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Ya he tenido mi primera clase. Sigo sin pillar de la misa la mitad, pero ya no me lo tomo tan terrible como el último lunes, así que creo que las hormonas me han dejado en paz. ¿Ves lo importante que es en las crisis lo de esperarte un poco? Te sientas un par de días o tres y ya, todo lo miras con otra perspectiva. Menos mal que me conozco y ya sé cómo llevarme los mandos.

El chico que conocí me ha dicho de esperarnos en la parada del autobús e ir juntos. No me gusta nada compartir trayectos a ningún sitio, porque no me deja ir metido pensando en mis cosas como me gusta, pero he dicho que sí para no parecer el ajqueroso antisocial que soy. Y hasta he sonreído al verle y le he dado un trozo de mi bollo (no sé si ya podemos ser los dos más alumnos de primaria). Todo el camino ha ido quejándose de lo que le rodeaba. Su padre, su novia, los profesores que nos han tocado, el sistema de adjudicación de becas, el campus, la biblioteca, el presidente de este país, el presidente de otro país que no es este, la comida de la cafetería que aún no se había comido… La gente encuentra un extraño placer en quejarse. La queja, de alguna forma, nos une. Es mucho más probable que conectes con alguien quejándote de algo, que alabando lo bueno de tu alrededor. Así que yo, que estaba realmente contento de la mañana fresquita, de mi bollo de chocolate cremoso, de la recientemente arreglada cremallera de mi vieja mochila y de lo cerca-cerquísima que está ya Halloween, me he limitado a fruncir el ceño y a decir “jo, sí tío, qué mierda eso, es verdad…”

A ver si encuentro alguien optimista antes de que termine el curso. En plan pepita de oro dentro de un río de barro. Creo que es muy probable porque realmente, todos los que estudiamos psicología estamos potencialmente chiflados.

Y hablando de estar potencialmente chiflados… Dentro de poco muy poco, es el cumpleaños de María. Quiere una fiesta de astronautas y terror (por ese orden) y calcula que necesita invitar exactamente a 1.007 niños. 1.007. Ni uno más, ni uno menos.

Creo que primero nos encargaremos de gestionar lo del terror en el espacio y dejaremos para el final lo de los 1.007 invitados. Digo. Por no morir en el intento.

Jueves de Palomas

Ayer vino Paloma. La de los rizos y los reflejos como naranjas. La del perro. La del río. La de Pedro. Paloma la de larevolución. La trajo por la tarde a ver al conejo, y nos pilló completamente desprevenidos. Yo ya sabía que algo se cocía dentro de la cabeza de nuestro chico valpurgis, porque llevaba varios días especialmente metido en sí mismo y lanzándome miradas de querer decirme algo sin ningunas ganas de decírmelo. Pero, a pesar de las señales, me falló el radar, y la visita de Paloma nos pilló en bragas (en el caso de María, nunca mejor dicho). Jon y yo estábamos haciendo el imbécil en la hamaca de colgar, María estaba lanzando chancletas a la piscina, los perros estaban intentando comerse la manguera de regar… lo que viene a ser una habitual estampa vespertina de jardín en la casa de los Zeta-Serlik. No era para nada lo que habíamos pensando para cuando nos la presentara. Nuestra idea hubiera sido tener el jardín recogido, los perros cepillados y sentados en fila india, a María vestida (más o menos) y limpia (más menos que más), y que Jon y yo hubiéramos estado sentados a la mesa de teca, civilizados, cursis y pulcros, bebiendo limonada casera de vasos cuquis multicolores y comiendo galletitas caseras. Jon se hubiera levantado elegante diciendo “anda…qué sorpresa…” y yo habría sonreído con mi polo amarillo huevo de tres botoncitos, levantando el plato (cuqui multicolor como los vasos) y diciendo: “¿una galletita? las he hecho yo mismo.”

Pero claro… No tengo ningún polo amarillo huevo, nuestra mesa es de plástico y no tengo ni puta idea de hacer galletas, así que, empezando por ahí, era bastante predecible que Paloma nos pillara intentando hacer un giro de 360º en la hamaca de colgar. Creo que no llegó a vernos, porque al oír las dos voces en la verja Jon se levantó ipso-facto como uno de esos muñequitos de muelle que salen de las cajas, pero aún así el trance fue bastante traumático. Sobre todo para mí, que vengo a ser “el sobrante” de Jon K. en todas las luchas físicas, y cada vez que se levanta de golpe, suele olvidarse de que me lleva a mí enredado bajo el sobaco.

A pesar de todo, la visita salio bien. O eso creo, porque la muchacha abandonó nuestra casa bastante contenta, cordial y sonriente. Claro que, tal y como le dije a Jon, igual no fue tanto por la impresión que le causáramos, como por el hecho de que tampoco estuvo el tiempo suficiente como para que Pedro pudiera soltarle su amenísima charla de cuatro horas sobre planetarios y fases lunares. Así que habrá que esperar a otro jueves, a otra tarde u a otra ocasión, para poder saber de verdad la consistencia de lo que se está cociendo entre nuestro niño valpurgis y Paloma Sinmiedo.

Y con esto y un bizcocho… el domingo me voy a París.