Vuelve

Me apunta mi jefe para el campeonato de mus de la empresa. No es pesado, no… va más allá. Es como una nueva dimensión de la pesadez. ¿No vienes a la comida? pues a la copa. ¿No vienes a la copa? pues al campeonato de mus. ¿No vienes al mus? Pues morirás en un pozo de revisión salarial, hippy ovejolanudo. Y lo de ovejolanudo tendré que aceptarlo, porque hoy tampoco he ido, ni iré en principio, a cortarme el pelo. Estoy planteándome esperar hasta 2019 y utilizarlo como propósito de año nuevo que tenga que cumplir por cojones. Ha vuelto el frío y eso me ayuda porque voy con la cabeza de camuflaje debajo de mis veinte mil gorritos de idiota y nadie sabe que bajo las orejitas de panda y demás mamarrachadas se esconde un miembro de la Resistencia del peine. Jon no para de mandarme mensajitos para que le deje afeitarme la cabeza con la máquina, porque es algo que le pone muchísimo (muy tranquilizador en un militar) pero yo me resisto porque vuelve a hacer una rasca considerable para dejar indefensas las orejas. A lo mejor se lo regalo por Reyes o algo así. Ya se ha convertido en tradición navideña lo de hacernos al menos un regalo sexual cada año. El año pasado fue un disfraz de spiderman (mejor no preguntes) y un juego de dados muy peculiar (que te he dicho que no preguntes). Pues este año… maquinilla y buguibugui. Yo lo veo factible.

Bueno, y en lo del mus… pues que no. Me he negado en redondo. Últimamente lanzo muchos noes y muy pocos síes. Creo que es porque estoy soltando el excedente de mal rollo antes del cambio de año. Pero aún así, no me apetece una puñeta jugar a las cartas con gerentes y pelotas. Para ellos las partidas, la mesa, el trofeo, los cubatas y el tapeo. Yo me iré a Cuatro Vientos a recoger a mi espartano que vuelve también mañana por la noche. Me ha dicho que lleve su Toyota porque trae algunos regalos aparatosos, así que ya estoy todo nervioso sufriendo de mi habitual ansiedad anticipatoria, porque odio coger el coche de Jon. Cuando conduzco ese trasto, soy como un fraggel en una quitanieves. Tengo la sensación de ir dándome con todo y con todos. El navegador se pone a hablarme, yo (especialista en apagar neuronas en momentos de pánico) me pongo a contestarle “PERO QUÉ DESVÍO… PERO QUÉ ROTONDA… PERO ¿DICES POR AHÍ?” y como, obviamente, el ordenador de a bordo no está diseñado para decirme “callayconduceinútil”, empiezo a liarme, me pierdo, me angustio y me acaba sudando hasta el culo. Una vez hasta lo dejé encajado en el techo del parking de un conocido centro comercial (aunque esa es otra historia y tendrá que ser contada en otra ocasión). Así que es más que probable que mañana me lleve mi Dacia cutre y tengamos que venir con los regalos aparatosos en las rodillas, cuan gnomos de papá noel.

Aún así tengo ganas de ver a Jon. Hace frío y no tengo a nadie que me ponga a hacer flexiones y a llenarme tupperwares de cosas con brócoli.

Hace un rato ha venido Jokin a verme. Está hundido. Le he preguntado “¿qué sientes?” y me ha contestado “fracaso.”

No he entendido muy bien ese enfoque. El amor no debería ser ningún logro.

Nepoclaus is coming to town

Yo iba a ir a la peluquería porque me encontré esta mañana con Dani después de nueve meses y lo primero que me dijo al verme es “Joder, qué pelos…” pero resulta que luego he aprovechado la hora de la comida para comprar regalitos de Navidad y al final me he quedado pelado, pero no de cráneo, sino de bolsillo, así que bueno… pues ya me lo cortaré mañana. O pasado. O en marzo. El viernes cobro la paga extra, pero ya la tengo hipotecada para llevar a mis chicos a ver Billy Elliot. La verdad es que Diciembre es un mes muy duro. Pero ahora mismo no me importa demasiado porque ESTOY MUY CONTENTO POR LOS REGALOS SUPERPRECIOSOS QUE HE COMPRADO PARA LOS MÍOS. Cuando llegue a casa los envolveré a mogollón de esa forma superchunga que envuelvo yo, que más que regalos terminan pareciendo boniatos amorcillados, y los pondré debajo del árbol.

