Mirlos

Nononononono… no te estoy abandonado. Yo nunca, NUNCA te abandono. Solo soy la borra de pelusa que se mueve con el viento tontorrón. Y cuando me levanto no puedo estar, y cuando caigo pues… vuelvo.

Te cuento mi situación ahora mismo. Los niños están en casa de mi suegra. A cama, mesa y colegio . Y Jon y yo estamos en casa de Jokin de huéspedes improvisados, porque él está en las Áfricas por cuestiones de curro hasta la semana del 13, y nos deja quedarnos de chupópteros de espacio. A nosotros y a nuestras 235.891 cajas. Mira por dónde al final su separación de Gustavo ha terminado por ser algo positivo para nosotros. Aunque te estoy hablando de una casa pequeña, de dos dormitorios y patio, con unos 100 m2 distribuidos en vertical, así que… todo es pura diversión. Cajas aquí, cajas allí, cajas por arriba, cajas por abajo… Si no somos capaces de largarnos antes de que vuelva, no sé bien cómo vamos a poder torear la invasión. Pero en nuestra casa nueva han empezado hoy la reforma y ahora mismo nuestros tres cuartos de baño son un montón de escombro y agujero, así que me temo que con meternos allí, todavía no podemos contar. ¿Qué haremos Jon y yo si no podemos mudarnos antes de que vuelva Jokin? Pues ni puta idea. ¿Llorar, quizá?

Jon no se preocupa. No está en su genes lo de preocuparse. Sigue mirando en positivo «uy, dará tiempo de sobra…» «Pero Jon, ¿no has visto el baño? van a tardar SEMANAS» «Ya verás como no. Si eso va rapidísimo…»

Bueno, vale. Yo intento Jonizarme un poco. Estoy bien. Bastante bien, dadas las circunstancias. Esta semana y mitad de la que viene estoy de vacaciones. Así que ahora vamos a la casa nueva y estamos por allí deambulando, tomando medidas, imaginando muebles aquí… allí… Hay ilusión. Porque la casa es enorme y el espacio infinito para colocar sueños y puñetas (es bien sabido que los sueños en espacios pequeños no crecen igual de bien). También estoy cansado de cojones. Hoy me he tirado desde las 7 de la mañana en pie, de la ceca a la meca. En la casa nueva no hay sillas. Ni mesas. Ni nada. Así que solo puedes caminar de habitación en habitación hasta que no puedes más y te sientas en el puto suelo. En el puto suelo que no tenga papel pegado, porque el pintor está forrando todo para poder empezar a pintar mañana. Eso sumado a que como están picando los baños, el ruido es un puto infierno, y que encima el electricista tiene una radio con salsa permanente a toda pastilla pues… mucho me temo que las energías de mi casa nueva ahora mismo son como un batido de rugido chungo. Hoy me he sorprendido a mí mismo escondiéndome en un rincón del jardín. Se estaba bien. Lloviznaba, olía a tierra mojada y cantaban los pájaros. He tenido mi nanosegundo de felicidad. Lo justo hasta que ha venido el del aire acondicionado a contarme que habían tenido que quitar un nido con huevos azulados que estaba sujeto a la cornisa, para terminar la instalación. A partir de ahí todo ha sido nido-nido-nido-huevos-huevos-huevos-pollos-pollos-pollos. He dejado el nido con mucho cuidado sobre la enredadera contigua. No sé si los padres volverán a incubarlos. Mañana por la mañana les echaré un vistazo. Los nidos de pájaros son un buen presagio. Mi abuela Agra lo decía. En mi casa de Cefalú solía construirles minicasitas improvisadas con ollas viejas, para que anidaran cerca. Me va a dar muy mal rollo si la historia termina con tres huevos en tortilla de mirlo.

