Frentes

Tengo mucho sueño así que no sé cómo va a salirme esto. En realidad debería grabar un audiopost, de los de hablar y no pensar en lo que hablo. Pero tampoco me apetece editarlo, así que aquí tengo que insertar la frase estrella de María “ME GUSTARÍA MUCHO, PERO NO ME APETESE.” Pues eso.

Mañana elecciones. Me emociono más por las mañanas que por las noches. A estas horas, de hecho, ni siguiera me importan demasiado. Si gano pues gano, si pierdo pues pierdo. En realidad ya he ganado porque entraré en el Comité de Empresa sí o sí. Hoy, cuando me iba, ha salido mi jefe de su despacho para despedirse de mí. “Adiós, Ariel, hasta mañana.” No se ha despedido de mí en diez años y lo hace ahora. Muy significativo. Mañana me pasaré toda la jornada sentado en la mesa electoral mirando a la gente meter papelitos. Nos van a pagar la comida, así que pediré cerveza, aperitivo, primero, segundo, postre y cafelito. Cuando se trata de comer a costa de la empresa no tengo ni la más mínima elegancia. Que se lo digan a la pobre máquina de vending.

Tengo varios frentes abiertos en mi cabeza estos días. No me estoy saltando nada la dieta de glucosa y creo que es porque actualmente no tengo espacio mental en mi cabeza para pensar en ella. Elecciones, función de alumnos, reorganización de blog, exámenes, mi cuñado… Todo abierto, todo pendiente de desenlace, todo sin poder cerrar. La situación de mi cuñado no es buena. Han suspendido lo del catéter del riñón, y van a empezar a darle quimioterapia, porque el hígado está dañado. Jon ha adelantado su vuelta un día. En estos momentos estará a punto de aterrizar en Torrejón. Al igual que a su hermano y a su madre, le noto preocupado, pero sereno. Es el estado general de toda la familia. Nunca les he visto hacerse de cruces, ni perder los papeles ante la muerte o la enfermedad. Se toman los dramas con una tristeza sin aspavientos, cosa que siempre me ha parecido admirable. No soy nada amigo de la dramatización exagerada. Creo que solo sirve para que la pena se espese.

Se auguran Navidades complicadas. Con complicaciones de las de verdad. De las que sí admiten derrumbe. De las que no tienen nada que ver con que tu jefe te grite, tu padre sea un capullo o tu amiga Sonia te haya dicho que qué gordo/a estás.

La verdad es que un autentificador de problemas, como esas máquinas donde meten los billetes de 50€ para ver si son falsos, nos sería bastante útil. Un sitio donde pudiéramos meter el problema, se encendiera una lucecita, sonara un pip y saliera un papelito con un “menuda gilipollez” o un “venga, llora.” Nos ahorraría un montón de trabajo en eso de la gestión inútil de emociones.

Cuesta arriba

Elecciones sindicales. Ya han llegado. Y allá voy. Mi jefe trina. Se le eriza el bigote. Se le empaña la calva. Si entro en el Comité de Empresa tendrá que escucharme y explicarme sí o sí. Y tenemos mucho pendiente él y yo. Mucho muchísimo. Supongo que este movimiento por mi parte le ha pillado descolocado y de sorpresa. Cuando a uno le pisan veinte veces, no es de esperar que aún siga levantando la cabeza, cuanto menos aún que te muerda el pie. Pero qué quieres, la verdad es que estoy acostumbrado a la supervivencia a ras de suelo. Llevo así más o menos toda la vida. Me tumban y me levanto. Me tumban y me levanto. En mis mundos primigenios de blogger, tenía puesto en mi perfil la mala yerba…

…nunca muere.