Aunque casi mejor que primero pongo el árbol, claro. Porque entre movidas y puñetas, al final ahí tengo todo mi festival de luces y colores haciendo montón en el garaje y sin colocar. Hoy y mañana está Jon en las Alemanias (me consta que también comprando algunos regalitos, aprovechando la coyuntura) pero de este finde no pasa que levanto mi festival de epilepsia e hiperventilación vecinal. Una de mis ideas es poner luces en el árbol del jardín y colgar de ahí al Papa Noel subiendo y bajando (sin sonido. Que tampoco quiero que hasta los jabalíes recojan firmas para mi extradición ). Y otra, poner una guirnalda con luces (en este plano vital, ya lo que no tiene luces no entra en casa) y floripondios rojos entrelazados a lo largo de tooooooooooda la escalera, para que María se pueda lanzar con el patinete a lo kamikaze como si estuviera en Brodway. Por ahora Jon escucha pacientemente todas mis ralladas levantando una ceja y moviendo levemente el mentón en plan “claro, claro, cariño… y también un trineo de unicornios sobrevolando el tejado…” pero tampoco me dice que no a nada, así que… EL PAPÁ NOEL EXTERIOR Y LA ESCALERA AYMISOJOS SE QUEDAN.

Para mis alumnos también he preparado el enemigo invisible (que es como el amigo invisible, pero en plan cabrón). Me ha tocado una de las chicas más hipercuquis del grupo, así que luego iré a comprarle algo bonito y adecuado. Ya pensaré el qué. Un pelador de ajos o algo así. Y estoy pensando que también debería hacerle un regalo al párroco no-rector y al catequista albino. Algo bonito que compense un poco lo de entrar en monopatín y salir a comprar palmeras con mallas de sodomita. No sé… ¿venderán por Amazon calzoncillos de elefantito con fundita para la churra?

El niño de los frailes

El rector de la parroquia cuyo salón de actos chorimangueo para mi función de Navidad llevaba unos días diciendo que quería hablar conmigo. Ayer fui a verle. Nada más entrar dije “con su permiso, señor rector…” y me contestó “no soy rector, esto no es un rectorado. Es una parroquia y soy párroco.” Fue una bienvenida bastante rancia. Ya sabes que solo hay dos tipos de curas, los simpáticos y los rancios. En el clero no existe nunca el término medio. Y era de los segundos. Así que pensé “pues mejor terminar el encuentro entre gilipollas con empate técnico” y me senté con mi mejor cara de vaca mirando al tren.

Pensé que el señor no-rector iba a reñirme por ir en patinete, por salir en mallas, por dejar que mis alumnos salieran en mallas o por existir en su campo de visión, directamente, pero no. Solo quería ofrecerme trabajo, porque estaban organizando las actividades sociales de la parroquia y se le había ocurrido la (oportuna) idea de montar clases de ballet para las niñas. Lo dijo así. Tal cual. “Para las niñas.” Porque en su micromundo los niños no bailan, claro. Recibí el puñetazo de género sin inmutarme demasiado. Es lo bueno de escuchar en formato vaca. Que el sudapollismo es inherente. Luego le dejé hablarme de horarios y de remuneración, y después le dije que no-gracias. Abrió mucho los ojos. Creo que si me hubiera entrado una conga de osos polares, no los habría abierto tanto. Luego se frotó un rato el mentón en silencio y me dijo “¿por algún motivo que podamos discutir?”. Yo abrí mi hocico de vaca y dije “mmm…no.” Él volvió a cerrar los ojos pilongos y a afilar la mirada rancia. Dijo “pues muy bien. Eso es todo.” Y dio un golpe seco al portafolios de la mesa. Yo dije “pues vale. Buenas noches.” y me largué cerrando despaciiiiiiiito. Como en las películas de terror. En un ñiiiiiiiiiiiiiiiiii infinito.

Me pregunta Jon si me lo voy a pensar. Sería los sábados por la mañana y me aseguraría poder tener gratis el salón de actos en todas mis futuras funciones. También supondría la opción de ejercer poco de terrorismo desde dentro mismo del frente enemigo, cambiando las normas establecidas (sobre todo en cuanto a género) y también algún dinerillo más que añadir a la hucha de los gatos callejeros de Miguel y Ana. En realidad… aceptarlo supondría más o menos unas cinco o seis ventajas frente a un solo inconveniente.

Solo que el inconveniente es el Ariel Nepomuk de 1997. Y a ese ni pienso, ni quiero traicionarle.

Algo como esto

Estaba raro, Jon. Demasiadas demostraciones de amor públicas en twitter. Usamos bastante twitter para tocarnos los huevos. Nos divierte. Es como un whatsapp con megáfono y para hacer el ganso va muy bien. Pero siempre nos guardamos hacia dentro una parcela de intimidad donde están las cosas que solo nos decimos en el tú a tú. Las parcelas de intimidad en redes sociales son importantes. Te mantienen un poco a salvo. Vienen a ser como dejar siempre libre la puerta de emergencia. Sin embargo, en los últimos dos días le había leído varias muestras de cariño, que ni siquiera me estaba expresando directamente a mí. Confesiones cariñosas en abierto, poco habituales en él. Jon no es expresivo. Ni con palabras, ni con gestos. Dice poco y lo que dice, lo dice medido, sujeto y calibrado. Es el hombre impasible. El perfecto muro de carga, firme y estable ante cualquier emoción. Así que no me cuadraba mucho en él la repentina emotividad. Pensé que podría estar asociado a la enfermedad de su hermano. La preocupación a cuentagotas nos está trastocando un poco a todos, y no sería lo más raro del mundo que la somatizara por la vía del corazón. Así que no le di mayor importancia.

