Mi último apunte para ti antes de irme a la cama

En uno de los capítulos de la serie tonta esa que me estoy tragando, un hombre dice “Hay mujeres preciosas en Nueva York, pero al final siempre terminas con la que más te hace reir”. Creo que es una verdad absoluta porque yo sólo quiero estar con quien más me hace reir. Eres tú, por si no lo sabías. ¿Te acuerdas de los podcast? tú hablabas, pero yo sólo reía compulsivamente como una comadreja esquizofrénica. Pues eso. Que me alegro de que en ese sentido no hayamos cambiado nada.

Buenas noches. Se te quiere.

Joder si se te quiere… buf…

Vaqueros y gñigñi

Tengo mucho trabajo. Mucho, mucho trabajo. La gente normal cuando se sobrecarga de trabajo hace veinte cosas a la vez, resopla, se queja, y cría úlceras de estómago. Yo, simplemente, me bloqueo. Pongo cara de besugo y me quedo en trance mirando como se van acumulando los papeles en la mesa, mientras emito un pequeño ruidillo, parecido al que hacen los hamsters cuando tienen miedo. Algo como gñigñigñi…
Llevo exactamente cuatro días de gñigñigñi. Me han estado entregando tres manuales por día. Eso son doce manuales. Tres mil seiscientas páginas nuevas que tengo que maquetar. He pensado que cuando llegue a cuatro mil, las echaré en la destructora de papel y luego saltaré dentro.

Quería haber vuelto a la vaguada para comprarme los vaqueros perfectos en la tienda perfecta con el dependiente perfecto, pero como llevaba el reloj pegado al culo por exceso de trabajo, sólo he podido volver al H&M a probarme los squik-split-spink o como coño se llamen, con la peor categoría de dependiente que me podía haber tocado: el sincero. Ese que te mira con cara de asco y dice “buf… es que ese modelo le va mejor a un chico más alto…”
Me hubiera gustado colgarle los squik-split-spink del piercing del belfo, pero me hubiera faltado longitud de pierna para correr lo suficientemente rápido, y no estoy ahora como para perder otra muela.

Lo del vaquero perfecto, empieza a parecerme la piedra filosofal. He leído en nosedónde, que en Nueva York hay máquinas expendedoras de Levi’s 501, dónde metes el dinero, introduces tus medidas y pim-pam-pum, te sale el vaquero por el otro lado. Fascinante ¿no? al menos para el que esté bien hecho. Yo estoy seguro de que terminaría con ocho vaqueros en cada brazo y dando golpecitos al cristal de la máquina diciendo “¿oigaaaa? ¿hay alguien ahí dentro? que a estos también les sobra piernaaaa…”

Qué difícil es escribir con el gato en las rodillas

He ido a cortarme el pelo. Me lo ha cortado otra vez el peluquero cubano de Princesa. Siempre intento huir de él como Jonás de la ballena y él siempre me encuentra. No importa que me oculte detrás de una revista. Aunque me escondiera detrás del kiosco entero, me localizaría igual. Tiene un radar especial para arieles acojonados, o algo así. Entre por donde entre, y me esconda donde me esconda, siempre viene caminando desde el fondo de la peluquería a grandes zancadas y gritando “Abel shiiiico ¡te cojo ahora misssshmo! ¡hoy te lo corto desssshfilado que esh lo que she lleva. Y alisssshamos como Ssshak Efron… ¿eh?”. Y yo digo que no-que no, y él dice que sí-que sí. Y yo digo que sólo cortar, y él dice que también peinar. Y yo digo que no llevo suficiente y él dice que invita la casa-Abel. Y yo digo que me llamo Ariel y él dice que claro, que Abel, que eso es lo que ha dicho.
Y yo me rindo, porque eso es lo que hacen los Abeles del mundo. Rendirse y dejarse alisar los rizos por peluqueros cubanos con radares cósmicos.

