Agua e ibuprofeno.

Nada.

Agua

El dolor me irradia ahora al brazo derecho, la espina dorsal y la zona lumbar. Eso supone un 65% de mi cuerpo. Constante. Perfecta, absoluta, certeramente constante. He pasado la mañana dando paseos hasta la fuente para poder sobrellevarlo. No logro manejar bien el ratón, ni el teclado, así que apenas puedo trabajar. Mañana por la mañana pediré la baja. Intentaba evitarlo. Sé que no será lo mejor del mundo pasarme las 24 horas del día metido en mi habitación. Sobre todo ahora que apenas puedo dormir más de diez minutos seguidos. Sigo callando y disimulando ante las personas de mi entorno. Ojalá pudiera llamarle en este momento sólo para llorar y contarle que me duele. Ojalá. Y ojalá no acabara de escribir ese pensamiento, absurdo e inútil, que no me sirve para nada y encima me hunde el ánimo.

No sé. No sé qué más decir. No veo salida.

Batidos de proteína y agua.

Bueno… pues aquí estoy solo otra vez. Apoyándome en nada. Confortándome con nada. Dueño del dolor constante, de un amuleto que no me ha protegido, y de las zapatillas más bonitas del mundo.

Y otra vez se me van las ganas de mantener esto abierto. Y otra vez se me van las ganas de mantenerme en pie.

Dos sobres de proteínas y una cocacola.

Sigue doliéndome el cuerpo. Dolor sordo, mesetario y constante. Intento acallarlo a base de seguir con mi rutina y no quejarme ante nadie. Trabajar me ayuda a no concentrar la cabeza sólo en lo que duele. Y menos mal que lo hace, porque los sindicatos de mi empresa han pactado en el nuevo convenio, que los tres primeros días de baja por enfermedades no laborales no se cobren. Estupendas noticias para los que no estamos sanos. El representante del sindicato colocó un cartel en el panel de avisos del cuarto del café. En el membrete ponía con enormes letras verdes: FASGA, SINDICATO INDEPENDIENTE. Debajo, con rotulador rojo, yo escribí: “y una polla como una olla”.
Un tipo de selección de personal me felicitó esta mañana por lo del grafitti. No sé cómo demonios saben que he sido yo. Debe ser que las flicfloc han terminado por delatarme como elemento subersivo. Tendré que plantearme seriamente mudar mis pies a algo más formal y más desapercibido, como… no sé… unos calcetines con dedos.

Me duele todo. Todo.

Mh… vale, a ver… Se me duermen las manos. Se me hinchan los pies. Me duelen los huevos. Tengo una contractura en el hombro derecho. Estoy triste y me da bajón que Oscar Pérez se haya quedado para siempre colgado en una repisa a seis mil y pico metros de altura. Esperaba un final feliz de esos que nos devuelven la fe en la raza humana, el compañerismo, la supervivencia y bla, bla, bla… J. dice que Oscar Pérez no tiene más que lo que se buscó cuando le dió por subir hasta el último carajo helado del mundo en plan “voy a tope”.
J. es frío como el prepucio de un pingüino cuando se pone a analizar el mundo exterior. Creo que es porque agota todas las reservas de emotividad sufriendo el mundo interior. Yo le digo que si él se quedara atrapado en el Latok, yo formaría parte del equipo de rescate, sin dudarlo. Él se ríe y me dice que puedo estar tranquilo, porque en cien vidas que viviera, no le encontrarían jamás mucho más arriba del cerro Garabitas.

Bueeeeeeeno… pues vale.