Crónicas de Mudanza

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Hola. Qué perro, dos días de baja y no escribir. No tengo perdón ¿no? Sí, estoy de baja. Por los mareos. Me vienen y me van, me van y me vienen. El viernes tengo cita con el otorrino, pero yo voto por el simple y puto stress. Ayer en el metro casi vomito y hoy he pasado unas dos horas de diversión uyuyuyaymadre mientras me escoraba hacia la derecha por el pasillo. Mientras, la baja médica y en casita. No te mentiré. Me viene de coña para hacer papeles. He solucionado un montón de cosas y dejado listas otras. Eso me permite dormir un poco mejor por las noches. Creo que necesitaba poner un poco de orden en mi vida.

Ya estamos desmontando la casa y he hecho 20 cajas de libros. Me sorprende Jon no queriendo llevarse casi nada. «Las camas nuevas, el sofá nuevo, las estanterías nuevas…» Antes se me erizaba el pubis con lo del gasto. Ahora ya le dejo. He descubierto que es menos cansado. Y que siempre suele tener razón intuyendo presupuestos. Debe estar más acostumbrado que yo a lo de desmontar y montar casas. Hasta hoy toda mi mudanza consistía en meter ocho calzoncillos en una maleta, el gato en una gatera y tirar por la escalera. No sé cuándo empezó a cambiar mi perspectiva. Pero bueno, bien. Supongo que la vida tiene unas fases para cada edad, y tenemos que ir pasándolas todas. Este julio cumplo 30 años. A mis 18 jamás pensé que llegaría así a mis 30, así que es muy posible que a mis 40 ni me imagine cómo llegaré realmente a los 50. Es lo bueno de lo malo de la vida. Que planificarla es de tontos.

Pedro sigue sin estallar. No sé si preocuparme por no tener que preocuparme. Por ahora solo está felicísimo por tener un cuarto propio donde poder explayarse en su TOC organizativo. Hace 28 esquemas al día de cómo quiere colocar su habitación y cada día, cambia dos centímetros en el plano. Le ofrecimos comprarle una cama nueva y se cerró en banda. «Me gusta mi cama.» «Bueno, pero un colchón nuevo te gustaría más…» «Me gusta mi cama.» «Ya, pero podemos dejarte el cabecero y comprarte otro…» «Me gusta mi cama.» «Pero si te ponemos una cama más grande…» «Me gusta mi cama.»

Le gusta su cama. Vale. Ok. Entendido. Entre la cama y la vida, elige la cama. NO SIN MI CAMA.

Jon está feliz por su destino nuevo. Verle feliz me hace feliz. El amor era esto ¿no? porque incluso a pesar de ser un señor propietario, a mí todo este caos me está dejando la salud un pelín reciclada. Pero aún así, soy feliz cuando le veo iluminarse. Y habla de la nueva casa, y se le estiran los ojos hacia los pómulos y se muerde desde un lado el labio inferior.

Jon está feliz y constructivo y yo estoy hasta los huevos de hacer cajas. Pero bueno, no pasa nada. Al fin y al cabo solo me quedan unos… 456.287 libros.

No. No voy a tirar ninguno. Ya te lo he dicho. El amor era esto.

Hacienda me debe 34€ . No quepo en mí de gozo.

Ferlosio y el cartón

Ha muerto Sánchez Ferlosio y leerlo en las noticias me ha traído de vuelta un sabor amargo. Siempre odié a Sánchez Ferlosio. Por un azar completamente absurdo. Simplemente, una persona relevante en mi adolescencia a quien yo aborrecía profundamente, me regaló El Jarama por mi catorceavo cumpleaños. Y con mi odio hacia esa persona, se arrastró mi odio al libro y de ahí mi odio al escritor. Agrupando el otro día mis libros de arriba para empezar a hacer cajas, encontré de nuevo aquel libro dedicado en su contraportada, y pensé en echarle una cerilla y olvidarme para siempre él, pero me dio pena. Realmente, ni Ferlosio ni El Jarama tienen la culpa de nada. De hecho, en realidad, es un gran libro de un gran escritor. Así que igual lo que debería hacer es volverlo a leer desde la perspectiva del Ariel actual, ese que ya no tiene miedo de apagar ninguna luz, y matar al hombre del saco de una puñetera vez.

Bueno… ahí lo he dejado, con su portada verde moco y su dedicatoria escrita con estilográfica. Igual cuando haya colocado la última caja de mudanza en la casa nueva.

