11-14

Hoy mejor. El sábado se me atascó la glotis y tuve que ir a urgencias. Pasé casi dos días con la sensación de tener algo atravesado en el esófago. Como si se me hubiera quedado un trozo de comida por ahí en medio. Pero el médico de urgencias me hizo unas placas y me extendió una receta de lexatin. “No tiene nada. El síndrome del globo esofágico. Solo es ansiedad. ¿Está pasando usted por alguna época de nervios, stress o tensión?” Yo hubiera tenido que decir “Pues no. Una no. En realidad son veinte en paralelo” pero solo dije “ah…uh… mmmh… quizá” y me llevé a casa mi receta de lexatín que luego ni usé. No quiero ansiolíticos. Es una puerta que no cruzaré nunca. No quiero terminar como mi madre. No mientras pueda evitarlo. Así que me limité a respirar hondo, hacer mucho ejercicio físico, escuchar música y fumarme medio peta. Cuando llegó la media tarde, la bolsa esofágica había desaparecido. Jon me acurrucó en su camiseta y me echó una minicharla. Se culpó un poco de lo que me había pasado (aunque en realidad no tuviera ninguna culpa). “Te he saturado de información estos días, Ari. Perdóname. A partir de ahora iremos más despacio. Nos moveremos por tramos.” No es mala idea. Me gustan los tramos. Te dejan tu sitito para tomar aliento antes de seguir subiendo.

Nuestro próximo tramo será el jueves. Firmamos arras y señalización de nuestra nueva casa. Jueves de San Valentín y cumpleaños de Simón, así que, como estaremos firmando casas donde Cristo perdió la chancleta, hemos pasado el cumpleaños al sábado y San Valentín a… hoy. ¡Feliz Día de San Valentín!

Tengo regalos, cava, tabla de quesos, gambas y pastel. En realidad lo tengo TODO para que hoy sea día 14 de Febrero.

Sí, sí, ya… Qué cursilada, qué estereotipo, qué prefabricado, qué blablabla. Lo que quieras. Pero me encanta. He empaquetado mi regalo, le he puesto una tarjeta, he escrito una cosa muy ñoña, y le he plantado un lazo verde. Con dos cojones. YO QUÉ SÉ POR QUÉ. Porque sigo estando en este lado, supongo. Aquí, donde alguien me acurruca contra una camiseta cuando tengo bola de ansiedad.

Ansiedades

Arihistamínico

Alma

Hemos estado mirando los planos de la casa nueva y me he ilusionado bastante. Luego se ha hecho noche cerrada, me ha dado la angustia absurda y me he preocupado por si no me acostumbraba a vivir en un sitio tan apartado y tan grande (ya ves tú. Yo, que he llegado hasta a dormir en un fotomatón). Después, tras la cena, me he puesto a mirar vinilos para la buhardilla y me he vuelto a ilusionar y a ponerme contento. Y más tarde he pensado en cómo vamos a coordinar lo de la pintura con la mudanza, y me ha vuelto da dar la angustia.

Vivo en perpetua montaña rusa. Entre maravillosomaravilloso y aymadreaymadre. Me dice Jon que me concentre en el próximo mes de julio. En el día de mi cumpleaños, cuando ya todo haya pasado y hayamos dejado el mogollón atrás. Que nos visualice sentados en la mesa de nuestro jardín, mojados y felices de piscina y haciendo una barbacoa para celebrarlo. Y yo cojo mi agenda-carpeta llena de papelotes y cuentas, golpeo el bolígrafo contra la tapa clic-clac y le digo que se nos ha olvidado meter la barbacoa en el presupuesto. Y él se ríe, sacude la cabeza y dice “Aaaaay, Ari…”

Alguien me ha dicho antes que igual necesito un psicólogo, pero no. No tengo yo personalidad apta para psicólogos (aunque decir esto pueda ser usado en mi contra). Tengo la ventaja de haber pasado mucho tiempo solo y haber podido conocerme en profundidad, así que ahora soy un imperfecto que se perdona. No pasa nada. Si me angustio, pues me angustiaré. Recurriré a las cosas que me desangustian. El sexo. Bailar. Mozart. Pintar las paredes. Los vodkatonics.

Ya. Eso último me ha quedado chungo. Lo sé.

