That’s all folks

Hoy ha sido un día absolutamente surreal.

Primero, he tenido mi función teen. Por fin. Ha salido razonablemente bien y hemos llenado hasta unos niveles que ni de coña podría haberme imaginado. Gente sentada en el pasillo central, y de pie en todo la zona del fondo. Lleno absoluto. Recontralleno absoluto. El único pero: me ha fallado el hermano de una de las bailarinas que venía “de atrezzo” y he tenido que ocupar su puesto en el coro de demonios. Esto es, maquillado de demonio, vestido de demonio y peinado de demonio.

Segundo, ha muerto el padre de Gustavo esta mañana y por cuestión de horarios precipitados, hemos tenido que ir desde la función directamente al Tanatorio, porque Jokin sigue sin estar en España y no queríamos dejarle solo con esa papeleta.

Y ahora si juntas el primero y el segundo, podrás visualizarme vestido con mallas (de demonio) y maquillado con brillis y eyeliner (de demonio), en un coche con destino al Tanatorio para dar el pésame (de demonio) a una familia altamente conservadora y cristiana.

Demonios (ya como expresión).

A base de despellejarme con un kleenex he logrado quitarme casi toda la purpurina y llegar a la sala mortuoria solo con un ligero airecillo de mapache que ha pasado semidesapercibido. Y digo “semi” porque he notado unas cuantas miradas de “aquí es que dejan entrar a cualquiera…” Pero bueno, aún así me he recompuesto, he ocultado todo lo que he podido las mallitas parias debajo del peto y he estrechado manos, he acompañado en el sentimiento y he tenido a Gustavo abrazadito y a salvo de mierdas.

Luego, cuando ya llevábamos como tres horas allí esperando a que viniera nosequé amigo para llevarle en el coche de vuelta a la civilización de los vivos, han entrado a la sala un servicio de catering con sandwiches, bollitos, mediasnoches, pastitas y croissants y mis tripas (tristes y vacías desde mediodía) han empezado a rugir. Así que le he dicho a Jon “¿pasará algo si como algo de esto?” y él me ha dicho “no, hombre, come, come.” Pero ahí la madre me miraba, el hermano me miraba, los tíos me miraban y la señora que no sé quién coño era me miraba y he pensado “qué corte estar aquí comiéndome la comida del muerto como un gumias cuando no soy ni familia y encima vengo pintado de drag queeen” así que he pensado que mejor buscar el momento en el que no me mirara nadie para robar un sandwich vegetal (que te juro que podía oír como los espárragos me llamaban) y comérmelo fuera, al abrigo de miradas y chimpunes.

Así lo he hecho. Cuando por fin nadie me miraba, he pensado “¡ahora!” y me he dispuesto a levantar la campana de metal que cubría los sandwiches para atender rápidamente la llamada de los espárragos (y de mis pobres tripas que seguían rugiendo suplicando hidratos y piedad).

Y por supuesto, al volver a dejar la campana se me ha resbalado y se ha caído al suelo haciendo un clong-cataclong-plang-plang-caplang-clengclengclengcleng-cleng-cleng en todo el centro de la puta y silenciosa sala.

18 cabezas volviéndose a mirar como el chico-mapache con peto y mallas, ajeno a la familia, a la sala, al tanatorio y hasta al muerto, mantenía un sandwich vegetal suspendido en el aire, con cara de ansia devoradora y ojos de lujuria. Seguidas de un Jon, todo parsimonioso, cogiendo la campana y volviéndola a dejar en su lugar diciendo “es que no hemos comido nada desde mediodía.”

Lo dicho. Soy difícil de querer. It’s true.

Invencibles

Mañana sedan al padre de Gus. Al final todos caemos. Duros, semiduros y blandos. Todos al mismo sitio. Por eso es tan importante en esta vida que nada sea importante en esta vida.

Le he vuelto a llevar al hospital en la moto porque Jokin sigue aún en Mogadiscio. Me siento un poco intruso metiéndome en esos momentos tan íntimos de una familia que me es ajena, pero Gus me coge la mano en el ascensor y me dice “no me dejes solo, por favor, entra conmigo” y ahí a ver qué voy a hacer… pues entrar, claro. Y estar ahí con el moribundo, con cara de vaca mirando al tren. Doy dos pasos hacia atrás… me pego a la pared… me meto las manos en los bolsillos… e intento mimetizarme con el color gris pedo de las paredes.