Más madera

Bueno, esto se acaba. O mejor dicho, esto empieza. Ya tenemos comprada la casa. Se solucionaron los problemas, tuve que respirar en una bolsa un par de veces más y ¡alehop! ya soy copropietario. Primera vez en mi vida que tengo algo. Bueno, segunda, si cuento mi SUPERCOCHE DACIA DE LA HOSSSSSSSSSSTIA que me costó 8.000€ hace nueve años. Ahora tengo una supercasa. Esta sin coñas. Es supercasa de verdad. Aunque también es cierto que la tengo porque a Jon se le puso en la punta del nardo y esta vez no quise negarme, ni abrir heridas cerradas. Así que aquí estoy. Dueño de un 50% de la casa de los cinco pisos con manzano. Hemos cogido diez días de vacaciones para capear el primer temporal. El lunes iremos a por las llaves y a cambiar cerraduras para ir recibiendo ya a los alicatadores, a los del aire acondicionado, a los pintores… Y luego nos pasaremos por el Ikea para ir comprando cachivaches. Antes de eso, nos espera un fin de semana de terminar de empaquetar, de desmontar, de llevar trastos al punto limpio…Pero ahora me noto con otro espíritu. Supongo que porque ya hemos puesto en marcha la locomotora y por fin no se trata de adivinar los problemas en la distancia, sino de ir superándolos sobre la marcha. Además tengo ilusión. Los reseteos de vida siempre me han sentado bien. Me gusta cambiar, siempre lo he dicho. No es solo que no me asuste. Es que lo necesito, de vez en cuando. Necesito el susto y la montaña rusa. Me mantienen vivo.

Jon sigue contento y tranquilo. A diferencia de mí, él mantiene la misma actitud desde que esto empezó. La chica del banco, el día de la firma, me dijo «tu marido es estupendo, resulta maravilloso poder tener a alguien positivo que tire de ti». Bueno. Sí. Quizá. Aunque también te digo… Un poco de pánico inútil de vez en cuando no viene mal a nadie. Y hundirse al alimón tampoco, no te creas. Te hace verte un poco menos idiota. Más cerca de lo humano, que de lo divino. Pero bueno, bien. Jon sigue positivo, estable y acertando en todos sus cálculos (el mamón). Ha guardado un mosaico blanco para que practique mi lettering y le ponga nombre a nuestra casa nueva. Dice que lo pondrá en el porche. El nombre está aún por decidir. En el visor de nuestro teléfono inalámbrico teníamos puesto VILLAGATOS, así que igual escribo ese (espero que los perros no terminen amotinándose y haciéndome un escrache cuando salga al mercadona, o algo así).

También tengo ganas de dejar de ser autotemático con la puta casa p’arriba y la puta casa p’abajo. Gracias por toda la paciencia que estás teniendo conmigo. Te regalaré algo. En el trastero hemos encontrado seis muletas, un hornillo eléctrico, dos mapas de carreteras de los años 90, una olivetti automática, unas aletas de buceo, un muñeco Michelín de gomaespuma, un serrucho oxidado, una caja de azulejos sobrantes de girasoles, un rollo de sintasol, una bolsa de sombrillitas de cóctel y una katiuska derecha sin cordones.

Hala. Elige.

Hoy

Estaba yo aproximadamente tranquilo. Y aproximadamente ilusionado. E incluso aproximadamente feliz (esto último con reservas, que ya sabes que lo de la felicidad, afortunadamente, es algo de quita y pon) y ayer por la noche me encontré con un email que me jodió todo el finde. Porque las escrituras de compra de la casa están mal, no han sido redactadas como debían, no ha habido comunicación entre nosotros y la gestora del banco, ni entre la gestora del banco y la notaría y la semana que viene hay que cerrar esa firma, y ya está citado el vendedor, y solo son tres días, y la gente está de vacaciones de semana santa, y nadie nos responde el email ni el teléfono, y no podemos retrasar la compra porque el lunes de la siguiente está ya programada la reforma y…

Angustia, angustia, angustia… nervios, nervios, nervios…

Lo de la angustia vital va así. Si estás bien, hermético y tranquilo en tu felicidad, y alguna bala de angustia te alcanza… mal rollo. De repente se te abre una fuga y pumba. Todas las angustias te van entrando en fila india por el cuerpo. Hasta las más calladitas, reaparecen y se te extienden por tooooooooooooodo el organismo. Así que ahora mismo, junto con lo de las escrituras, estoy pensando en mi trabajo, en la matrícula que pierdo, en cómo voy a trasladarme, en que no hemos empaquetado todo, en que tengo que pedir una reducción de jornada, en que Pedro igual no se adapta al nuevo instituto…

En fin.

