De ayer para hoy

Escribo desde la cloaca, con mi compañero-rata peloteando en este momento a mi jefe en su versión más impresionante. No importa. No hay dolor. No pasarán.

O sí pasarán, pero realmente, ya no me importa.

He ido a comer con Jon. Tarde-tardísimo. Comer con Jon los días que trabaja resulta una puñeta, porque me cuesta un congo sacarle de sus horarios laborales. Que sea el capitán del barco no importa. Él es un capitán de los que no comen hasta que no hayan comido todos los marineros, así que nos han dado las 14:30h y yo seguía poniéndole whatsapps lastimeros de tengohambre, mientras mis tripas rugían al alimón. Yo como a las 13:00h. Como los british, pero en plan bien. Así que tener que estar hasta las 14:30h. sin aperitivo y sin perrito que me ladre, me supone un sufrimiento de zampabollos muy grande. Pero bueno. La verdad es que luego le veo llegar haciendo tump-tump con sus botas de siete leguas y me compensa. Porque es ganso, porque me hace reír, y porque es una de esas personas que entran en tu vida para quitarte los grises.

El dueño del restaurante donde solemos comer es un ex-legionario y al final, por afinidad con Jon, por las brasas que le mete al respecto en la sobremesa, o por cosas especialitas de este nuestro ejército español, me ha regalado una petaca metálica labrada con el logotipo de Jack Daniels, bien rellena de Jäggermeister “para la digestión.” Y tal cual se ha venido la petaca conmigo al trabajo, porque Jon bebe una vez al mes, así que aquí la tengo en el cajón, entre el cepillo de dientes y la caja de clips. Siete chupitos de jägger todos juntos no son precisamente lo mejor que yo puedo llevar encima, la verdad. Mi padre era alcohólico y vivo con el miedo perpetuo de haber heredado su gen chungo (sin que la rama genética esquizoide de mi madre resulte mejor opción), así que si puedo evitar bailar con el diablo, siempre será mejor para mi futura cirrosis. Cuando salga vaciaré la petaca en el parquecillo de al lado (rave para las hormigas) y la rellenaré de cacaolat.

Tener una petaca de cacaolat me pega bastante más. Hace un juego precioso con mi decisión de ayer de tener una actitud en la vida un poco más madura.

En MUY POCOS DÍAS nos vamos a Japón a ver la floración del cerezo. Hanami, Sakura o… algo así (como puedes ver, voy preparadísimo). Estoy en formato montaña rusa con respecto a este viaje. A ratos me lo tomo con calma, a ratos con angustia, a ratos paso, y a ratos lo considero casi mi Ikigai (definición japonesa de felicidad vital, que me aprendí ayer y que uso para que parezca que la sé de siempre, porque soy la hostia japonesa en verso). Aún así, le he dicho unas 39 veces a Jon que tenemos que volver a Japón para las olimpiadas, porque en 2020 se inaugura el parque temático de Nintendo y eso SÍ QUE SERÍA TOPE IKIGAI PARA MÍ. Imagínatelo. Un circuito de Mario Kart en vivo. Una montaña rusa de Zelda. Una lanzadera de Smash Bros. ¡Una recreación de Hyrule! Así que el pobre y paciente Jon, ha dividido mi descubrimiento japonés en dos viajes y dos rutas distintas, porque era eso o abandonarme en una gasolinera japonesa durante dos años, y él sabe que soy lo suficientemente pesado como para quedarme allí esperándole bajo el frío y la lluvia en plan Hachiko, hasta que los nipones terminen haciéndome una estatua, un manga y una peli.

La verdad es que entre lo del cacaolat y lo del parque de atracciones, voy a tope con lo de la madurez. No sé qué será lo próximo. Comprarme un gorrito de esos con una minihélice, supongo.

Lunes de algo

Estamos en los tres días laborales más tontos del planeta. Lunes de pascua, martes de nosequé y miércoles de nosecuántos. O… creo que ni siquiera es lunes de pascua… bueno. Repito; estamos en los tres días más tontos del planeta. Los tres previos a Jueves Santo, Viernes Santo, sábado de nosequé y domingo de algo.