Un exnovio también primigenio (que quise mucho y era un poco imbécil) me dijo que lo de la mala yerba me iba a la perfección. La verdad es que sí que me va. Por ahora voy sobreviviéndoles a todos. En fin. Deséame suerte. Me toca ser interventor de mesa electoral, así que me voy a aburrir muchísimo junto a un puñado de gente que no me importa demasiado, pero creo que me divertiré viéndoles contar los votos. Sonreiré y haré bromas como los demás, para parecer humano, y no el extraterrestre de camuflaje que soy. Y si ganamos, pondré cara de circunstancias (que nunca he sabido realmente qué cara es), estrecharé la mano del sindicato enemigo y diré “buen partido.”

Nah, es coña. Si gano lo primero que haré será asustarme y lo segundo, comer chocolate.

Estoy cansado. Jon se ha ido a Ginebra y se nos ha roto la calefacción. En ese orden. Lo de Jon se soluciona pasado mañana. Lo de la calefacción no estoy tan seguro. Esta mañana ha estado un señor que nos ha restablecido el agua caliente (algo es algo. Hoy he ido al trabajo con los ojos bastante más redondos, gracias a la ducha matinal) pero los radiadores de abajo siguen sin calentarse. Me ha dicho por teléfono que tenía que cambiar una pieza y que había que pedirla a Barcelona. Me ha parecido que Barcelona sonaba a fin del mundo.

Vale, no pasa nada. No hace frío. Y si lo hace, nos amontonaremos en pelota debajo de las mantas. Los cuatro estamos hechos para la vida cuesta arriba.

Once del once

¿Te gusta la nueva foto? Es bonita ¿no? Y bastante simbólica. No obstante, aquí arriba es donde más feliz estoy. Y en ese rincón que ves ahí. EXACTAMENTE en ese rincón, soy doblemente feliz. Hay un banco de madera blanca justo debajo de la ventana. Lo puse para leer al solecito, pero la verdad es que después de la media hora se me queda la espalda hecha merengue, así que solo lo uso para eso. Para sentarme a pensar, mirando fuera, cuando hay demasiado ruido alrededor. En verano los cristales están calientes, y en invierno, helados. La ventana del banco viene a ser como mi reloj meteorológico. Si algún día necesitas una huella dactilar mía, búscala en esos cristales. Cuando estuvimos a punto de cambiar de casa, se me rompió un poco el corazón pensando en perder mi sitio meteorológico antirruido, la verdad. Estoy contento de que aún siga ahí para mí.

Hoy es mi aniversario. No nos hemos ido al polo norte (o sur) pero he sido bastante feliz. Jon me ha llevado de libros y de vinos y estoy un poco borracho (eso también influye). He visto las librerías más bonitas y he bebido los vinos más ricos de Madrid. Ha sido casi como poner un pie en un cuento, porque los rincones eran mágicos, mágicos de verdad. En uno de los sitios donde he estado bebiendo, había notas manuscritas debajo del cristal de la mesa, con poemas que la gente había dejado allí. ¿No te parece una pasada? He dejado una nota amarilla. Puede que alguna vez la leas si vas por allí. Si lo haces, sabrás enseguidita que es mía, porque te he dibujado un autorretrato mío con peto y camiseta de rayas. Como en los viejos tiempos.

“Me he comprado una antología poética de Luis García Montero, los cuentos de Faulkner y un tomo de Todo Superlópez. Creo que las tres cosas juntas me definen a la perfección.”

Jon ha ido al hospital a llevarle unas revistas a su hermano. Los tres cachorros están preparando una cena fría sorpresa de aniversario con mi suegra, así que me he quitado de la circulación. Desde aquí oigo a Pedro decirle a María “PERO NO PONGAS LO QUE YO QUITO” así que intuyo que eso va a ser un festival de brillis y corazones de papel, solo comparable a la mesa esa de San Valentín que nos preparó Simón en su día. Esta noche mi suegra se lleva a Simón y María a dormir con ella a su casa con sus sendas mochilas de colegio, así que Jon y yo estaremos solos. Semisolos, porque está Pedro, pero bueno… estar con Pedro es estar solos, porque se encierra en su guarida y ya no hay niño. Le he dicho a Jon “podremos hablar de lo humano y lo divino” y él me ha dicho “o follar y hablar mañana.” Está bien que te hagan reír. Siempre elige al que te haga reír. Siempre. Lo demás te podrá servir de vez en cuando… en algunas ocasiones… pero reír te servirá siempre. Así que considéralo condición sine qua non para enamorarte.

