Mierdilunes

Llevé al gato al veterinario. Me dijeron que tenía un poco de infección en un lado de los dientes, pero que nada tan grave como para no comer pienso duro. Y les pareció demasiada pérdida de peso para solo dos semanas. Posible… pero extraño. Me cagué, claro. Todo me era muy familiar. Le hicieron una analítica y llevo desde esta mañana esperando noticias al respecto. Me habré asomado al correo unas 54.000 veces en lo que va de día. De forma irracional y absurda porque cuando llega un correo, el móvil me avisa, pero en fin… si normalmente no soy muy espabilado, con miedo lo soy aún menos, así que aquí estoy. Refrescando correo una y otra vez y maldiciendo las newsletters de Nintendo. También me entretengo con todas las gilipolleces posibles. Me he comprado dos camisetas, unas zapatillas (que igual algún día también podría probar a mirar pantalones aunque solo fuera para completarme) y unas gafas de sol. Y una gorra. Yo no llevo gorra. Pero bueno, tampoco llevo gafas de sol, así que… así estamos. También he traducido cinco canciones en inglés y dos en italiano. Las siete me importaban una mierda. Pero si me pongo a trabajar, pienso y si pienso, no existo. 

Como le pase algo a mi gatovaca el dolor va a ser muy grande. Nada que no se supere, claro. Por supuesto. Todo se supera y tampoco quiero ser Laura Ingalls, pero será bastante devastador. Tengo un vínculo especial con el gatovaca. Él lo sabe y yo lo sé. Y no es que yo tenga muchos vínculos especiales con seres vivos en esta vida, así que… no me apetece una mierda restar ninguno. Al menos no todavía. Pero no vamos a anticiparnos ¿no? por ahora me dedico a seguir poniéndole latas blandas y cepillándole cuan majarajá, como si no hubiera un mañana. Si es un gato enfermo, ahora mismo es el gato enfermo más atusado del mundo mundial. Un gato enfermo de concurso. 

Llevo un lunes de mierda. Muy cansado. Ya me he despertado cansado cuando ha sonado el despertador, y mi motivación para ir a dar mis dos clases ahora, es de cero sobre cero. Ni siquiera he traído el monopatín, así que hoy entraré como los adultos normales y recorreré el pasillo con mis lentos y aburridos pies. Y el tipo de la catequesis estará contento, porque no le interrumpiré sus charletas sobre Dios con el rumblerumblerumble de mis ruedas. Me consta que ya se ha quejado más de una vez y más de dos de mi actitud al organizador de eventos. Lo cierto es que no es la más correcta para una parroquia. Yo entero no soy lo más correcto para una parroquia, pero necesito el teatro para mis ensayos generales así que… tanto ellos como yo, tendremos que aguantarnos mutuamente hasta mediados de junio. Cuando me vaya iré a despedirme de él en monopatín. 

La verdad es que todo el mundo en Villadiós está muy revolucionado con nosotros y nuestro ensayo. Supongo que somos lo más emocionante y transgresor que les ha pasado desde que metieron perritos calientes en el menú de la cafetería, porque no paran de asomarse y de sentarse en el patio de butacas a cotillear. Hemos llegado a tener medio aforo lleno solo con los ensayos. El otro día los que acompañan las misas nos preguntaron si necesitábamos música en directo. Me dio un poco de penita cuando los vi ahí plantados con las guitarras, la bandurria y la pandereta, así que puse mi mejor cara de entusiasmo y les dije “¡claro! dejadme pensarlo y ya os diré algo”. No sé por qué coño dije eso. Ya me dirás tú a mí qué puñetas vas a poder bailar con un grupo instrumental de misa. El “qué alegría cuando me dijeron” en versión pop. Y eso siempre y cuando puedas meter el teclado de tu primo, el que anima las fiestas de Benidorm.

Estoy desbarrando ¿no?

Estoy desbarrando.

