Algo de medianoche

Ya he hecho una de las cosas que tenía que hacer. He reunido a mis alumnos, les he invitado a un trozo de pizza y les he calmado los nervios. Más o menos. Hoy el ensayo ha ido mucho mejor. Me han dicho que también estaban un poco histéricos por los exámenes. Los malditos exámenes. Se me olvidaron por completo. Mal por mí por olvidar mis quince años. Si olvido mis quince años no empatizo, y si no empatizo, no puedo conectar. Ese es el gran problema de casi todos los padres. Que tienen olvidados los ocho, los trece, los quince… Lo miran todo desde tus treinta, cuarenta, o cincuenta, y todas las angustias juveniles les parecen absurdas. Porque realmente y con perspectiva lo son, claro. Pero es nuestro deber meternos en sus zapatos y no a la inversa, que para eso nos conocemos ya el camino.

También he llevado a Gus a ver a su padre al hospital de paliativos, porque Jokin está de viaje hasta el martes. Esta vez sí que parece que definitivamente el señor se muere. Parecía un gorrión amarillento debajo de las sábanas. Y tenía la mandíbula inferior hundida, que para mí es el primer síntoma físico de que tienes a la muerte soplándote el cogote. No queda muy respetuoso lo de hacer porras con estas cosas, pero apuesto a que no llega a este fin de semana. Allí nos hemos encontrado con su madre, tétrica, seca y distante como siempre, y con una monja regordeta, y vital que me ha preguntado directamente quién era yo. Le he respondido “soy amigo de Gustavo” y ella ha asentido con energía y me ha dicho “aaaaaah…¡eres el amigo! ya, ya, ya…” Entre “amigo de” y “el amigo” hay un ligero matiz heteroabsurdo, así que creo que otra vez me he apañado para sembrar la confusión. Lo siento por Gustavo. Yo quedo fatal para presentar de novio a los padres, y a las monjas ni te cuento. Soy escurridizo, esquivo y silencioso. Mi suegra aún se acuerda de aquella primera comida-presentación a la que me llevó Jon. Dice que no dije más que tres palabras a lo largo de las tres horas que duró. Tres. No sé yo. Tratándose de mí, muchas me parecen. De quien sí me acuerdo es de Jon. “Este es Ariel. Voy a casarme con él. No quiero vuestra aprobación, solo os reúno porque necesito testigos.” Ahí, con sus santos huevos de entrante, segundo y postre. Y me acuerdo también de sus hermanos gigantes levantando los brazos a mi alrededor “ENHORABUENA HOSTIA UN ABRAZO” Y de su madre. “¿A qué te dedicas?” y yo, con mi cara de vaca mirando el tren. “Hago dibujos.”

Madre mía. No sé cómo pude salir bien de aquello. No sé cómo entré, cómo resistí, ni cómo salí entero y sin ningún rasguño. Supongo que hice lo de siempre. No pensar.

Gustavo sigue sin odiar a su padre, a pesar de todas las cosas malas que le hizo (que son unas cuantas). Está triste por su muerte y dice que prefiere recordarle solo por las cosas buenas (que son bien pocas). Me parece muy bonito por su parte. Admiro mucho a la gente que es capaz de sacar bondad de entre los restos de su propio naufragio. Para mí es como encontrar margaritas en la ladera de un volcán.

Cosas peores

Estoy recopilando fotos y dibujos estos días para cambiar un poco el diseño del blog. Siguiendo mi modus operandi habitual, me tiro horas seleccionando cosas que inicialmente me parecen perfectas y finalmente, una mierda pal cajón, así que pasan los días y no avanzo nada con esto. También quiero volver a dibujar y volver un poco a ser yo, pero hoy es la peor tarde para ponerme a ello, porque me he quedado dormido encima de la mesa y me he despertado con febrícula y dolor de cuellocabezaespalda, así que es más que probable que mi noche termine en el sillón, con la peor película del mundo, amorrado a una botella de agua mineral con gas y un ibuprofeno.

Ya… Hay cosas peores.

Jon ha venido y se ha ido a entrenar, porque se prepara para otra ironman (espartanos ah-uh), así que he aprovechado para meterme con nocturnidad y alevosía, a revisar sus fotos de nuestro viaje a Japón para ver si podía aprovechar alguna para la cabecera de ahí arriba. Pero no. Nada. En todas salgo yo y en todas soy imposible de borrar sin cargarme la foto. En la mitad salgo tapándome la cara y en la otra mitad con sonrisa de cabra. Jon también sale en muchas. Me encanta especialmente una que hicimos en el exterior del onsen privado de un hotel, porque hay un señor japonés que está mirando a Jon desde abajo con cara de enojo asustado, como si el vasco fuera un sicario de Godzilla. Cuando ya casi regresábamos a Madrid me enteré de que a los japoneses no les hace ni puta gracia que los occidentales tatuados se metan en los onsen, así que imagino que el origen de la foto venía de ahí. Yo nunca me habría metido en un onsen si llego a saber que estoy prohibido. Jon sí. Jon se pasa el universo por el cipotillo y nunca se altera. ¿Le dicen que se vaya? pues se va; ¿No le dicen nada? pues se queda; ¿le importa todo dos cojones? le importa todo dos cojones. Así que en la foto, Jon está feliz, yo estoy desconcertado, y el japonés está con ganas de soltarnos una patada voladora entre las orejas, supongo.