Cuando lo paso tan mal, las cosas siempre se solucionan fácil. Es más que posible que el lunes no pase nada. Que lo incorrecto se arregle, que todo se firme, que el bache se salte y a tomar por culo el problema. Pero ahora mismo es un muro jodidamente alto que me lastra un finde jodidamente largo.

Jon me ha regalado un libro. Biografía del Silencio de Pablo D’Ors. Va sobre meditación. Nunca he podido meditar porque mi cabeza va deprisa y no me deja. Ni siquiera soy capaz siempre de leer sin solapar pensamientos a veces hacia otras cosas. Pero reconozco que ahora mismo me vendría de coña ser capaz de estar veinte minutos en silencio mental. En silencio de mis propios gritos, porque de verdad que no me aguanto, ni me estoy cayendo nada bien y voy a tener que terminar dándome dos tortas.

Hay un gecko atrapado en el arcón del patio. En una esquinita, entre la pared y el arcón. Y no quiere salir. Los gatos andan locos por sacarle las tripillas y yo ando loco por salvarle. Pero el gecko no quiere salir, y por más que se lo pongo fácil para que huya rumbo al monte a seguir comiendo mosquitos, él prefiere quedarse en ese centímetro cuadrado, jugándose el culo y escondiéndose ante toda pretensión de libertad. Lleva allí ya día y medio. Tengo a los gatos semiencerrados detrás de la puerta de cristal para que no le trinquen, pero no sé hasta cuándo puedo seguir con la tontería. Hace un rato estaba dibujando con Simón posibles trampas en plan inventos del TBO para atrapar al gecko y soltarlo fuera de aquí. Me estoy obsesionando con salvar al gecko. Puede que esté proyectando en él toda la basurilla que llevo en la cabeza. Y que el gecko sea yo y los gatos sean mi cambio de casa y vida. O yo que sé.

Voy a ponerme un vodkatonic y a salvar al gecko. Por ese orden.

Ouch

Hoy me han hecho las infiltraciones en la mano chunga, así que estoy escribiendo esto con dos dedos, como el gato pianista del whatsapp.

Con la dispersión que tengo en mi cabeza estos meses ni siquiera sé si te había comentado que tengo una mano chunga. Hace un par de meses empecé a despertarme por las mañanas con el dedo corazón de la mano derecha dolorido y engatillado hacia abajo, como spiderman, y el traumatólogo me dijo que era un nódulo en el tendón. Me han infiltrado esta mañana (en la mano, no es que ahora yo sea un espía por el mundo) y sí en tres semanas no tengo mejoría, tendrán que operarme para quitármelo. Pero bueno… en principio yo tengo fe. Fe y mucho daño ahora mismo en la palma de la mano, porque me han metido ahí un pedazo aguja de las de enhebrar maromas, con un dolor jodido y rapidito. Nada. Dos o tres estrellas y alguna constelación. Lo justo que he podido ver en los diez segundos que ha tardado en distribuirse ahí dentro la anestesia. Y luego me he ido a dar clase con los dedos dormidos y la mano en plan garra contrahecha. Ha sido muy bonito intentar agarrarme en el autobús con los libros en la izquierda y sin tacto en la derecha. Si al menos hubiera sido alto, habría podido estabilizar mi posición clavando los dientes en el cráneo de alguien, pero nada. Ni ese consuelo he tenido. Al final me he limitado a abrir las piernas en plan John Wayne y aguantar como he podido hasta que ha empezado a haber hueco y he podido abrazarme a la barra como si no hubiera un mañana. Lo cierto es que hubiera sido bastante más inteligente por mi parte simplemente fumarme la clase un día más y dejárselo a la otra profesora (que de paso la mujer se saca un plus), pero tenía ganas de ver a mis alumnos y comprobar qué tal habían funcionado estos días sin mí. Me los he encontrado cantidad de dramáticos, quejicas y protestones. El cóctel de hormonas adolescentes con profesora autoritaria, les ha ido fatal. Se han tirado cerca de media hora contándome peleas y tragedias. Las peleas y tragedias no son lo mío. Para mí el ser humano es demasiado complejo como para tomármelo en serio, la verdad. Pasamos de la risa al llanto, del llanto a la ira, de la ira al odio, del odio al amor… Realmente no merece la pena darle gravedad a ningún estado emocional. Somos maravillosamente poco importantes.