El enfermo hoy estaba espabilado. Macilento, cadavérico, con respiración fatigosa, pero espabilado. ¿Sabes qué es lo último que le ha dicho a su hijo Gustavo? pues le ha mirado, ha apretado los puños y ha dicho “¡ROSA! ¿QUÉ HACE ESTE AQUÍ? ÉCHALO FUERA”. Eso. Eso ha dicho. Con toda su rabia y todas sus últimas fuerzas. Esa frase es el último recuerdo que se lleva Gustavo de su puto padre. Ah, pero no ha sido el único. Su madre nos ha acompañado al ascensor cuando nos íbamos y le ha dicho “el sello de oro de papá es para tu hermano ¿eh? papá lo quiere así.”

He llevado a Gustavo todo el viaje de vuelta llorando sobre mi espalda en la moto. Cuando he parado en el garaje, le he cogido la cabeza con las dos manos y le he dicho “eh, tío… tristeza no. Tristeza nunca. Si te pisan, odia. Levanta la cabeza. Siente la rabia y levántate.” Él me ha dicho “yo no soy así, Ari…” No le he insistido más. Él no es así, es verdad. Yo sí. Supongo que él es bueno y yo no. Yo no lloro. Yo no me hundo. Yo no perdono. Yo siento rabia. Yo me apago el fuego, recompongo mis cenizas y me reconstruyo de ellas. Pero llorar… ¿llorar? nunca. La tristeza te nubla, te debilita, te anula. La tristeza jamás. Si te pisan, siempre, SIEMPRE, levántate, escupe al suelo y utiliza la rabia de motor. Nada de hundirte. Nada de llorar. Que les jodan. Que les jodan a todos.

Le he dicho a Gus que cenara con nosotros, y ha venido con su perro salchichón. Jon ha hecho unas verduras en la barbacoa y unos pinchos. En un aparte me ha dicho “Ari, deja que él viva su duelo como tenga que vivirlo, ahora solo tenemos que apoyarle y mantenernos al margen”. Jon es mucho más racional y sensato que yo. A mí se me escapa la pasión por las costuras y no siempre es lo mejor que te puede pasar. Hemos preparado una jarra de cava, vodka y piña. He he hecho un brindis. “Por todos  los hijos de puta invencibles del mundo”. Jon me ha dado con la zapatilla por debajo de la mesa.

We are shining stars
We are invincible
We are who we are
On our darkest day

Deberes y no haceres

Como él es muy alto y yo soy muy bajito, cuando me siento aquí en su mesa a escribir me cuelgan los pies como un muñequito de ventrílocuo, así que hago un tronc-fluuuups y bajo a la silla a mi altura, olvidándome de dejarla después como estaba. Luego por la noche llega él, se sienta, se mira las rodillas y dice lo de los tres ositos: “Mh… Alguien se ha sentado en mi silla…” Debería irme a escribir a la buhardilla (mi blog, mi guarida), pero es que me ha dado un ataque lemur esta tarde y ahora mismo apesta a pintura, así que pasarme allí más de diez minutos sin mascarilla puede terminar en colocón. No tenía que haberme flipado tanto, pero es que el jueves ya iré a trabajar y estoy rascando mis últimos momentos de o rei y señor de la casa. Esta mañana me levanté temprano para llevar mi pis contaminado (o no) al laboratorio y pensé “voy a aprovechar para ir a comprarme ropa interior y pijamas, y luego cuando venga dibujaré la viñeta del jueves, cocinaré para la semana, regaré el jardín, limpiaré los areneros y terminaré mi mañana de lunes con un montón de deberes terminados.

Acto seguido me abrí una cerveza, terminé de ver una serie, miré unas plantillas por internet, diseñé unas cuantas, me calcé el peto y la mascarilla, saqué la caja de los spray, y me puse a pintar lemures. Y así hasta hace un par de horas. El móvil, la bandeja de la comida y el tirador de la cocina están manchados de pintura morada. Yo estoy manchado de pintura morada.