Hoy le ha dado un tirón a uno de mis alumnos en un abdominal por un mal developpe. Se ha quedado doblado de dolor y cuando he intentado masajearle para estirarle el músculo, se ha contraído aún más, le ha faltado la respiración y se ha puesto nerviosísimo. Ha empezado a hiperventilar y a decir que se ahogaba, así que al final me lo he tenido que llevar fuera, donde las taquillas, para que se calmara. Allí se me ha puesto a llorar como un niño y me ha contado que tenía mañana examen de filosofía (¿?) y que lo iba a suspender porque aunque lo entendía todo, no era capaz de ponerle palabras. Me ha dado penilla. Para pasar de Platón a un abdominal jodido hay que tener realmente muy mal día. Cuando ya se ha calmado un poco, ha dicho “la gente se cree que a nuestra edad todo está guay, pero tenemos mucha presión”. Me han dado ganas de decirle “ay, muchacho…de presiones me vas a hablar tú” pero era su crisis y no la mía, así que solo le he dado palmaditas de ea-ea, le he devuelto el abdominal a su estado normal y le he ayudado en el autobús con los apuntes, explicándole el mito del carro alado y la escisión del alma irascible y el alma apetitiva. Creo que el pobre no ha entendido una mierda. Ya te conté que por las noches tiendo a explicarme como un libro cerrado. Aún así me lo ha agradecido mucho y se ha despedido como la reina de Inglaterra. Moviendo la manita desde la ventanilla.

Me caen bien mis alumnos. Estoy contento por no tener que dejarlos. Voy a gastarme en gasolina más dinero del que voy a ganar con la clase, pero ya sabes. A veces no se trata solo de eso.

Ser Jon

Ya están firmadas las arras de la venta de nuestra casa y ya tenemos pactada la compra de la nueva. Todo va deprisa y en buen orden. Y en mitad de todo ese orden, estoy yo permanentemente al borde de un ataquito de ansiedad.

Todo me parece un mundo. Ante cualquier novedad, yo entro en pánico. “Los compradores quieren hablar con el presidente de la colonia…” “OH DIOS MÍO, VAMOS A PERDER LA COMPRA ESO NO ES NADA BUENO, LO SABÍA, SABÍA QUE ALGO NO SALDRÍA BIEN.” “Creo que voy a ofertar por esa casa 330.000…” “OH DIOS MÍO, VAMOS A PERDER LA VENTA, ESO NO ES NADA BUENO, LO SABÍA, SABÍA QUE ALGO NO SALDRÍA BIEN.” “Vaya… parece que va a llover…” “OH DIOS MÍO, VAMOS A PERDER LA VENTA Y LA COMPRA, LO SABÍA, SABÍA QUE ALGO NO SALDRÍA BIEN.”

Así todo el día.

Me gustaría poder decir que no soy yo solo. Que la desubicación mental es algo normal y que el resto de la tribu también está igual de atacada y nerviosa con la situación, pero mentiría. Soy yo y solo yo. Hasta Pedro y su compulsivo “yo también voy a la casa nueva” parece bastante más estable que yo. Yo no duermo. No como. No rindo en el trabajo. No me concentro en los estudios. Yo no nada. Nada en absoluto. Solo me despierto y me angustio hasta que me vuelto a acostar y me sigo angustiando. No me caigo nada bien estos días. Creo que no estoy sabiendo mantenerme a la altura de las circunstancias. Porque vienen muchos cambios. Muchos. Estaré lejos de la ciudad. Habrá montañas en la ventana de mi cocina. Tendré horarios nuevos. Pueblo nuevo. Vecinos nuevos. Espacios nuevos. Horarios nuevos. Ya no habrá militares alrededor, ni cuarteles. Tendré que recalcularme como un navegador GPS. Y tendré que hacerlo en una casa llena de cajas, con tres niños que necesitarán de mi coordinación, así que ya debería haber empezado a dosificarme la angustia, en lugar de ir por ahí derrochándola como un psicótico.

Y a la vez que digo esto, mastico y destrozo el capuchón de un bolígrafo como si no hubiera un mañana.

Y Jon. En el otro extremo del ring. Sonriendo con su gesto canalla de ceja levantada. Pasando de todo. Tranquilo. Pachorriento. Improvisando cada movimiento y saliendo vencedor por sus cojones. Yo le digo “hay que ir calculando el presupuesto para pintar esa casa” y él me dice “¿qué casa?” Siempre así. Conectándose y desconectándose a voluntad. “¿A qué hora nos levantaremos allí por las mañanas?” “Ya lo iremos viendo.” “¿Qué carretera nos vendrá mejor para bajar a trabajar?” “No sé. Ya lo veremos.” “¿Cuándo empezamos a hacer la lista de lo que nos llevamos?” “Pues el día antes de irnos.”

Jon cree que el único problema con peso para desesperarse en esta vida, es la muerte.

Necesito ser Jon. O empiezo a ser Jon, o pronto me dará un chungo.