Sí, quieren

Los tengo a todos haciendo estiramientos para ya cerrar la clase, así que voy a aprovechar para escribir dos tontás y publicarlas desde el autobús. Sigo preocupado por el gatovaca. Me he acercado a mediodía a casa para echarle un mimo y cepillarle un poco. Se ha zampado una lata de las grandes él solo, lanzándose al comedero como un esquizofrénico. Creo que la teoría de los dientes pochos gana posiciones. O eso, o nunca vi a ningún gato enfermo con ese apetito de jabalí. Con el cepillado, ha mejorado un poco. Menos despeluchado. Me hubiera gustado llevármelo de vuelta al trabajo y tenerle allí, durmiendo encima del mac, como cuando me pongo a dibujar en casa. La verdad es que me hubiera dado bastante más conversación que mi becario.

Sí… el becario también sigue igual. Hoy alguien le ha preguntado si tenía novia. Ha hecho lo de siempre. Levantar cabeza-mirar fijamente-decir “No”-bajar cabeza-seguir trabajando. No me ha extrañado mucho que no la tuviera. Es de ese tipo de personas que mata las energías de cualquiera, la verdad. Por la oficina empiezan a burlarse de él y a llamarle “Bob el silencioso.” Era de esperar. Nada más depredador que un grupo de personas en la treintena-cuarentena que lleve más de diez años trabajando juntos. En cuanto llega el rival más débil, se lanzan a colmillo como lobos. Lo bueno: que enseguida se cansan. Lo malo: que hasta que se cansan tocan mucho los huevos.

El mes que viene se casan dos amigos nuestros. Va a ser la boda más cursi del mundo. En serio. No quiero decir que es demasiado marica porque luego Jon me llama homófobo y me castiga con manzanas, pero es que ES demasiado marica. Cada detalle que nos van descubriendo nos eriza más las cejas. Música de arpa y pompas de jabón para recibir a los novios… cucuruchitos dorados de pétalos de flores para ir arrojándolos por la alfombra como si fuéramos Heidis de subidón… hasta seis temas de cantante lírica, arpa y violín para la ceremonia… un chihuahua vestido de puntilla y blonda para llevar los anillos… Terrible. Todo como de pesadilla Candy-Candy rebozada de Marshmallows. A ellos dos los aprecio bastante porque son de los pocos amigos de Jon que le apoyaron con entusiasmo cuando comunicó que se casaba conmigo, así que intento devolver ese apoyo y, por supuesto, recibo cada detalle de la cursiboda tragándome mis sapristi, y dedicando mi mejor cara de paisaje para asentir y decir “aham…” Estos días estoy descubriendo la cantidad ingente de expresiones neutras que puede uno decir para disfrazar un sapristi con elegancia. Ya sabes. De esas en plan: “Anda…” “Fíjate…” “Ah, qué original…” “Caray…” “Ah, sí, sí…”

“Pues yo entraré con un frac blanco con pajarita de gasa, mientras suena el Ave María de Schubert.” “Anda…”
“Hemos cosido un cojín de raso con dos cascabelitos de plata al arnés del Chimichurri para que lleve los anillos.” “Fíjate…”
“Habra mil grullas de origami formando una cúpula con forma de corazón en el techo, con nuestras iniciales.” “Ah, qué original…”
“Todos los invitados tendrán un pompero plateado para que nos reciban con una lluvia de pompas de jabón multicolores y pétalos de flores…” “Caray…”
“Bajará del cielo un tuno vestido de ángel alado cantando a Ed Sheeran con una bandurria dorada labrada a mano por unos monjes ciegos…” “Ah, sí, sí…”

Vale, sí. Lo del tuno me lo he inventado. Pero también te lo digo; quedan todavía cuatro semanas . Aún TODO es posible.

