Sandía y lentejas. He recuperado un kilo. Estoy bien, estoy bien, estoy bien…

70 mgrs. de predinsona. Todo el día de la ceca a la meca, para evitar que la pierna se me hinche. Yendo de acá para allá, tric-troc-tric-troc como el pirata de la pata de palo, con ojo de vidrio y cara de malo.
Ya voy metiendo el culo adecuadamente en pantalones que no son de talla infantil. Todo un logro para mi culo, el poder volver a merecerse el nombre, y toda una alegría para su dueño, el poder volver a comprarse ropa sin dibujos de animalitos. También me compré una chaqueta con capucha talla XXL para esconderme en ella. M. dijo que parecía un rapero indigente, así que para contrarrestar el look, le añadí un cinturón de cuero de 20 euros. M. dijo que estaba mucho mejor, porque así al menos parecía un rapero indigente con veinte euros menos. M. es realmente ingenioso cachondeándose de mí. Una pena que no pueda ganarse la vida con eso.
Me han quitado la morfina y han empezado a ponerme parches de metadona para pasar el monazo. A veces duele un poco y a veces mucho. Cuando duele mucho, pienso en el retorno de mi culo para estar contento, y hasta me lo miro en el espejo. Nunca un culo hizo tan feliz a nadie.

Ehm… vale… mañana reviso esa frase.

Churros. No queda vergüenza torera en este pobre cuerpo serrano. Ciática, ciática, ciática… ay….

He vuelto. Había un jardín con un pozo y un columpio y una escalera donde me torcí el tobillo por hacer el idiota. También había una piscina natural con el agua bajo cero, que te entumecía las piernas, y un chico con una camiseta del pato donald que todas las mañanas al pasar por la puerta del bar, me decía “eh rubio ¿te echas un billar?”

Si yo fuera parte de una película habría jugado al billar con él y le habría ganado en cuatro golpes, mientras cuatro chicas lugareñas nos observaban y se enamoraban perdidamente de mí. Entonces alguien habría preguntado “¿pero de dónde ha salido este?” y otro alguien habría respondido “¿no le has reconocido? ¡es Flipper Macmanagan! ¡el campeón mundial de billar americano! está pasando unos días de descanso en este pueblo de mierda, mientras se recupera de la muerte de su amada esposa…”

Bueno, puede que “pueblo de mierda” no hubieran dicho… En todo caso, da igual porque no soy Flipper Macmanagan, y no he jugado bien al billar en mi puta vida. Creo que Teo tiene todavía la cicatriz que le hice en la cabeza con aquella bola que, los dioses sabrán cómo demonios, lancé disparada hacia arriba en parábola perfecta, con rajada de tapete en triángulo escaleno.

Tengo que escribir. Tengo que escribir ¿no? sí… tengo que escribir.

Me veo en la cam y me mimetizo con la puerta del armario. Tengo color de tejado. De moro chungo. De tipo que levanta el cartelito de stop en las obras de carretera.

Tengo que escribir. Me voy a escribir.

Melón. Y melón.

El gato se sube a mi barriga desnuda y la amasa con las uñas durante largos minutos. Suele hacerlo siempre como muestra de cariño, pero cuando llevo puesta la camiseta me resulta mucho más agradable, claro. Ahora tengo la piel del vientre surcada de puntitos, como el acerico de una abuela. Cuando por fín me ha liberado, llevaba el minipene fuera (el gato, no yo…). Creo que es lo más cerca que he estado del sexo en meses.
Hoy he llorado. No sé por qué. Estaba frente al portátil, ordenando archivos y me he puesto a llorar. Sin nada específico que lo haya motivado. Simplemente me ha venido la pena desde la punta de los dedos, como cuando era pequeño y he dejado que subiera hasta la primera convulsión de los hombros. No me voy a poner a buscar motivos. Hay muchos. Pero son bajones que no debería permitirme, porque para sostenerme sólo me tengo yo y nadie se autosostiene sobre lágrimas.
Doy gracias al demonio porque no hubiera nadie en casa. Ahora mismo me siento bastante idiota. No sé… ojalá las cosas fueran más felices y me llevaran solas en la recta final. Ojalá se pudiera prestar la felicidad, como si fuera una chaqueta.

No voy a escribir más hasta que baje de la sierra. Nicolás tendrá que esperar en el baúl de los recuerdos. Qué buen sitio para dejarle.

Pollo. Ensalada de pasta dura. Dolor de huesos.

Voy a marcharme. Pasaré unos pocos días en la sierra y meteré las piernas en agua de manantial. Callare la boca de los dolores y ordenaré los papeles, los diarios, las ideas, los deseos, los planes… A ver si en el trance hago las paces con el portátil y con los pelos de coliflor. A ver si el módem usb prepago es tan módem usb prepago como dice la publicidad del módem usb prepago. A ver si no te enfadas mucho conmigo. A ver si me quieres igual que siempre. A ver si descubres que por fín soy yo el que te dibuja un cordero.
No sé si te lo he dicho alguna vez pero… no me gusta El Principito. Ni Juan Salvador Gaviota. Ni Los Renglones Torcidos de Dios. Ni la mierda esa del oso cavernario. Ni Los Pilares de la Tierra. Ni Amelie. Ni Juno. No sé si te he dicho alguna vez que odio a Juno. Que le cogí una manía tremenda con sólo diez minutos de película. No sé si te he dicho alguna vez que nunca me gusta nada de lo que le gusta a todo el mundo y que eso me provoca el castigo del silencio.

Ya… ya sé. Mucho silencio no guardo, no…

Tostadas y café. Con 1 k. de repostería martínez en la cocina. Tengo motivo para quererme.
Sigo con el corazón un poco encorchado. Conozco estas etapas. Yo las llamo las de la inercia, porque todo lo hago siguiendo el instinto básico de animalito. Es como si las emociones no me traspasaran. Me levanto porque me tengo que levantar, como porque tengo que comer, me muevo porque me tengo que mover… No hay pasiones, ni líbidos, ni odios, ni miedos, ni deseos. Nada. Pedazo de carne con ojos, viviendo por inercia. Algo parecido al sueño con somníferos, pero en el lado de la consciencia. Debe ser que me estoy autoblindando sin querer, al preveer que me toca hablar de Nicolás.
Me he cortado el pelo de la nuca de la forma que lo hacen los irracionales. Es decir, cogiendo unas tijeras y trisca-trisca-trasca. No sé qué tipo de escabechina me habré hecho, pero M. ha puesto ojos de pánico cuando me ha visto. Mientras me lo igualaba con la maquinilla no paraba de preguntarme por qué demonios hacía cosas así. No sabe que soy un valiente cuando se trata de automutilarme. Aún tengo la marca leve del nombre que me escribí en el antebrazo con la aguja de un compás, la primera vez que me enamoré de un gilipollas.
Como sólo me he cortado la nuca, los rizos se me han encogido hacia arriba, y ahora mi cabeza es una especie de trozo de coliflor. Mola todo. Me encanta verme. Me río mucho, y salgo a trocitos de mi vida por inercia.