Aún me quedan varios días de baja laboral porque hasta el 13 no tengo que revisar el alta. Debería empezar a acongojarme, porque en breve tengo las dos funciones de ballet y la boda de los pomperos y el chihuahua con encajes, y ambas cosas alteran bastante mi paz. La una porque mis alumnos teenagers están en crisis por culpa de los nervios, y la otra porque aún no he hecho los nosecuántos cucuruchitos dorados que me encargaron los novios para tirarles a la cabeza la fanfarria y las puñetas. Conociéndome como me conozco, llegará el día del ensayo general y yo estaré todavía adaptando números a cuerpos y cabezas. Igual que llegará la mañana de la boda, y yo estaré plegando cucuruchitos mientras Jon me hace el nudo de la corbata.

Sí, bueno… También en eso hay cosas peores. Por ejemplo, que a María le hubiera tocado ser la niña de los anillos.

Que me voy a casa

El universo a mi alrededor está muy loco y muy alterado. Algo pasa en matrix. Algún mono borracho se ha puesto a los mandos. Anteayer era el gato, luego mi infección renal, después los curas cambiándome la fecha de la función y pidiéndome otra, más tarde la bajada de aguas de la casa haciendo pimba, anoche María haciendo volar palomitas por mi cocina y ahora las tuberías de la pila amaneciendo con un precioso sifón. Es como si calmara un apocalipsis y de inmediato se levantara otro. Menos mal que me ha pillado el fin del mundo de baja laboral. Menos mal que estoy en casa. No quiero ni pensar en tener que administrar todo este chimpún con mis ocho horas de trabajo. Me cago en el 2018. ¿No iba a ser este mejor año que el anterior?

De la fiebre ya mejor. Ya solo febrícula y siempre a última hora de la tarde. Me han prolongado el tratamiento tres días más y el día 9 empezaré con el urocultivo y demás perrerías. Me han renovado la baja hasta el 13, para hacerles frente. Yo estaba todo contento porque el tener más tiempo me permitía poner un poco en limpio este blog, y meterle dibujitos, y audios, y VIDA, pero desde luego ha pasado una semana y por ahora no he hecho más que apagar fuegos (incluido el mío).

Quería haber hecho una viñeta de María ayer destapando la olla de las palomitas en plena ebullición, o una de esta mañana de Jon K. mandándome fotopenes y mensajes guarrillos mientras el obrero tapaba el agujero de la pared de mi cocina con expresión de vaca mirando al tren, pero no he hecho ninguna de las dos cosas. Y aquí estoy. Spoilerándolas.

También iba a utilizar estos días para terminar los 468 libros de este invierno que dejé empezados y a medias, pero tampoco estoy teniendo mucha suerte con eso. Ya llevo tres tardes de quedarme dormido con el kindle encima de la nariz después de pasar tres páginas. Y no porque el libro sea malo, no, que no lo es. Es que necesito volver al papel una temporada. Eso con el papel no me pasa. Creo que la pantalla digital me induce el coma.

Ahora mismo me tomaría un vodkatonic con unos pistachos, levantaría los pulgares desde este patio de butacas en penumbra a todos y todas, y luego me quedaría aquí repanchingado escribiendo que la vida es un caos maravilloso.

La vida es un caos maravilloso. Yeah. Lo es.

Ay

Bueno… a ver que me posicione yo.

Desde la última vez que escribí me diagnosticaron una infección de riñón (otra) y he estado con picos de fiebre muy altos. entre los 38,7 y los 40, que me dejaron unos días entre la vida y la muerte. Nah… es coña. Entre la vida y la vida. Pero algo jodidillo y gastado. Y preocupado, porque estaba ya con diagnóstico y medicación y sin embargo, seguía con fiebre constante. Eso te mastica un poco el cuerpo y la mente, la verdad. Al final me dieron la baja, me dijeron que me armara de paciencia, me citaron para un estudio renal, y hoy por fin he empezado a estabilizarme y a no subir de 38ºC. Habrá que ver por qué he tenido dos infecciones en menos de seis meses. Yo voto por la mala calidad del género Nepomuk. Está claro que no hay pieza que tarde o temprano no se me joda un poquito. Pero bueno… ahora estoy en casa tranquilo, con tiempo para pintar lemures, y para preocuparme por el gatovaca, que sigue diabético y acelerado, y al que aún no he podido empezar a pinchar insulina. Sí, al final se confirmó. Lo que tenía el gatovaca era exceso de vaca con déficit de gato, así que ahora hay que pincharle insulina dos veces al día y confiar en que al pillarle a tiempo, podamos reequilibrarle. Tendríamos que haberle hecho hoy la curva de glucosa, prueba infernal que consiste en pincharle en una oreja siete veces para sacarle gotas de sangre con que poder hacer las mediciones a lo largo de 12 horas, pero no hemos podido porque María le invitó a media barra de mortadela secreta esta mañana temprano, y nos jodió todo el plan. Mañana ya se vuelve a ir Jon, así que tengo dos posibilidades: o le hago la curva de glucosa yo solo (y aquí visualicemos que supone el tener que pillarle, sujetarle, desinfectarle, pincharle, sacarle sangre, medirle y soltarle, en un vis a vis entre el gatovaca y yo) para poder empezar a pincharle la insulina, o le tenemos sin medicar otra semana más hasta el sábado que me pueda ayudar Jon. No sé bien cuál de las dos opciones es la más mejor. El gatovaca es bueno, pero también son 7 kg. de soltadmemalditos cuando algo no le gusta y tiene unas patazas de cazar salmones muy útiles (para él) cuando se trata de escapar a saltos sobre tus huevos.