Meridiano

María tiene siempre las rodillas arañadas. De forma permanente. No recuerdo ni un solo día que no haya tenido o costra o herida. Es porque es bruta y punky. Sobre todo bruta. Trepa como un monito y se tira con la bicicleta y el coche a pedales como si no hubiera un mañana. Y cada vez que se fostia, resulta harto complicado poder reñirla en plan “¿¿LO VES?? AHORA LLORAS, CLARO”, porque no llora jamás. Como mucho aprieta los labios y dice “jolines…” El jolines de María expresa muchísimas cosas. Positivas y negativas. Le vale igual para los hostiones, que para los macarrones con chorizo o para cuando se pone las bragas al revés. La verdad es que no sé qué hago sin dibujar a María. Echo un poco en falta lo de dibujar para mí y para este blog. Echo un poco en falta en general, todas las cosas que hago (o hacía) para mí. Necesitaría más tiempo. Más horas en el día. Dibujar, leer, pintar lemures… Siento que cuando me doy tiempo, estoy de mejor humor. Hoy me vendría bien porque ando preocupado por mi gatovaca. Me pide comida a todas horas y le noto algo más flaco y despeluchado. Como si se lavara menos o peor. Quiero pensar que son los dientes otra vez y que quizá es que le duelen y no puede comer el pienso duro (quiero pensarlo porque las latas blandas se las zampa de ocho en ocho) pero aún así me preocupa. El sábado volveré a llevarle al veterinario. Solo de pensar en meterle de nuevo en la gatera me suda hasta la rabadilla. A los All Blacks me gustaría a mí verlos metiendo al gatovaca en la gatera. Eso sí que sería terrorífico y no lo de las hakas. Es solo verme agarrar el asa, y ya está colgándose de las lámparas. Y cuando son chiquititos, vale, pero cuando tienes que lidiar con ocho kilos de gato, es cuando te planteas por qué demonios no nacerías con pasión por las tortugas, o por las ranas arborícolas.

El padre de Gus sigue muriéndose. Le han internado ya tres veces en el hospital de terminales y las tres veces le han dado el alta. En la última nos pidieron si podíamos prestarles la silla de ruedas que guardamos en el garaje (no me preguntes por qué guardamos una silla de ruedas en el garaje. Nuestro garaje es Narnia. Cualquier día surge allí algún tipo de nueva civilización) y fuimos a llevársela al hospital. Su madre y su hermano se acordaban de mí, de cuando hice la pantomima de ser su novio formal, para que le dejaran pasar a despedirse de su padre (que yo no sé ya los adioses que llevara ya encima el pobre hombre con tanto memuero-ahpuesno). Conmigo iban Jokin y Jon, y este último me llevaba de la mano, así que el momento nos quedó un poco surrealista, pero ninguno de los presentes dijo ni mu. Ni ellos, ni nosotros. Nos miraron un poco torcido, pero no mucho más que la primera vez. Supongo que pensarían “Señor, envía otra lluvia de fuego a estos liberales sodomitas…” Sinceramente, yo creo que ahí Gustavo desperdició una oportunidad de oro de explicar que su verdadero marido era Jokin y no yo. Primero porque Jokin es alto y buen mozo y luce mucho más mejor como esposo (dónde va a parar), y segundo porque así al menos los hubiera sacado del desconcierto de tener que imaginarse a un fraggel como yo, pilotando un caza del ejército.

Jon me ha puesto a dieta de engorde otra vez. Y no me ha dado tiempo a esconder panteras rosas, así que estoy sin alijos de emergencia.

La vida es muy chunga sin alijos de emergencia.