Igual debería aprenderme las festividades religiosas antes de hacer este tipo de intros. Igual.

Esta mañana he arrancado de una manera muy bonita y maravillosa. Han saltado los plomos con un pataplof, mientras estaba enjabonándome la cabeza en la ducha. Con los niños dormidos, porque hoy no tienen clase, y con Jon corriendo por el monte porque se entrena para otra ironman. Y también con una hora adelantada en el reloj de primavera quitándome toda la poca luz matinal que se podía disfrutar estos días atrás. Así que nada. Caldera apagada y agua helada para el espinazo de Ariel Nepomuk. Con esas, he tenido que salir de la ducha, envolverme los huevos en la toalla como un romano y bajar hasta el sótano, con la espumita resbalándome sobre los ojos para darle al conmutador (tampoco sé si se llama conmutador, hoy no es mi día) y para rearrancar la caldera del agua caliente. Todo eso a oscuras y goteando plíquili-plíquili. He dejado todo un caminito de espuma, agua y vayapordios, desde el baño de nuestro cuarto, hasta el sótano. Eso son dos pisos y medio. Con un ligero desvío + recorrido circular around the planta baja, porque no estaba la linterna en el armario de las linternas (impensable) y he tenido que recoger mi móvil del sitio donde no me acordaba que lo había puesto, para poder usarlo de luz y no matarme en pelotas en una escalera de sótano.

Cuando he podido llegar a la ducha de nuevo, he tenido que empezar a ducharme otra vez de toda la mierda rebozada que llevaba encima, después de la travesía, pero como ya iba contra reloj, se me ha olvidado lo de aclararme el pelo del primer lavado fallido, y ahora llevo la cabeza como si me la hubiera vomitado un mono.

Pues eso. Que bienvenidos al lunes.

Jueves de colores

Ayer telefoneó el autobusero para saber si íbamos a ir a su boda. Me llamó “chiquitín”. No en plan cariñoso, sino en plan chulo condescendiente. Como el que te llama mierda seca con una palmadita en la cabeza. Así que ya no me da pena y no quiero ir a su boda. Ni aunque tenga cortador de jamón. Ni aunque tenga dos. Ni aunque tenga ocho y no puedas dar ni un paso por la sala sin comerte un montadito. Se ha quedado sin reloj pastoril. Por sobrao.

Las cosas con mi clase de adolescentes van mucho mejor. El módulo anexo (yo) ha realizado con éxito su acoplamiento a la nave nodriza (ellos) y ya navegamos juntos y en armonía. Al final dinamité el trabajo de Doña Elisa y empecé desde cero con mi anarquía particular. Por supuesto, antes me aseguré de que ella ya no iba a volver para este curso. No era cuestión de que la pobre mujer retomara su clase después de una depresión y se encontrara a un antisistema con pelánganos (controlados), piercing de pezón y palmera de chocolate, pasándose su método por el forro. Además de por respeto, porque también estoy seguro de que mi integridad física correría serio peligro. Las señoras sexagenarias están sorprendentemente dotadas para la violencia. Y si no, que se lo digan a las cajeras de supermercado.

Sea como fuere, voy a intentar ser un poco más adulto y menos crío, para poder dar clase a mis chicos de una manera semiseria, porque pronto cumpliré los 29 y ya va siendo hora de dejar de comportarme como un teletubbie. Esto es, por ejemplo, dejarme de palmeras de chocolate y de entradas triunfales por el pasillo en monopatín. Que sí. Que lo segundo lo hago solo porque llego siempre tarde a todas partes y me ahorro cerca de 20 minutos al día de carreras, pero estoy seguro de que me resta un poc… bastant… much… TODA LA RESPETABILIDAD. Así que mañana dejaré el skate en la taquilla y haré el pasillo andando. Yes, I can. Si he sido capaz de cortarme el pelo, soy capaz de guardar el monopatín. De aquí a llevar las dos zapatillas del mismo color… un paso.

