Zumo de naranja. La pierna dando guerra. Pocas ganas de fiesta.

No he dormido nada. Nunca una frase hecha tuvo más sentido en su concepto de NADA. La pierna me ha dolido toda la noche. Echo de menos a mamá morfina. Papá metadona no resulta ni la mitad de divertido. Lo he ido mitigando levantándome y dando paseos por el pasillo pero no ha servido de mucho, salvo para quedarme helado y pisar algún gato que otro.
Tengo que preparar una comida mexicana de cumpleaños. Tengo que hacer tacos, fajitas, mole, mole + guaca, cócteles margarita… Sería genial poder empezar por esto último y darme un lingotazo de vez en cuando, que me permitiera llevar la celebración a buen término, pero no puedo beber alcohol con 70 mgrs. de prednisona en el cuerpo. Voy a empezar ya mismo a cocinar, antes de que me quede dormido encima del teclado. La pierna no me duele nada. Qué simpática. Creo que voy a dibujarle unos ojitos, una boquita sonriente y una manita levantando el dedo corazón.

Mañana trabajo. No importa. Tendré aire acondicionado. Yupi-yupi-yeyyyyyyyy (se llama sacar las pequeñas ganancias de las grandes pérdidas).

 

Sandía y lentejas. He recuperado un kilo. Estoy bien, estoy bien, estoy bien…

70 mgrs. de predinsona. Todo el día de la ceca a la meca, para evitar que la pierna se me hinche. Yendo de acá para allá, tric-troc-tric-troc como el pirata de la pata de palo, con ojo de vidrio y cara de malo.
Ya voy metiendo el culo adecuadamente en pantalones que no son de talla infantil. Todo un logro para mi culo, el poder volver a merecerse el nombre, y toda una alegría para su dueño, el poder volver a comprarse ropa sin dibujos de animalitos. También me compré una chaqueta con capucha talla XXL para esconderme en ella. M. dijo que parecía un rapero indigente, así que para contrarrestar el look, le añadí un cinturón de cuero de 20 euros. M. dijo que estaba mucho mejor, porque así al menos parecía un rapero indigente con veinte euros menos. M. es realmente ingenioso cachondeándose de mí. Una pena que no pueda ganarse la vida con eso.
Me han quitado la morfina y han empezado a ponerme parches de metadona para pasar el monazo. A veces duele un poco y a veces mucho. Cuando duele mucho, pienso en el retorno de mi culo para estar contento, y hasta me lo miro en el espejo. Nunca un culo hizo tan feliz a nadie.

Ehm… vale… mañana reviso esa frase.

Churros. No queda vergüenza torera en este pobre cuerpo serrano. Ciática, ciática, ciática… ay….

He vuelto. Había un jardín con un pozo y un columpio y una escalera donde me torcí el tobillo por hacer el idiota. También había una piscina natural con el agua bajo cero, que te entumecía las piernas, y un chico con una camiseta del pato donald que todas las mañanas al pasar por la puerta del bar, me decía “eh rubio ¿te echas un billar?”

Si yo fuera parte de una película habría jugado al billar con él y le habría ganado en cuatro golpes, mientras cuatro chicas lugareñas nos observaban y se enamoraban perdidamente de mí. Entonces alguien habría preguntado “¿pero de dónde ha salido este?” y otro alguien habría respondido “¿no le has reconocido? ¡es Flipper Macmanagan! ¡el campeón mundial de billar americano! está pasando unos días de descanso en este pueblo de mierda, mientras se recupera de la muerte de su amada esposa…”

Bueno, puede que “pueblo de mierda” no hubieran dicho… En todo caso, da igual porque no soy Flipper Macmanagan, y no he jugado bien al billar en mi puta vida. Creo que Teo tiene todavía la cicatriz que le hice en la cabeza con aquella bola que, los dioses sabrán cómo demonios, lancé disparada hacia arriba en parábola perfecta, con rajada de tapete en triángulo escaleno.

Tengo que escribir. Tengo que escribir ¿no? sí… tengo que escribir.

Me veo en la cam y me mimetizo con la puerta del armario. Tengo color de tejado. De moro chungo. De tipo que levanta el cartelito de stop en las obras de carretera.

Tengo que escribir. Me voy a escribir.

Melón. Y melón.

El gato se sube a mi barriga desnuda y la amasa con las uñas durante largos minutos. Suele hacerlo siempre como muestra de cariño, pero cuando llevo puesta la camiseta me resulta mucho más agradable, claro. Ahora tengo la piel del vientre surcada de puntitos, como el acerico de una abuela. Cuando por fín me ha liberado, llevaba el minipene fuera (el gato, no yo…). Creo que es lo más cerca que he estado del sexo en meses.
Hoy he llorado. No sé por qué. Estaba frente al portátil, ordenando archivos y me he puesto a llorar. Sin nada específico que lo haya motivado. Simplemente me ha venido la pena desde la punta de los dedos, como cuando era pequeño y he dejado que subiera hasta la primera convulsión de los hombros. No me voy a poner a buscar motivos. Hay muchos. Pero son bajones que no debería permitirme, porque para sostenerme sólo me tengo yo y nadie se autosostiene sobre lágrimas.
Doy gracias al demonio porque no hubiera nadie en casa. Ahora mismo me siento bastante idiota. No sé… ojalá las cosas fueran más felices y me llevaran solas en la recta final. Ojalá se pudiera prestar la felicidad, como si fuera una chaqueta.

No voy a escribir más hasta que baje de la sierra. Nicolás tendrá que esperar en el baúl de los recuerdos. Qué buen sitio para dejarle.

Pollo. Ensalada de pasta dura. Dolor de huesos.

Voy a marcharme. Pasaré unos pocos días en la sierra y meteré las piernas en agua de manantial. Callare la boca de los dolores y ordenaré los papeles, los diarios, las ideas, los deseos, los planes… A ver si en el trance hago las paces con el portátil y con los pelos de coliflor. A ver si el módem usb prepago es tan módem usb prepago como dice la publicidad del módem usb prepago. A ver si no te enfadas mucho conmigo. A ver si me quieres igual que siempre. A ver si descubres que por fín soy yo el que te dibuja un cordero.
No sé si te lo he dicho alguna vez pero… no me gusta El Principito. Ni Juan Salvador Gaviota. Ni Los Renglones Torcidos de Dios. Ni la mierda esa del oso cavernario. Ni Los Pilares de la Tierra. Ni Amelie. Ni Juno. No sé si te he dicho alguna vez que odio a Juno. Que le cogí una manía tremenda con sólo diez minutos de película. No sé si te he dicho alguna vez que nunca me gusta nada de lo que le gusta a todo el mundo y que eso me provoca el castigo del silencio.

Ya… ya sé. Mucho silencio no guardo, no…