Bueno, la moraleja que te dejo hoy es que viene muy bien que alguien te pegue una patada en el tejado de vez en cuando, porque sirve para que salgan todas las ratas que estaban escondidas. Y ahí ya solo tienes que dejar que salgan… cerrar las ventanas… cerrar las puertas… y dejar que se coman entre ellas ahí fuera (que siempre lo hacen porque en realidad es la única predestinación de una rata. Morder sin necesidad de pretexto, ni motivo). Luego vuelves abrir y sigues con tu vida. Hasta la próxima patada, que vuelves a hacer lo mismo. De verdad te lo digo… Ni te hagas de cruces, ni te enfades. Viene de puta madre para limpiar y ventilar. Hazme caso.

Hola Jon. Te quiero, Jon. Y seguiré queriéndote, Jon.

Curvas

He ido a clase y me he agobiado mucho. Tengo dos meses antes de los exámenes para ver la luz. Parece mucho tiempo ¿no? no lo es. Jon vino a buscarme y comimos por el centro. Ya habían puesto las luces de Navidad. Cuando quieras darte cuenta, ya las habrán encendido. Y los villancicos de los grandes almacenes te machacarán la psique. Y pondrán el horroroso anuncio de lotería de este año, y todo será paz… amor… familia… regalos… cuentas corrientes que bajan a la velocidad de la luz… Y luego Enero y el barrabumba. No estoy seguro de poder aprobar todas las asignaturas. Me lancé en Plan Cid Campeador y ahora estoy agobiado. Qué novedad. Exactamente lo mismo que me ha pasado con las elecciones sindicales. “Yo puedo, yo lo haré, ¡claro que puedo!” y luego el paf en las narices. Pero bueno. Si hay algo que tengo bien aprendido desde que nací, es a fracasar. No pasa nada. Ya me levantaré y me iré recomponiendo los huesos por el camino.

María se ha vuelto a partir el frenillo. El oponente se le quitó en el último momento y cayó de morros. No puedo decir que no comprenda un poco al oponente. María es pequeñita y flacucha, pero más dura que el adamantium y con una capacidad de embestida sorprendente. La ves venir corriendo hacia ti e instintivamente buscas sitios en alto para guarecerte. Si te pilla puede ser más peligrosa que una manada de ñus. Así que el oponente dijo aymadreyomequito y María voló sobre el tatami. No hay que lamentar muchos daños. Otra vez una minirajita de ná, y el labio como un watusi. No ha soltado ni una lágrima. Su maestro de taekwondo le ha hecho una reverencia. “Eres una guerrera fuerte y valiente.” Se ha puesto tan contenta que al devolverle la reverencia ha pillado demasiado impulso y casi se vuelve a hostiar otra vez contra el tatami. La he tenido que coger al vuelo. Jon estaba todo orgulloso de ella. Ha llenado la nevera de polos para su belfo. “Ahora nada de boxeo hasta que te cures ¿eh?” “SÍ, PAPÁ.”

El ala espartana de la familia está muy loca. Muy loca.

También casi se me ahoga un gato del refugio. Ha empezado a vomitar y a dar alaridos cuando les estaba limpiando las jaulas, y al llevarle a eco, hemos visto que se había tragado un cordón enterito. Han tenido que operarle de urgencia y hacerle tres incisiones para poder sacárselo. No sé cómo demonios ha podido tragarse eso. Es canijo, oscuro, chiquitillo y trasto. Le encontramos metido dentro del motor de un coche. Estoy barajando quedármelo. Tengo una atracción especial hacia los gatos que dan guerra. Le he llamado Pito Sacapuntas, porque también tiene un ojo más grande que otro. Me pensaré lo de añadir a Pito Sacapuntas a la tribu. Me frena un poco pensar en cómo interactuará con la niña-ñu. Podrían convertirse en un combo mortal.

