Zigzag

Estaba pensando en God’s Own Country. Llevo varios días pensando en God’s Own Country. Exactamente desde que la vi el domingo. Es una película que me ha dejado en KO emocional. Ayer decía Boyero en la radio que uno sabe cuando está ante una buena película, si sales del cine aún metido por completo en ella. Si pasas las dos horas de su proyección, olvidándote de que tú eres tú. Estoy de acuerdo. Hay películas que ves, tragas y olvidas, y otras que digieres durante semanas, meses o incluso el resto de tu vida. Esta es de las segundas. Lloré mucho con ella y me emocioné como un gilipollas. Y ni siquiera es especialmente triste, sino todo lo contrario. Pero me fascinó la forma que tuvo el director de reflejar tan fielmente el poder infinito, devastador e hijo de puta del amor. Así… de una forma tan sencilla. Sin exageraciones, sin dramas, sin bandas sonoras, sin caras bonitas, sin actores famosos, sin chimpunes. Simplemente eso. Amor desnudo arrasándolo todo y destruyendo para construir encima. No sé. Fue terrible y maravillosa.

Jon la vio conmigo, pero ver películas emotivas con Jon es como verlas con un ficus, porque él no se conmueve jamás. O al menos no lo hace de orejas para fuera. Cuando le conoces, te das cuenta de que tiene su complejidad y sus emociones como todo el mundo, pero siempre, SIEMPRE por dentro. A buen recaudo. Donde nadie pueda usarlas como arma arrojadiza. En realidad me fascina esa capacidad de autocontrol emocional. Cuando le conocí, Jokin me dijo “a veces es un poco duro de llevar”, pero a mí no me lo parece. La dureza me resulta tierna. La invulnerabilidad, frágil. Casi dulce. Me gustan los hombres-roca. Me han gustado siempre. Supongo que porque soy un chico zigzag. Los chicos zigzag necesitamos personas de línea recta. Si no, nos pasamos la vida como vacas sin cencerro.

Mañana por la noche, después de la función de carnaval, me voy de viaje. No sé a dónde. No sé qué meter en la mochila, qué meter en la bolsa de aseo o con qué tipo de calzado contar. No sé si necesito antídoto contra serpientes o zapatillas de felpa. No sé nada.

A veces mi persona de línea recta se divierte formando círculos a mi alrededor y disfruta de mis sucesivas caras de suricata desconcertada. Esto es así.

 

Mesetas

Ya se me ha pasado la tristeza. Los análisis han dado un desajuste severo (me gustan estas dos palabras juntas. Desajuste severo. Todo yo soy un desajuste severo) en los niveles de hormona tiroidea, así que al final era químico y me lo han solucionado cambiándome la dosis. Es terrorífico y maravilloso cuando la tristeza se te apaga con una pastilla. Es terrorífico y maravilloso no estar del todo loco.

Estos días he pasado de la pena a la ira y de la ira a la destrucción. Me ha faltado muy poco para tomar decisiones radicales. Alguna con respecto a la mudanza de este blog. Pero he hecho lo que hacen los sabios (por una vez) y me he limitado a seguir respirando mientras espero que llegue otro día, otra semana u otro mes en el que pueda mirar el mundo con más perspectiva. Mientras seguiré cortando ramas aquí y allá, y saneando mis alrededores. Hace tiempo que tendría que haberlo hecho. Con las primeras señales, supongo. No sé por qué siempre me quedo a la segunda hostia. Debo aprender a confiar en mi instinto y desaparecer más rápido y con menos ruido.

Jon está cociendo uno de sus viajes relámpagos en los que tiene que ir a alguna parte por trabajo y me lleva con él de polizonte sorpresa. Las señales de humo le venían delatando. Había bajado las dos mochilas, había estado hablando en voz baja con su madre, y había estado mirando páginas de vuelos a mi espalda. Pero hoy de las señales de humo, ha pasado a la fogata directamente y me ha pedido que coja cinco días libres. No sé dónde voy. Ni me lo piensa contar hasta que no tenga los dos pies dentro. Dice “es un regalo de amor” y luego me baja el pijama y me muerde el culo. Las mordidas de culo siempre van precedidas por la palabra amor. Es un truco que le funciona bien, porque siempre me confunde cerebralmente entre el ñaca y el cariño, y me quedo en stand by sin saber si meterle el codo en la boca o esperar a la próxima ocasión.

