Nada que no se espere

Podé los rosales ayer y descubrí que me gusta cortar cosas. No es que sea nada nuevo, yo estoy bastante hecho para la aniquilación, pero esto me gustó especialmente. Volaban hojas y tallos chac-chac-chac y se iban amontonando a mis pies. Empecé lento y preciso, y terminé puto loco y halavenga. Jon no fue lo bastante rápido para llegar hasta mí desde la otra punta del jardín (porque todavía le falta una pierna y le sobra una muleta) y para cuando me quitó las tijeras, yo ya había pasado de la poda a la destrucción. No se ha enfadado especialmente. Tampoco es que me comiera a besos, pero cuando luego se lo contaba a su madre por teléfono dejaba escapar chorritos de risa. Me siento parcialmente culpable. Yo ya advertí que no tenía ni puñetera idea de jardines, ni de plantas, más allá de cultivar mandanga en época de metamorfosis emocional (como esta).

Mi gato mayor miraba desde el otro lado del cristal mi asesinato de rosales, celebrándolo con maulliditos lastimeros. No le dejo salir porque se pega con los otros gatos del vecindario. No me importa que se pegue (cada uno sus hobbies) pero me preocupa que le hagan daño porque está cebollote y tiene las patitas cortas, como una hucha de cerdito. Temo que le coja el macarra negro del chalet 23 y le carde las orejas. Ahora soy como una mamma italiana de gatos.

Hoy he puesto a germinar marihuanitas. Creo que todos necesitaremos un poquito de THC para cuando haya que retomar el ritmo.

Podar

Vengo de tomar el sol en el jardín como un lagarto. En calzoncillos de paragüitas. La idea no era quitarme los pantalones, pero se estaba muy bien y me daba un perezón de muerte subir otra vez tres pisos para buscar un pantalón corto. Cuando vivía en horizontal estas cosas no me pasaban, pero creo que era menos feliz. Me gusta vivir en vertical. Es como si tuviera más madrigueras. «Dejo la pena arriba, y me voy a la alegría del sótano.» Cosas así.

A mi espalda, Jon arrancaba plantajos invasores y estudiaba los foráneos. Dice que él podará la hiedra y el arbusto grande y yo los rosales. Ni siquiera sé de qué rosales me habla, así que yo solo abriré y cerraré los alicates  y cortaré aquí-aquí y aquí. Me ha comprado unos guantes con dibujitos de monigotes. Le he dicho que eran de chica y me ha dicho «no son de chica, son de niño.» Ah bueno, mucho mejor entonces, sí… Me he hecho el ofendido durante un tiempo prudencial. Al fin y al cabo no dejaba de estar ofendiéndome metido en unos calzoncillos de paragüitas.

Sigo sin ganas de desescalar. Sin pandemia nunca habría terminado de cambiar la plantilla del blog.

El gato anormal

Llevo dos días trabajando como un cabrón. Pero no me importa. Feliz como una lombriz. Sigo sin compartir la angustia del confinamiento, supongo que en ese rinconcito se esconde mi fobia social. Soy feliz de poder despertarme de forma natural, sin despertador, sin prisas. Desayunar tranquilo, en la mesa, charlando con Jon en pijama, me recargar positivamente para todo el día. Realmente, no me importa pasarme seis horas seguidas trabajando. Estoy en mi silla, de mi habitación, de mi casa. En mi chándal. No tengo que escuchar conversaciones que no busco, ni aguantar tontos, ni listos, ni desagradables, ni encantadores. Para mí es como vivir más fácil. Gano sobre seguro con mis ases en la manga, claro. Tengo a Jon. Eso supone que tengo conversación, risas, juegos, sexo… La diferencia es que es conversación elegida, risas elegidas y juegos elegidos (el sexo se sobresupone). Cuando salgo ahí fuera, me siento en mi mesa de trabajo, desayuno en un bar, voy a una reunión de amigos o voy sentado en el autobús, ninguna de las conversaciones, risas, juegos, etc. los he elegido yo. Son la norma social. La norma social para un anormal social. Pero bueno, el mundo ya estaba hecho cuando yo me lo encontré, así que… no me queda otra. Hoy me he asomado al armario y están ahí todos los jerseys de lana, los anoraks, las botas… Para cuando nos toque volver, habremos pasado una temporada entera. Le he dicho a Jon que tendríamos que ir subiendo la ropa más ligera para ir preparando el out y me ha dado la pereza de la muerte. Jon me ha dicho que piense en las croquetas de La Tasquita. y en el olorcillo a pino del camino de la dehesa. Que lo de ser normal también tiene sus cosas buenas. Me he descojonado con la frase y ha puesto sus cejas de sorpresa. Creo que ni siquiera lo estaba diciendo para ofenderme, sino para definirme. «Eres muy gato, Ari. Eres MUY GATO.»

Ok. Pues por eso voy a estirarme al escaso solecito de esta primavera tan primavera.

El impasse

Nos han hecho un paréntesis temporal en lo del traslado que podrían ser dos meses o dos años, así que hemos cancelado la venta de la casa. Yo me resigno a que todo el papeleo que llevábamos a los lomos no ha servido para N A D A y Jon hace gala de su budismo natural y se pone contento de poder dedicarse (ahora sí) al jardín y las chapus pendientes. Un cable que tapar, un cuadro que colgar, una grieta que cementar… Lo del jardín le pone especialmente berraco. Jon y las plantas, las plantas y Jon. Lo de dedicarse a meter árboles, como en Zarautz, está descartado porque nos terminaríamos encontrando sentados sobre las raíces para ver la televisión en el salón, así que ahora está A TOPE con los arbustos de flor aromática que combatan . Ha comprado un jazmín, un lilo y una dama de noche. «¿Qué es una dama de noche?» «Uno que cuando llega la noche huele muy bien.» Aham. Ok. Por fin un nombre en el mundo con sentido. También ha comprado una azada, 2000l. de mantillo, tijeras de podar, tutores, palas de trasplante y dos pares de guantes. Dos pares. Dos.

Si hay algo que tengo que reconocerle a Jon, es que su fe en mí es insondable.

Día argh…

Bueno, vale, me faltas, ya está. Hacía yo chistecitos cuando esto empezaba. Me parecía maravilloso trabajar en pijama, no dar dos besos, no salir de casa… Pero contaba contigo al otro lado de la cama. No veas qué grande se me hace ahora. Y eso que no estás para rodar por las mañanas y aplastarme en el intento. Ni para echarme la bulla cuando voy directo a las galletas. Ni para dejarte el champú abierto bajo la ducha y que se llene de agua. Pero mira, estas cosas van así. Uno se queja de todos los defectos de alguien hasta que le falta y descubre que en realidad no están tan mal. Joder tío… Hasta junio. ¿Hasta junio? ¿sabes que eso es una puta eternidad?

En casa todos estamos bien. Lo sobrellevamos con jardín, gominolas y puzzles. Las pistolas del nerf están muertas de risa. Sin ti no es lo mismo. Cuando yo estuve en el hospital la última vez me dijiste que sin mí no era lo mismo. Pues esto es igual. Quizá es que los dos nos hemos convertido en la espina vertebral de la casa sin darnos ni cuenta de ello. Quizá tú eres el hueso y yo los ligamentos que lo sujetan.

Dios… ya estoy con las gilipolleces. Yo que sé. Que quiero que vuelvas. Eso. Solo eso. Que esto resulta que al final no era tan divertido.