Ahora mi obsesión son las cajas. Las voy recolectando de todas partes. Contenedor que veo, contenedor que asalto. Cualquier día salgo en los periódicos linchado por algún rumano trapero por un quítame-allá-ese-cartón. Pero es que necesito unas 120 cajas (así, a ojíbiri) y he logrado recolectar 28. No te digo ná lo que me falta todavía por conseguir. Esto parece la gymcana del deshecho. Cuando las tiendas cierran, voy como un perrillo olisqueando por las puertas para ver si alguien ha sacado algo que me pueda servir. Jon es mucho más pragmático. Dice que compremos 5 ó 6 packs en Amazon y tirando millas. Pero es que me cobran euro y pico por cada caja y me parece el timo de la estampita. Por no hablar de las empresas de mudanzas que llegan a cobrarte hasta dos y pico. No pago dos euros por una mierda de cartón ni jarto vino. Así que, nada… hasta que me pase lo del linchamiento rumano, sigo con mi asalto de contenedores.

No se me han quitado los mareos. Ya no son tan intensos como para irme al suelo, pero sí me dan un uyuyuy de vez en cuando. Hoy he ido a trabajar y el estar mirando la pantalla del mac me ha sentado fatal. Luego he tenido que coger el coche para ir a la central y me ha costado un huevo ir en línea recta. He tenido que parar y llamar a Jon para que viniera a buscarme y eso ha sido como un «susto o muerte» porque me ha echado una bronca por coger el coche, que solo le ha faltado azotarme con una vara de avellano. Mañana tengo cita con el médico del insalud para llorarle penas y pedirle las recetas. No sé bien qué demonios decirle. «No puedo trabajar, pero no quiero coger la baja. Haga su magia, maldito hombre blanco.»

Creo que lo único que me pasa, es que estoy estresado de tener estrés.

Veo Veo

El niño del otolito

Esta mañana, al sonar el despertador, he pensado «bueno… venga, viernes. A lo mejor tengo que operarme la mano. Ok. No pasa nada. Positivicemos. Vamos a trabajar, que tengo mucho que hacer hoy» y entonces, me he ido a levantar y uououououoooooo… habitación giratoria y al suelo.

Vértigo periférico. Segunda vez que me pasa. Los putos otolitos. Pienso «no pasa nada. Es el stress. Llevo a los niños a clase y luego… uououououooooo…» Más mundo giratorio. No llevo a los niños a ninguna parte. Solo vomito el zumo de naranja y a urgencias en taxi (porque Jon sigue pateando las Áfricas). Dogmatil en vena, primperán en vena y nebulizador en mascarilla (esto último no sé muy bien por qué. Me verían acelgoso). Dos horas en camilla como un pringao, y andando para casa a acostarme por el resto del día, con todas mis ochocientas cosas pendientes de hoy dejadas sin hacer. En serio, dímelo. ¿No me ha mirado un tuerto o algo? ¿un vudú? ¿una maldición coreana? no sé… ¿algo? porque esto ya empieza a ser un poco surreal. ¿Ahora vértigos? ¿En serio? ¿detrás de la alergia, la gripe, las llagas, la contractura y mi dedo engatillado? ¿luego qué? ¿lepra? ¿un poco de tifus que dé color a mi vida?

Ya. Es el puto stress. El susto de los 18.000€, los agobios de los notarios (que por cierto, aún me quedan dos), la angustia de los presupuestos…Mi cuerpo flacucho y mi hipotálamo descompensado a base de panteras rosas me está diciendo que basta. Que me dedique a la meditación, las semillas de chía y el crossfit, justo precisamente cuando tengo una neurona en Moscú y otra en Logroño.

Lo bueno de lo malo de todo esto, es que ya me río. Soy así. Cuando toco fondo, en lugar de hundirme, me descojono. Me imagino perfectamente muriendo en una hecatombe nuclear diciendo «¡corre Jon, saca la parrilla y las salchichitas!» porque sí. Porque cada uno tiene sus vías de escape y la de los Serlik es el humor. Mi puto padre también lo tenía. Era un capullo, pero era un capullo con el que te reías. Al césar lo que es del césar. Pues esto es igual. ¿Falta que me lluevan ranas y que me empiecen a morir los primogénitos? pues ea. Hagamos unos chistecitos.

Me han llamado los del aire acondicionado y los de la pintura. Ya he concretado con ellos una fecha para que vayan a pintar e instalar. Me ha molado dictarles la dirección de la nueva casa. Ha sido como darle identidad. La nueva casa. Mi casa. Me han dicho «¿Nos dejarán las llaves o estarán ustedes ya viviendo allí?» y he dicho «mi marido y yo estaremos ya allí.»

No sé durmiendo sobre qué, ni lavándonos dónde, pero allí estaremos.