Las pistas del viaje a nosesabe son:

– Peces
– Fuentes
– Un kilómetro
– Coches

Según eso podría desde Villaconejos hasta Cancún, así que realmente lo que se dice pistas, pistas, no son. Pero oye, si se te ocurriera algo… sílbame.

Frío

Bueno, pues hoy un poco mejor, porque ayer ya tuve mi fase de autodestrucción y casi me pimplo yo solito una botella entera de cava, comiendo ganchitos de una bolsa de kilo. Jon me sacó de una oreja de la cocina, antes de que lo hiciera del todo. Hoy me ha echado una minibronca. Dice que ya no tengo quince años y que de los baches se sale como un adulto. También me ha dicho que si me vuelve a ver comprar ganchitos de kilo, me pone a dormir en la caseta de los perros. Le he preguntado si por lo menos me pondría agua y una mantita y como le ha dado la risa, ha perdido toda su compostura de estricto reñidor de Arieles Nepomuks. Vale. Está bien. No compraré más ganchitos de kilo, ni me beberé botellas de cava sin compartirlas con el resto del mundo. Por ahora no lo haré.

No sé por qué tengo los bajones. Puede que sea el hipotálamo dando por culo otra vez con las hormonas, así que he pedido hora para la neuróloga, pero lo cierto es que yo voto más por el ninguneo laboral haciendo cuello de botella en el corazón hasta explotar en un big bang de no quererme nada, inundándome de arriba a abajo.

O febrero. O que ya estoy pintando demasiadas tortugas. O que he vuelto a adelgazar.

O una mezcla de todo.

Hace un frío brutal. Ponemos la calefacción por las noches para mantener vivo el ecosistema perruno, pero aún así salir de la cama por las mañanas es como una gymcana en el círculo polar ártico. La bomba del agua no tira bien y cuando nos duchamos dos a la vez, impepinablemente a uno le sale el agua fría. Se sabe a quién le toca por los gritos de mecagoendios que se oyen por el hueco de la escalera (eso si soy yo. Si es Jon son hostiaputa-hostiaputa y si es Pedro es más tirando a uyuyuyuy). El porqué solo pasa en invierno y con el agua caliente, es un misterio comparable a las líneas Nazca. Pero ahora lo de ducharse por las mañanas se vuelve casi una competición. Sabemos que el que primero abre el grifo es el que se lleva el calor, así que nos cruzamos los tres en el pasillo mirándonos como Harry el Sucio, pendientes del más mínimo movimiento del enemigo, para salir pitando y ganar el pulso. Jon suele siempre ceder la victoria (y la ducha) porque es espartano, noble y de Gasteiz, pero Pedro y yo vamos a muerte. No se nos ven los pies de lo deprisa que recorremos el escaso metro hacia nuestros respectivos cuartos de baño.

María y Simón están exentos de la batalla porque ambos se bañan por las noches. En eso tenemos suerte. Estoy convencido de que María en esta batalla sería absolutamente invencible. Aunque tuviera que dejar al pulpo de guardia, enganchado al grifo. Ella siempre gana. Nació con el aura victoriosa de los irresponsables.

Out

Estoy triste. Sin motivo. Porque sí y porque no. Empecé a arrastrarlo un poco la semana pasada y ahora ya estoy metido en ello con los dos pies. Hoy tenía que hacer mil cosas porque era un día de esos en los que no puedes estar triste, así que llevo desde esta mañana caminando a contrapie. Como si el mundo fuera muy deprisa a mi alrededor, mientras yo apenas doy dos pasos. Como esas escenas de película en las que el protagonista está quieto mientras la ciudad a su alrededor se mueve vertiginosa. Algo así.