No. Lo de las zapatillas no lo hago adrede. Es tara mental. Soy incapaz de ordenar mentalmente los colores a la primera. No hay ni un puto día que no meta las zapatillas desparejadas en la bolsa. Una blanca y una azul. Una beige y una blanca. Una azul y una beige. Todas las combinaciones posibles, menos las correctas. Por algún motivo inexplicable, mi cerebro va a su aire en un acto de anarquismo “halavenga” y empareja lo que le sale del nardo. También me pasa con los cepillos de dientes. Creo que ya lo puse una vez en algún post de allende los años. Mi cepillo de dientes es naranja y el de Jon es verde, y no hay NI UN PUTO DÍA que no me sorprenda a mí mismo poniendo la pasta en el verde. Siempre me equivoco. Siempre. Llegué a pensar que simplemente era una tendencia de mi subconsciente y probé a comprar cepillos nuevos intercambiando los colores. Esto es, Jon el naranja y yo el verde. Pero nada. En una semana, volvía a sorprenderme a mí mismo untando dentífrico en el naranja (o sea en el que ya era de Jon). Así que al final me rendí, volví a dejar los colores como estaban, y me resigné a los 20 segundos perdidos cada mañana mirando el vaso y pensando “a ver…¿cuál de los dos es el mío?”

Filosofía de la relación

Se casa el autobusero. El ex de Jon. ¿Te acuerdas de él? el que me llamaba chaperito barato y tal. Aquel encanto de hombre. Por segunda vez, se casa. Y por segunda vez, hemos recibido su invitación de boda, porque el autobusero es el rayo que no cesa. Esta vez se casa con Kym. ¿Y quién es Kym? pues no lo sé, pero tiene un nombre genial. Como de protagonista de Rudyard Kipling o algo así. A Jon no le ha parecido tan genial. O al menos, no lo suficiente como para ir a la boda, porque me ha dado instrucciones precisas de cómo archivar la invitación dentro de la chimenea encendida. Yo, como soy bastante feliz y tengo sexo habitual, le he dicho que me gustaría ir a mirar a ver qué tal todo. Al fin y al cabo la celebra en un Parador. Eso es cortador de jamón seguro. Y donde hay un cortador de jamón… allí debería estar yo, con un plato y buenas intenciones. Pero no. El cortador de jamón tampoco ha sido suficiente como para despertar el interés de Jon. Ni ha levantado la vista de la tablet para decirme que por sus cojones iba a a hacerle un regalo de boda al autobusero. Yo le he dicho que podíamos hacerlo en plan venganza silenciosa. Quizá comprándole un frutero de Lladró, uno de esos relojes dorados barrocos pastoriles, o un cuadro de ciervos sobre un fondo de luna llena. Qué se yo. Las posibilidades son infinitas. Pero nada. Tampoco le ha convencido lo de la venganza decorativa. “O mis cojones con un lazo de satén.”

Jon utiliza mucho sus cojones para cerrar las frases. Ese siempre es síntoma inequívoco de que ahí termina para él un debate.

Toda esta morondanga me lleva a la conclusión de que Jon no perdona ni perdonará jamás la traición del autobusero (recordemos que volviendo un día antes de un viaje de trabajo, se lo encontró con otro tío en la ducha, haciendo un watersex) pero parece ser más una cuestión de orgullo que de otra cosa, porque afirma con total tranquilidad que cuando sobrevino la catástrofe, él no estaba enamorado. Una vez le pregunté si alguna vez lo había estado. Pareció pensarlo durante un instante y luego contestó “la verdad es que no.”