Y nada, pues eso. Que así estoy yo sin ti, mientras escribo esto sentado al ordenador. Como una especie de híbrido mestizo resultante del cruce entre Ssshak Efron, Andy Gibb y un lego de star wars.

No sé si podrás soportar tanto sexy.

Un recuerdo, dos, tres…

Encontré algunas de las cartas que nos habíamos escrito J. y yo hace cinco años. Me dió un bajón tonto de melancolía. A este paso, tendré ochenta tacos y seguiré con mis amarillentos papelotes chorras y mis bajones meláncolicos. Una mierda, vaya. Sobre todo porque yo quiero ser un James Bond duro, impertérrito, frío y calculador, y a lo máximo que llego por ahora es a Espinete ñoño, blandengue, pedorro y mariquita.

Todos los días miro la página del segundamano buscando anuncios de gatos/perros ciegos, cojos, mancos o feos para acoger. No sé por qué demonios hago eso, porque no tengo ni dinero ni sitio para acogerlos (de hecho no tengo ni sitio para acogerme a mí mismo), pero no puedo evitarlo. Si todo el mundo tiene una obsesión idiota, la mía son los animales tullidos. Miguel dice que es paternalismo frustrado porque nunca tendré hijos. Yo le digo que no. Que sólo es un trauma infantil. Y le cuento la historia del parto de mi gata Fiora y mis seis años. Los gatitos mínimos como ratones, apelotonados alrededor de la madre y mi abuelo, metiéndolos con parsimonia uno a uno en una bolsa, y caminando hacia el establo, apoyado en la garrota. Una bolsa de gatos diminutos que se revuelven y chillan. Yo detrás de las piernas de mi abuelo, fascinado con el vaivén de la bolsa de gatos en su mano derecha. “¿A dónde van los gatos, nonno? ¿a dónde los llevas?” Mi abuelo que se para junto al murete, escupe un taco y golpea la bolsa contra la piedra. Un golpe seco. Tomp. El ruido de los maullidos frena de golpe. Nada. Sólo el crujido de mis pies sobre la paja, y nada más. Silencio ensordecedor y la bolsa que se va tiñendo de rojo, muy poco a poco. Y yo quedo allí. Muy quieto. Con los ojos muy abiertos fijos en la bolsa roja y muda.

Ya no puedo masticarte

Ayer me di contra la puerta del armario de la cocina. Ese armario del que Miguel siempre me dice “No dejes la puerta abierta que te vas a dar” y con el que yo siempre respondo “Que sí, joder ¿te crees que soy tonto?”

Pues eso. Que como tenía la boca abierta para el tecreesquesoytonto, me hinqué el pico en la muela y me la partí. Crojs. Media muela a tomar viento. Miguel no daba crédito. Sólo abría mucho los ojos y daba vueltas por la cocina agitando los brazos y diciendo “no puedo creerlo-no puedo creerlo…”, mientras yo espurrutaba sangrecilla sobre las tostadas como un vulgar bote de ketchup. Aún así fue bueno conmigo. Me acompañó al dentista sin reírse y sin decir ni una sola vez “ya te lo advertí”. Tampoco hacía falta que lo hiciera. No me había sentido tan gilipollas desde aquella vez que se me olvidó poner el peinecillo a la maquinilla y me afeité el cráneo al cero.
Quinientos euros por una muela de mentira. Quinientos. Porque resulta que las mías no tienen raiz y no se pueden reconstruir. El dentista miraba las radiografías una y otra vez y repetía “no puedo creerlo-no puedo creerlo…” Así que ayer fue el día de las incredulidades y yo no soy sólo un gilipollas. Soy un gilipollas con muelas de leche.

Ahora tengo medio labio hinchado y morado, y todos por la oficina me miran como diciendo “era de esperar que algún día alguien le partiera la boca…”

A lo mejor ha sido otra vez mi kharma chungo por haber llamado bola al gato. Al final tendré que plantearme lo de ser políticamente correcto, si quiero llegar entero al 2011.