Hoy nieva en Madrid. Eso sí es un escenario para estar triste. Me he puesto en bucle a Lykke Li con los auriculares y me he aislado toda la mañana de mis compañeros de trabajo. Cuando alguien me hablaba, le sacaba una sonrisa de esas que pongo cuando no quiero sonreír. No sé si se dan cuenta de cuando estoy triste, pero tampoco creo que les importe demasiado. La conclusión al final es que somos demasiados humanos en pelota como para concentrarnos los unos en los otros. Supongo que por eso el amor es un privilegio. Como Jon viniendo a buscarme para llevarse mi coche. Un privilegio. Independientemente de que él sea espartano alfa y saque coches de rampas cubiertas de nieve sin mayor problema, él siempre sabe detectar cuando estoy triste. Y siempre sabe dejarme tranquilo con una mano y quererme con la otra.

He dicho que el amor es un privilegio. Supongo que el buen amor ya se convierte casi en una posibilidad sobre diez mil.

He podido venir a mi clase en metro, otra vez con Lykke Li tapándome las orejas y el mundo. Hoy me hubiera gustado tener la sala para mí solo. Cerrar las puertas, apagar casi todas las luces, descalzarme, pasar los pies por la resina, y poner Possibility en el equipo de audio. Me hubiera gustado bailarla haciéndome compañía en los espejos, como un pirado.

Pero hoy era un día de hacer mil cosas en los que no puedo estar triste, así que aquí estoy. Escribiendo esto mientras mis alumnos terminar de recoger sus bolsas y sus zapatillas.

Mañana irá mejor. Sobre todo porque voy a ver si dedico lo que queda del día a quererme algo.

La tribu suicida

Jon me ha whatsappeado cosas bonitas sobre mi blog y me ha quitado de encima la necesidad de reconducirlo. Me ha dicho que siempre he sido feliz escribiendo lo que quiero a mi modo disperso-anárquico-quéhostiatengo, y que por qué tendría que cambiar. Que no debería pensar en los que me leen, ni en seguir indicaciones de gente ajena. Yo, que sigo sin quererme y eso me sitúa en un estado emocional de tocapelotas full-time, le he contestado que así me llevaba a una paradoja porque si le hacía caso también estaría siguiendo indicaciones de gente ajena (las suyas, concretamente). Él ha meditado unos cuantos minutos en línea y luego ha contestado: “Bueno, en realidad esta conversación sobra porque tú vives permanentemente haciendo lo que te sale de los huevos” y me ha puesto un puñado de emoticones de besitos con amor.

Jon es la persona que mejor me conoce en el mundo.

Simón ha tenido una mala caída jugando al fútbol y se ha hecho daño en un tobillo. No es nada grave, pero tiene que guardar reposo. Adiós a lo de caminar a dos pies por lo menos durante quince días. Creí que se pondría triste por perderse los torneos, pero no. Simón está hecho de la pasta de los optimistas. Me ha dicho que estaba contento de poder tener más tiempo para practicar con la guitarra. Jon le ha contado por teléfono que Julio Iglesias empezó a cantar cuando se lesionó jugando al fútbol y Simón ha puesto una ligera cara de pánico. “Bueno…pero yo no quiero ser como Julio Iglesias ¿eh?”

Jon es la persona que mejor me conoce en el mundo y gasta unos ejemplos vitales un poco viejunos.

Ahora tenemos que adaptarnos a la falta de movilidad de Simón, así que todo es un subirle y bajarle por las escaleras p’arriba-p’abajo. María se ha ofrecido a hacerle de minicabify por la casa en su cochecito de pedales, pero hemos preferido limitar su campo de acción solo a la planta baja, porque la vemos perfectamente capaz de volver a lanzarse por las escaleras y tener que desenganchar al pobre Simón de la lámpara del techo de la entrada.

Hemos confiscado ya cuatro veces el cochecito de pedales. De verdad te digo que esperábamos que lo de tener niños con hemiparesia fuera mucho, mucho, pero que MUCHO más tranquilo.