¿Por qué se une la gente que no se enamora? ¿miedo a la soledad? Porque según ese planteamiento, el autobusero en realidad le hizo un favor a Jon llevándole a una situación inaceptable (solo eso ya merecería la pena devolvérselo zampando jamón, la verdad). Jokin me dice por lo bajini que Jon no estaba enamorado del autobusero, pero que el autobusero sí que estaba enamorado de Jon y que llegó hasta a caer en una depresión cuando el de Gasteiz le cerró todas las puertas. Lo cierto es que me cuadra, porque nunca hice nada para que el autobusero me vapuleara con tanta mala hostia, salvo nacer y, 22 años más tarde, meterme por en medio de aquel piso de Malasaña. Pero si estaba tan enamorado ¿por qué metió a otro tío en su ducha? ¿Está en nuestra naturaleza lo de hacernos un lío entre la brújula del corazón y la de la polla?

Esta mañana, mientras le rellenaba la taza de café, me ha dado por preguntarle  a Jon qué pasaría si un día volviera de trabajar y me encontrara con un tío en la ducha. Ha puesto cara de dolor. De dolor del de verdad. “No quiero pensar eso.” Yo he vuelto a insistir. “Vale, pero tú imagínatelo.” Me ha agarrado de la cintura y ha apoyado la cabeza contra mi estómago. “Ari. No quiero imaginarlo.”

Bueno, Jon. La verdad es que puedes hacerlo, porque nunca sucederá. No está en mi naturaleza confundirme de brújula. Es lo bueno de lo malo de no saber nunca hacia dónde voy.

Dinamita

Tengo controversia con mi grupo nuevo de quinceañeros. O no con ellos concretamente, pero sí con lo que supone sustituir su clase. Su profesora era una señora de 58 años, con bastón regio “toc-toc-toc-plié-plié-relevé” y modales impecables para una prima ballerina de 1975. Por su método de trabajo, que ha dejado también impecablemente anotado en la agenda de estudios, la adivino. Es ordenado, clásico, elegante, estructurado y racional, como ella. Las peores depresiones siempre vienen de una estructura mental impecable. No falla. Levantamos un perfecto castillo de naipes emocionales, colocamos cada cartita justamente en su lugar, luchamos por que no se nos descoloque ni el más mínimo piquito y de repente… barrabumba. Todo a tomar por culo. Para eso los locos y caóticos lo tenemos mucho más fácil. Lo nuestro siempre es un perpetuo barrabumba. Estamos mucho mejor preparados para el descontrol de lo inesperado. Por eso nos deprimimos mucho menos.

El caso es que Doña Elisa y su método clásico, elegante, estructurado y racional, no tiene nada que ver conmigo. Nada. No nos parecemos ni en la goma de las zapatillas (que ella supongo que ni llevará). Esta mañana no me parecía demasiado grave, la verdad. Iba en el autobús pensando “lo dinamito todo y empiezo de cero. Tengo cuatro meses y una eternidad de sábados. Me vale para divertirme y para divertirlos.” Pero luego he llegado a clase, he empezado a ser yo y ahí ya… creo que no he hecho más que sembrar el desconcierto. Desconcierto por todo. Por tirar la mochila encima de las suyas. Por entrar con la palmera de chocolate. Por sentarme en la mesa. Por comerme la palmera de chocolate sentado en la mesa. Por quitarme la camiseta. Por el piercing del pezón. Por colocarlos en barra central. Por bailar con ellos. Cuando les colocaba la espalda, iba notando respingos. Uno de los chicos estiraba mal y le he sujetado el abductor. “Estira siempre hacia el exterior o te lesionas.” Se le han puesto las orejas como dos lombardas. Casi se me hostia contra el espejo de lo nervioso que se ha puesto.

Adivino que Doña Elisa no les toca, no baila, no come palmeras de chocolate, y no participa en los estiramientos. Doña Elisa es “la profesora” por antonomasia. Mantiene su distancia con ellos y su plano superior. Así que ahora, la pregunta es: ¿qué hago? ¿me adapto yo a lo que era la clase antes, o hago que la clase se adapte a mí? ¿Obedezco o dinamito?

Y sobre todo… ¿por qué demonios me meto siempre en estos líos?