El plan

Me construí una vida para estar solo. Es la verdad. Contaba con ello. Desde que era pequeño. No me pareció terrible, ni demoledor. Había que prepararse para ello, porque todas las personas que conformaban mi vida iban cayendo como peones de ajedrez. Creo que empezó cuando murió mi hermano y que se materializó cuando conocí a mi padre. Fue entonces cuando tuve conciencia del futuro. Cuando empecé a trazar el plan. Estar solo. Ser feliz estando solo. No necesitar a nadie. Reinventarme. Sobrevivir. Apañarme. Podemos hacerlo. Pues claro que podemos, no me pongas esa cara. Podemos de sobra, no te inventes excusas. Lo decía Nate Ruess en su canción: We are shining stars /We are invincible / We are who we are on our darkest day. Podemos hacer lo que queramos, en el escenario que queramos. Es la realidad. El poder de decisión es lo único gratis e intransferible que tenemos en esta vida, en realidad. Si eres lo bastante lúcido, si piensas lo bastante frío… podemos ser lo que elijamos ser. Lo demás son debilidades, excusas, miedos… Y bueno, yo tuve que reinventarme para estar solo. Esa era mi situación y no tenía visos de cambiar, así que… Me pareció ok. Me miraba en el espejo oxidado de Los Mostenses y me decía aquella frase del libro de Brooks: “Llorando solo se pierde el tiempo.” No era una vida maravillosa, no era el chico más feliz, pero era mi vida, era yo…Había que programarse para lo que viniera y adaptar la felicidad a lo que viniera. ¿Estar solo? pues estar solo. ¿No eres perfecto? pues no eres perfecto. ¿Nos falta una pierna? pues nos falta una pierna. Estar vivo era lo importante. Lo demás había que adaptarlo.

Así que ahora… viene todo esto y estoy aquí, contigo encima, viendo esta película, bebiendo de estas copas, oliéndote el pelo, enredando tus dedos, viendo el 33 de tu camiseta y pienso “joder…qué sorpresa. Quién me lo iba a decir…”

Cuándo dejarás de pretender planificar las cosas, estúpido Ariel Serlik.

Ruido

Pedro está dando vueltas al sexo. No literalmente, a lo mandril, no. Me refiero en plan pensamiento abstracto. El mes que viene cumplirá 14 años. Crece (más que yo, el mamón) se hace recio y se vuelve guapo. Porque lo es. A base de no cambiar jamás de expresión facial, se le ha quedado piel de estatua. Y sigue siendo brillante de pensamiento y ejecución. Y soso. Terriblemente soso. Y frío. Demoledoramente frío. Pero ya llegan los quince, el verano, las pandillas, las chicas, las hormonas, el despertar, el picapica y… el amor. O el amorcito. Porque lo que se te enreda a los quince no deja de ser un ensayo general, pero bueno… Esta mañana me preguntaba en el desayuno si yo creía que él tendría alguna vez sexo con alguien. Mi primer impulso fue hacer un chiste y el segundo una pregunta inquisitoria, pero no hice ninguna de las dos cosas. Solo puse mi mejor cara de nada y dije “claro, hombre. Todo el mundo lo tiene, más tarde o más temprano.” Mentí un poco. Solo un poco, pero mentí, porque al fin y al cabo el sexo no es ningún derecho, sino un privilegio, y siempre dependerás de que alguien que se cruce contigo quiera otorgártelo, pero no me parece que Pedro esté en el bando de los frustrados. Quizá lo estuvo algún día, pero ya no. Y según crece, diría que cada vez menos. No parece infeliz. Quizá reflexivo, analítico… pero no infeliz. Pisa donde quiere pisar, y entra donde quiere entrar.

Bueno…esto último no era una metáfora.

Pienso en cómo ayudarle a que se relacione con chicas, pero es complicado. Ahora que trato con alumnos de su quinta, me doy cuenta de que él está a años luz del comportamiento normal de su generación. No me imagino a ninguna chica diciendo “Pedro, me gustas mucho…” mientras él le repite por quinta vez que se quite los tacones porque está rayando el parquet. Jon dice que quizá deberíamos buscar algún tipo de asociación de adolescentes con autismo donde pudiera encontrar otros chicos que al menos se movieran dentro de su mismo espacio, pero yo no estoy del todo seguro que sea eso lo que necesita. Ya no para el sexo o el amor, sino para la vida en general. Creo que para ser felices necesitamos rompernos. Mezclarnos. Aterrorizarnos. Estallar. Incluso sufrir en tragos pequeñitos. Nadie es feliz en un entorno inmóvil, por apacible que sea. Eso solo me suena a espejismo. Para ser felices, felices de verdad… necesitamos nuestra pequeña dosis de ruido.