lo hacen siempre, más tarde o más temprano.

No. Tú no tienes que subir a ningún sitio. Tú siempre has sido un bicho realmente difícil de sedimentar.

Nuestros agostos

Todavía posteo desde el trabajo. Sigo ventilando el ídem en dos horas y pasando el resto de la jornada haciendo nada con mi compañero. Supongo que luego llegará septiembre y echaré de menos todo esto. Hoy hemos estado haciendo lanzamiento de anacardos y animando calaveras en 3D con el Maya (ahí he descubierto que solo sé que no sé nada). A las tres de la tarde, estábamos él y yo solos en toda la planta. Y en la de arriba solo estaba la chica de recepción, así que… un precioso páramo de ordenadores vacíos y horas deslizantes. Mi jefa se ha marchado a las 12:30h. y ya no ha vuelto. No sé. Me desasosiega un poco, pero a la vez es bastante maravilloso. Quiero quedarme. ¿He dicho ya que quiero quedarme? necesitaría quedarme. Igual convocando a mis djins del caos. Todo lo que preveo suele salirme siempre del revés, así que…

Nocreoquemequede… nocreoquemequede… nocreoquemequede…

Sigo en el mantenimiento y puesta a punto. He descubierto que aquí todo es más barato y me estoy lanzando en plancha. Después del endocrino de nombre prometedor, he reservado dentista para reconstruirme el pico de la muela que me dejé con aquel guirlache asesino. Y antes de que termine agosto miraré si puedo apuntarme a natación en el polideportivo de aquí al lado. No necesariamente mucho. Una horita después de trabajar me bastaría. Me gustaba nadar cuando estaba en el instituto. Recuerdo mucho aquella sensación de silencio y de encerrarte en tu propia cabeza mientras ibas acompasando el sonido de tu respiración. Jon dice que todos los nadadores y corredores solitarios suelen ser personas raras e introvertidas, porque el placer del deporte está pensado para competir y relacionarte con otros. La verdad es que algo de razón lleva. Pero bueno. Mi asociabilidad no es ninguna novedad. Y llevo acumulando sobrados motivos para justificarla desde los quince, así que…

Y hablando de Jon, ya vuelve esta noche. Alegría, alegría y pan de Madagascar. Con suegra o sin suegra, le prefiero en casa, en el sofá, en la cama, en la cocina diciendo “suelta esa palmera AHORA”.

Me gusta escribir en agosto. Especialmente en esta semana desierta del día 15. Nadie lee blogs en agosto más que tú. Pero yo sigo (y seguiré) escribiendo para ti. Tú lo sabes. Yo lo sé. Supongo que eso nos hace poderosos a los dos.

Creo que no ha pasado ni un solo agosto desde hace años, en el que no te dijera que nadie lee blogs en agosto.

Si vuelves, yo vuelvo

Jon no está para controlarme los tuppers y estoy comiendo como la mierda. Y como no tengo que preparar comida para la tribu porque mi suegra se cabrea si le piso la misión, los tuppers que me estoy preparando para el día siguiente son de nada con nada. De hecho, suelo acordarme de ellos cuando ya estoy metido en la cama y a punto de decidir que mejor si eso lo preparo mañana (en ese momento del mañana que nunca llega). Luego llega el amanecer, bajo corriendo a la cocina a tres minutos de tener que salir por la puerta (porque yo básicamente vivo siempre a tres minutos de tener que salir de todas partes) y arramblo con lo primero comestible que encuentro delante de los ojos. Y en el nuevo trabajo no tengo cantina, como en el anterior. Aquí lo que te traes, es lo que te comes y punto. Así que hoy ha sido una lata de atún, unos palitos de surimi con salsa de nada, dos plátanos y un trozo de pan. Lo  primero frío que he podido meter en la bolsa. Y también se me han olvidado los cubiertos, así que me he comido los palitos de cangrejo como Gollum. Por supuesto, luego llegaré a casa, soltaré los restos de biscotes y atún, mi suegra me dirá “¿Te dejo un tupper de guiso para que comas mañana?”, yo contestaré “¡No, no! no hace falta, lo tengo todo controlado…” y vuelta la burra al trigo.

Pierdo la cuenta de todo lo controlado que tengo descontrolado.

Hocus Pocus ya no maúlla con la hache. Solo era una faringitis por el aire acondicionado, y como estos días ya tenemos rascayú, ha sido apagar el aire, y encenderse el gato. Estoy haciendo auténticos malabares para poder darle el antibiótico sin que se lo coman también los otros dos. Básicamente porque los otros dos se comen TODO. Lo suyo, lo de Hocus, lo mío y si se tercia, lo de todo el Orfeón Donostiarra. Cualquier día me despertaré y me habrán devorado los deditos de los pies. Creo que nunca he visto a un ser vivo devorar de una forma tan inversamente proporcional a su tamaño. Espero que algún momento hagan tope y empiecen a comer menos y a crecer más. Por ahora siguen de tamaño pedo mosca, y siguen oliendo a culo de mono.

¿Pedos de mosca con olor a culo que pongo a dormir sobre mi camiseta, a los que dejo lamerme la nariz hasta que saquen hueso y que me salvan de la melancolía tarde sí y tarde también? Pues sí. Justamente de esos. O qué pensabas.