Pero claro, eso no se le puede explicar fácilmente a alguien de 15 años. Es una edad en la que el mundo parece algo indestructible, grave e infinito. Necesitas tiempo y perspectiva para entender que en realidad no es más que un puñetero parque de atracciones.

Bueno, pues mi garra dolorida y yo hemos calmado ánimos, hemos reorganizado al grupo, hemos sacudido tontunas y nos hemos puesto a trabajar. Tengo un contacto en un centro cultural de barrio pequeñito que a lo mejor me consigue un teatro para la función de verano. No sé aún bien cómo, pero voy a mantener las clases por lo menos hasta que terminemos en junio. Luego, ya veremos qué coño hago. Dependerá de la reducción de jornada que pueda conseguir en mi trabajo number one.

El yaveremosquécoñohago terminará convirtiéndose en el lema de mi escudo de armas.

Habrá tiempo

Manda huevos que yo, que siempre me estoy quejando de lo mal que escribo por las noches, no haya aprovechado ni una sola de estas mañanas que he estado de baja… Mañana ya vuelvo al trabajo. Y supongo que al descontrol de stress. Aún así, me siento mejor. Quizá porque me ha dado tiempo a ordenar la cabeza, o quizá porque todo está tan cerca que ya el pánico no sirve de mucho.

Seguimos haciendo cajas. Hoy Jon ha estado pactando con Pedro. Pedro. Nuestra principal preocupación. La cosa ha salido bien, y ha aceptado recoger sus cosas y pasar un par de semanas con mi suegra mientras nosotros vaciamos la casa y nos establecemos en la nueva. Supondrá que yo tendré que coger el coche todas las mañanas para poder llevarle al instituto, porque Jon entra a las 8:00h, pero bueno… Mejor eso que un niño en crisis en mitad de un traslado. Ya me apañaré.

Creo que en estos días estoy diciendo «ya me apañaré» más veces que en toda mi vida. Y mira que realmente ha sido una vida de apañarme.

Ya nos hemos deshecho de un montón de trastos. Yo los vacío y Jon los desmonta. Y luego los vamos llevando al punto limpio. Aún así nos queda un universo por sacar y vaciar, y la fecha se acerca. No-nos-va-a-dar-tiempo.

Ando mitad angustiado-mitad ilusionado. Ilusionado por tener habitaciones más grandes, cosas más nuevas, espacios más tranquilos. Angustiado porque veo que se me empuja al precipicio y no tengo ni abrochado el paracaídas. Ver a mi jefe mañana tampoco me motiva. Ni reecontrarme con mi clase. Es como si tuviera una carga de energía limitada cada día y no fuera suficiente para irrigar todo lo que tengo pendiente. Por de pronto, me olvido de sacar mis asignaturas. No puedo presentarme a los exámenes. He faltado a clase una eternidad y no llevo preparado ni un tema. O meto el turbo en septiembre o me olvido por este año de la carrera. La verdad es que pensé que me sentiría peor por eso, pero no. Debe ser que tampoco tengo energía para irrigarme la pena innecesaria. Ahora todo es casa-casa-casa-casa-casa…

Está bien tener a Jon. Es el eterno optimista. De vez en cuando me sonríe y dice «Qué bien va todo ¿eh?» Yo le digo «Estoy pensando que voy a perder el dinero de la matrícula y de la beca.» y él me mira y dice «Sí. Bueno. Tranquilo. Habrá tiempo.»