Soy difícil de querer ¿no?

Hoy he descansado de ensayos. Esta semana tengo las dos funciones, así que les toca respirar un poco, para que no se las tomen demasiado en serio. Los pequeños la llevan impecable y los mayores no tanto, pero bueno. Se hará lo que se pueda.Tuve una minidiscusión con el imbécil de la catequesis porque opinó que podíamos cobrar una entrada simbólica. Les dije que si se cobraba entrada, no actuábamos. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue decir “como cobren, las compro yo todas y dejo la sala vacía” pero no tengo dinero para tanta chulería, así que me limité a plantarme. Ya tienen un bar donde van a cobrar sus mierdas de cocacolas, sus palomitas y sus perritos calientes. De verdad que… con la iglesia hemos topado. Nunca más. Al final el albino que lleva las actividades terció y dijo que no, que no se podía cobrar a las familias. Luego estuve contando butacas y son un montón. Si cobraran entrada podrían sacarse una pastuqui para compensar mi tabarra. Suponiendo que llenemos 3/4 partes, que lo dudo mucho, mucho, muchísimo. De hecho, para que no se note tanto el vacío existencial, voy a empezar a invitar a la función a todos los mirones que vienen a los ensayos. Son como lechuzas inanimadas y extrañas, pero harán bulto.

Ya está todo el vestuario listo, cosido y preparado gracias a madres, padres, y los propios alumnos. Me faltan tontunas del atrezzo. Estoy sorprendido de mí mismo por la pachorra con la que me lo estoy tomando. Aunque también estoy seguro que si me faltaran veinte mil cosas y tuviera que sacarlas entre hoy, mañana y el miércoles, igualmente, me hubiera pasado todo el lunes pintando lemures. Para las obligaciones soy talmente un bicho-bola. Cuanto más me empujan, más me encojo y más ruedo sobre mí mismo en un eterno alehop.

Anteayer estuve en el concierto de Queen con Alam Lambert. Fue mágico e increíble. Creo que me impliqué en el show por encima de mis posibilidades, porque aún estoy afónico y tengo agujetas en la clavícula. Jon se ríe mucho con eso. “¿Qué demonios hiciste con la clavícula?” No lo sé tío. We are the champions, my friends.

Metamorfosis

Acabo de borrar un texto muy amoroso y muy cursi que escribí anoche en un ataque de vodkatonic. No sé qué nos pasa al vasco y a mí estos días. Estamos sumamente tiernos y pesaditos el uno con el otro en plan “cuelga tú-no tú” “qué guapo eres-pues anda que tú”. Así todo el rato con un in crescendo hacia última hora de la tarde-noche. No hasta el punto de dar asco, pero sí como para enmarcarnos con florecillas y unicornios y ponernos debajo un cartelito dorado que diga: Dos gilipollas. Bueno. Que no cunda el pánico. En breve descubrirá rayas de monopatín por el parquet del salón, o yo sabré que me ha tirado mi alijo de panteras rosas, y ya volveremos a nuestro status habitual de “te quiero, pero ahora mismo igual te estofaba.” O sea, lo que viene a ser una pareja de carne y hueso, vaya.

Anteanoche estuve colgando del cuarto de baño un totoro de plástico que compré en un chimpún, para poner nuestros cepillos de dientes, y recordé cómo era el piso de Jon cuando nos conocimos. Aquel de Malasaña donde me alquiló una habitación y terminó por comprarme una vida. Tenías que haberlo visto. Era impecable. De diseño y de distribución. Todo allí era caro y bonito. Sofá blanco de piel, alfombras tejidas a mano, mesa de forja y cristal, cuadros impresionantes, artesanías variadas de diversas partes del mundo… Yo siempre le decía “tu baño es como el de un hotel” y es que en verdad, lo era. Todo allí era ordenado, brillante, caro e impecable. Hasta las toallas y los jabones, perfectamente colocados en sus cestitas. No es que fuera el piso de un soltero. Es que era el piso de un soltero con pasta y buen gusto. Cuando entré por primera vez en el cuarto que me alquilaba, me hicieron los ojos chiribitas. El armario ocupaba toda una pared y era de esos de madera de teca, con puertas listadas. Y la cama. La cama era para tres yos, y tenía hasta uno de esos bancos tapizados a los pies, para descalzarte. Con el aseo igual de impecable. Mismas toallas, misma cesta de jabones, misma ducha abierta, separada por un murete de bloques de vidrio. La casa de Jon era perfecta en sí toda ella.