Y entonces, ayer me enteré que Jokin y Gustavo se iban a divorciar.

No una separación eventual. No “darse un tiempo a ver”. No. Papeles directamente para no volver a verse. Lo que sea que hubo, terminado para siempre y sin dejar abierto el billete de vuelta. Gustavo ha dicho que se va. Que no hay más. Que ya ha llegado al fondo de la sartén y que no quiere seguir rascando.

Así que ahí vi las señales de Jon delante de mis narices. Mi pobre vasco. El duro espartano vencedor de mil batallas. El invencible de los invencibles, el superhéroe, el gigante de hierro, el guerrero invicto.

El perfecto muro de carga enamorado.

Me colgué de ti como un monito, claro. “Si te cansaras de mí me lo dirías ¿verdad, Ari?” Ay, el miedo. El superhéroe que esté libre de miedo, que tire la primera piedra. Ya lo sé. Parece que esto es más fuerte que tú. Pero en tu ecuación olvidas que también es más fuerte que yo. Aquí no juegan las voluntades, en realidad. Esto es como un destino a cumplir. No estamos en un viaje por alta mar de ahora olas / ahora calma / ahora a ver dónde terminamos. Esto es el puerto. El anclaje. el lugar donde me quedo.

Así que… bienvenido a mi certeza. Respira.

Hablemos de Simón

Casi nunca hablo de Simón. Las anécdotas de María son infinitas, el jueguito que da Pedro es inabarcable, pero pocas veces me toca hablar de Simón. Se me pregunta: ¿Por qué no Simón? ¿y qué pasó con el niño que se escondía debajo de su propia camiseta? Jon dice: “No hablas de Simón porque es con el que mejor te llevas.” Yo pienso “bueno… podría ser…”

Simón se me ha adaptado como algo moldeable al corazón. No da ningún trabajo. Ninguna guerra. Es completamente sordo y toca la batería y la guitarra. Solo con eso ya debería ocupar su lugar (absurdo) en youtube. Miles de personas deberían estar mirándole y diciendo “ayquébonito persiguetusueño.” Pero ocurre que Simón no está hecho de esa pasta. Simón vive sin plantearse cómo debería ser en realidad su vida. Se limita a vivir muy feliz la que le ha tocado, y no se deja aplastar por las preguntas. Si le colgara en youtube ni siquiera lo entendería, realmente. Hace poco nos planteamos el que pudiera acceder al conservatorio. Cuando se lo dijimos, le advertimos “igual es una lucha que no ganamos” y él abrió mucho los ojos y dijo “pero si es que… no lo necesito ¿eh?” ahí nos dimos cuenta de cuál era SU lucha y cuál la nuestra. Y nos sentimos un poco intrusos, la verdad. Porque Simón es feliz. Bastante feliz. Muy razonablemente feliz. Es buen estudiante. No brillante, como Pedro, pero sí más que aceptable. Y ha sido dos veces delegado de su clase, porque está lleno de amigos. Estar lleno de amigos es importante, pero para él no, porque parece inherente a su forma de ser (en eso no se parece a mí). Quiere ser veterinario y jugar al fútbol. Lo primero no costará esfuerzo, lo segundo ha sido un campo de minas que ha sabido esquivar con mucha maestría, porque Simón cojea debido a su hemiparesia. No ha habido obstáculos, porque la gente en su camino no ha querido que los haya. Supongo que eso también es importante. La gente que te cruces y rellene tu vida.  Ellos serán realmente los colores de los que la pintes. Simón es un cojo sordo que nunca será cojo ni sordo. Así que es absolutamente feliz. Pinta conmigo lemures de spray en las paredes de la buhardilla, y le gusta una niña de su clase que se llama Vanessa. Y que le corresponde (que te correspondan con diez años es casi nivel premiun ¿no?). Simón pacifica a Pedro en sus ataques walpurgis y cuida de María en sus ataques… de María. Y viene cuando estoy depre y se sienta conmigo en el sofá. Y coge uno de mis libros “¿Este?” “venga, ese.” Y me lee. Y me acompaña. Y me saca. Sin hacer nada. Porque no tiene que hacer nada. Porque es él. Y a veces ser tú es suficiente para cicatrizarlo todo.

Es por eso por lo que no hablo de Simón. Solo por eso.