También se me ha muerto el móvil y luego ha vuelto a resucitar. Él solito. Como si hubiera parado media horita para tomar aire, o algo así. La verdad es que ha sido un día con muchas curvas. Desde aquí estoy oyendo a Jon hablar con Urko por teléfono. Siguen haciéndole pruebas y aún no tienen ningún resultado concreto. Yo creo que todo irá bien. No lo digo por animar, ni para autoconvencerme. Lo creo de verdad. Lo siento aquí dentro.

Ruido

Tengo veinte minutos de sobra, así que voy a comerme la piña aquí sentado en mi mesa inservible de profesor que no escribe nada, porque comérmela en el metro tampoco es algo que me motive mucho, y hoy estoy un poco melancólico y un poco enfadado conmigo mismo. Sin motivo. O al menos sin motivo de peso, salvo que tenía que haber ido a la facultad estos dos días, y no lo he hecho. Marcos me ha pasado un poco los temas que han estado tratando y no me he enterado de nada, así que esta noche me fustigaré, y mañana por la mañana retomaré el ritmo de clases. Había dejado todo cogido con pinzas en plan a-mí-plim, pensando que el lunes tomábamos un avión que nos llevaría al culo del mundo donde no tendría que ser consciente de nada en siete días, y ahora que ya ha cambiado el paisaje, será mejor que espabile y me baje al mundo con los dos pies, porque se aventuran cosas que me caerán encima como piedros. Los cambios del blog, los libros, los dibujos, los exámenes, las elecciones sindicales, el hospital. Ahora mismo tengo pensamientos de los que ensucian la cabeza. Lo sé porque vuelvo a despertarme tres o cuatro veces por noche y a no poder volver a coger el sueño fácilmente. Bien. Bueno. No pasa nada. Para empezar es de noche ahora mismo y cuando es de noche, todo me parece mucho más grave. Odio la noche. De verdad, la odio. Es un poco mierda esto de ser un chico que necesita inviernos y a la vez necesita luz. Soy mucho más feliz y pragmático cuando la luna no se ve. A estas horas es cuando ya empiezo a arrastrar el corazón por las esquinas. Y bueno… también influye que llevo cuatro días portándome bien con la dieta y más o menos una hora pensando en palmeras de chocolate, roscas de la Almudena, bolitas de coco, napolitanas de crema, panes de mazapán…, a la vez que me enfrento a la cruda realidad de que estoy masticando piña de un puto tupperware, como un camello. Pero ya no puedo flaquear más. Ahora mismo tengo que recuperar seis kilos. De seguir así, para cuando llegue Navidades, serán catorce y tendré que terminar brindando con leche de soja como un gelipollas.

Hemos ido a ver a Urko. Le han drenado seis litros de líquido del estómago, así que, aunque está jodido, está mucho menos jodido que antes. Yo no quiero pensar en Teo, pero no paro de hacerlo. Anoche (en la tercera vez que me desperté mientras Jon roncaba) pensé que lo malo de haber esparcido sus cenizas por el ñoñojardín aquel, era que ahora no podía llevarle flores a ningún sitio y hablar un poco con él, como en las pelis yankees. Que ya ves tú lo que iba a oírme el pobre si a estas alturas ya estaría convertido en sustrato, pero bueno. Más por mí, que por él. Que igual podría echarle las flores por el sitio aquel, girando en plan monja cantora de Sonrisas y Lágrimas, pero es que ya hago bastante el ridículo sin necesidad de perfomances funerarias, así que… como que no. Y lo de hablarle a las cenizas, como que tampoco. Que allí todo dios estaba echando cenizas de sus muertos y aquello iba a ser casi como una videoconferencia.

Ya. Me está quedando de triste a irrespetuoso, lo sé. Ya paro. No soy yo. Es la lógica evolución del asunto de estar masticando piña cuando quiero chocolate.