En fin. Que sí. Que me estoy agobiando yo solito por este lado antes de agobiarme ya directamente por aquel. Pero es que son las nueve de la noche y aún rondo los 38ºC. Nunca se deben sopesar los problemas con fiebre.

Y sobre todo, nunca se deben sopesar los problemas más allá de las seis de la tarde. Nunca. Never. Jamás. Por las mañanas. Siempre por las mañanas. En serio. Hazme caso, Ariel Nepomuk.

Mierdilunes

Llevé al gato al veterinario. Me dijeron que tenía un poco de infección en un lado de los dientes, pero que nada tan grave como para no comer pienso duro. Y les pareció demasiada pérdida de peso para solo dos semanas. Posible… pero extraño. Me cagué, claro. Todo me era muy familiar. Le hicieron una analítica y llevo desde esta mañana esperando noticias al respecto. Me habré asomado al correo unas 54.000 veces en lo que va de día. De forma irracional y absurda porque cuando llega un correo, el móvil me avisa, pero en fin… si normalmente no soy muy espabilado, con miedo lo soy aún menos, así que aquí estoy. Refrescando correo una y otra vez y maldiciendo las newsletters de Nintendo. También me entretengo con todas las gilipolleces posibles. Me he comprado dos camisetas, unas zapatillas (que igual algún día también podría probar a mirar pantalones aunque solo fuera para completarme) y unas gafas de sol. Y una gorra. Yo no llevo gorra. Pero bueno, tampoco llevo gafas de sol, así que… así estamos. También he traducido cinco canciones en inglés y dos en italiano. Las siete me importaban una mierda. Pero si me pongo a trabajar, pienso y si pienso, no existo. 

Como le pase algo a mi gatovaca el dolor va a ser muy grande. Nada que no se supere, claro. Por supuesto. Todo se supera y tampoco quiero ser Laura Ingalls, pero será bastante devastador. Tengo un vínculo especial con el gatovaca. Él lo sabe y yo lo sé. Y no es que yo tenga muchos vínculos especiales con seres vivos en esta vida, así que… no me apetece una mierda restar ninguno. Al menos no todavía. Pero no vamos a anticiparnos ¿no? por ahora me dedico a seguir poniéndole latas blandas y cepillándole cuan majarajá, como si no hubiera un mañana. Si es un gato enfermo, ahora mismo es el gato enfermo más atusado del mundo mundial. Un gato enfermo de concurso. 

Llevo un lunes de mierda. Muy cansado. Ya me he despertado cansado cuando ha sonado el despertador, y mi motivación para ir a dar mis dos clases ahora, es de cero sobre cero. Ni siquiera he traído el monopatín, así que hoy entraré como los adultos normales y recorreré el pasillo con mis lentos y aburridos pies. Y el tipo de la catequesis estará contento, porque no le interrumpiré sus charletas sobre Dios con el rumblerumblerumble de mis ruedas. Me consta que ya se ha quejado más de una vez y más de dos de mi actitud al organizador de eventos. Lo cierto es que no es la más correcta para una parroquia. Yo entero no soy lo más correcto para una parroquia, pero necesito el teatro para mis ensayos generales así que… tanto ellos como yo, tendremos que aguantarnos mutuamente hasta mediados de junio. Cuando me vaya iré a despedirme de él en monopatín. 

La verdad es que todo el mundo en Villadiós está muy revolucionado con nosotros y nuestro ensayo. Supongo que somos lo más emocionante y transgresor que les ha pasado desde que metieron perritos calientes en el menú de la cafetería, porque no paran de asomarse y de sentarse en el patio de butacas a cotillear. Hemos llegado a tener medio aforo lleno solo con los ensayos. El otro día los que acompañan las misas nos preguntaron si necesitábamos música en directo. Me dio un poco de penita cuando los vi ahí plantados con las guitarras, la bandurria y la pandereta, así que puse mi mejor cara de entusiasmo y les dije “¡claro! dejadme pensarlo y ya os diré algo”. No sé por qué coño dije eso. Ya me dirás tú a mí qué puñetas vas a poder bailar con un grupo instrumental de misa. El “qué alegría cuando me dijeron” en versión pop. Y eso siempre y cuando puedas meter el teclado de tu primo, el que anima las fiestas de Benidorm.

Estoy desbarrando ¿no?

Estoy desbarrando.