Y entonces llegué yo. Y conmigo mis totoros de plástico para cepillos de dientes, mi skate, mis concursos de saltos en el sofá, mis lemures a spray en la pared de la buhardilla, mis edredones de Buzz Light Year, mis cuatro millones de legos, mis sables jedis, mi colgador de zapatillas, mis paragüeros con forma de mono… “¿Te gusta? lo he comprado hoy.” “¿Qué es?” “Es un mono.” “Ya, pero…¿para qué sirve?” “No sé…¿para paraguas?” “Mh… puede ser.”

Y conmigo los gatos colgándose de los tapizados como si no hubiera un mañana. Y los perros entrando en la casa a tropel en patibarro grupal. Y luego los niños. María y sus veinte mil piscinas hinchables hechas trizas. Simón con la batería pimba-pachimba, caotizando sus bajos y sus guitarras.

En fin. Que Jon me conoció y se acabó para siempre el equilibrio de su entorno.

Yo le pregunto. “¿Te acuerdas de lo bonito que era todo a tu alrededor cuando yo no estaba por en medio?” y él mete los dedos entre los cojines del sofá, saca una palomita, la mira con extrañeza. Se la come. Me sonríe. “Bah… me gusta mucho más ahora.”

Garras y garritas

El padre de Gustavo ha debido intuir mi porra de ayer y no solo no se ha muerto, sino que ha resucitado de sus cenizas como el ave Fénix de la mala leche, y se ha levantado de madrugada a comer fruta de la nevera de la habitación. Se le han encontrado en camisón y bata, sentado en la cama masticando plátano. Doy fe que ayer no podía ni tragar un buche de agua. No sé… igual es un milagro o algo. Igual Gustavo es el nuevo Mesías y allá donde va resucitan los muertos, andan los cojos y miran los ciegos. Luego me acercaré a su casa y le pasaré mi billete de lotería por la coronilla. Lo compré porque era un número capicúa. De esos que no tocan nunca. No sé por qué compro números de lotería que no tocan nunca. También compré una vez el 00005 de la ONCE. Siempre hago este tipo de chorradas. Debe formar parte de mi genética lemming.

A María le han dado una pegatina dorada en taekwondo por buen comportamiento. Dice su maestro que ha separado a dos niños que se estaban peleando fuera del tatami. Mientras le escuchábamos, Jon y yo no podíamos abrir más los ojos. Nuestra cara de sorpresa ha debido desplegarse a un nivel cuasicósmico. Creo que hemos preguntado como nueve veces si estaban absolutamente seguros del asunto. No es que queramos dudar, pero no le pega nada meterse en medio de una pelea en taekwondo si no es para repartir leña. Ya ha tenido más de un toque de atención y más de dos, porque es demasiado agresiva en el combate. Que sí… que ya ves tú qué combate será, si tiene cuatro años y pesa como 200 gramos, pero aún así, cada dos por tres tienen que estar controlándola y reteniéndola porque se pone en plan pulga-banzai y ya no hay quien la pare. Su maestro nos dijo que cuando fuera más mayor tenía que ir a competición porque esa garra había que aprovecharla. Yo procuré mantener la cabeza fría al respecto. Francamente, no me imagino a Jon aguantando impertérrito viendo cómo pegan a su niña sin moverse de la grada. Diez contra uno a que el primer combate ya terminaría en drama (esto es, Jon saltando al tatami y agarrando al enemigo de ambas orejas al grito de COMO LA TOQUES TE METO). Además, calculo que la María de 10-12 años ya pesará más o menos como un mapache (más o menos), así que igual deberíamos reconducirla por caminos un poco menos hardcore para los adversarios. No sé. Quizá taichi… yoga…

Ya. María saludando al sol a hostias. Sí. Yo también lo veo. No sé ni por qué lo he dicho.