¿Por qué ponemos títulos a los post?

Hola Yissuh. Hoy he matado al monstruo de la bandeja con chocolate y pipas de calabaza. No está mal para no tener superpoderes ¿no?

He ido a clase después del trabajo para sentirme chico normal. Al salir de Latín, me he cruzado por el pasillo con el niñato gilipollas ex-encantador de hace dos post. Yo iba haciendo un globo de chicle y al pasar por mi lado me lo ha estampado en las narices. Mi primer impulso ha sido de patearle el culo, pero luego he recordado que soy bajito, flaco y demasiado joven para vivir sin dientes, así que me he limitado a poner cara de perro chihuahua. Tú no lo sabes, pero no es nada divertido ser bajito en una generación de altos que te estampan globos de chicle. Todos los dictadores son bajitos. Creo que se nos va agriando el carácter a medida que avanzamos en años y vamos dejando de oir esa maravillosa frase: “Tranquilo, aún tienes que crecer un poco…”
Por mi parte, no hago más que acumular frases “aún-tienes-qué”. Creo que un día de estos me despertaré en medio de un gran ¡flops! y de pronto tendré altura, mandíbula, vello en el pecho, barba, musculatura en condiciones…
Por ahora sigo mirándome al espejo y viendo al enano imberbe que cría gatos y pasea la autoestima dentro de un globo de chicle por los pasillos de la facultad.

Mh… me he comido las semillas de lino con el queso quark. Ya no me van pareciendo tan repugnantes. Ahora están en grado asqueroso-2. Mañana quizá en asqueroso-1 y pasado… en aceptable. Ana me ha preguntado qué era eso que tomaba por las mañanas y le he respondido: “Alpiste para periquitos”. Ella ha dicho “ah, ok.” y ha continuado mirando los dibujos animados, tan pichi.

Creo que para Ana soy una especie de microcosmos surrealista dónde cualquier gilipollez es posible y plausible.

Me encanta este color

El de los títulos. ¿Ves? Es mi azul favorito. Tengo vaqueros de ese color. Zapatillas de ese color. Pisapapeles de ese color. Tengo hasta un edredón de ese color. Cuando me enredo entre azulgrises me siento mucho mejor. Como metido en el falso cielo nocturno de un teatro kabuki.

No come nada, y es como la pescadilla que se muerde la cola, porque la química no le deja comer, a la vez que le exige que coma. Cada tarde le llevo golosinas de mentira. Uvas. Queso gallego. Colines de pipas. Chocolate negro. A veces funcionan y a veces no. La comida del hospital no ayuda nada. No te imaginas lo que es. Acelgas frías, puré de zanahoria insulso, la misma ternera triste nadando en extrañas salsas gelatinosas… Cada vez que levanto la tapa de la bandeja, la cierra corriendo como si algo se escapara de dentro y le mordiera el ánimo. De todas formas, no escribiré mucho más sobre él, porque siento que le traiciono de alguna forma. Me doy cuenta que no está bien adoptar las miserias de los demás como propias y mucho menos exponerlas en el atril de un blog. El cariño no me excusa, así que le dejaré en barbecho, y mientras seguiré inventándome golosinas de mentira para matar al monstruo caníbal que se esconde bajo la tapa de sus bandejas de hospital.
La pierna me vuelve a doler un poco. No pasa nada. Mi donante de rótula me recuerda que sigue ahí. “Sigo aquí y reclamo mi rodilla chaval, así que deja esa sonrisita estúpida y andando al botiquín…”

Mi diario gris se ha parado en Maruk porque me duele volver a recordar su desenlace. Tú ya no lo lees, así que en estos momentos tendrás cara de paisaje con interrogación. Bueno… pues Maruk era uno de esos chicos que nacen condenados a perder. Habrás conocido alguna persona así. Todos nos cruzamos con alguien así alguna vez, incluso a veces en el espejo. No. Tú no lo eres, no te pases de listo. Ni yo tampoco. Sólo escribirte esto y que tú lo leas, ya evidencia que tú y yo no hemos perdido. Y no me importa lo que digas al respecto. Es así y basta. Hay una diferencia enorme entre ser un llorica y ser un perdedor. Sobre todo porque los perdedores nunca son conscientes de que lo son.
Este fin de semana retomaré los viejos diarios, por si acaso los leyeras. Sé que eres un poco tramposo. Lo sé y me lo callo, porque ese es uno de tus mejores atractivos. Y me fascina, claro. En realidad, me fascina todo. Hasta cómo cantas La Golondrina.

Bueno, vale… eso no.

Paréntesis para Jesús

No te imaginas los días tan extraños que estoy pasando. Entre la euforia y la depresión, la furia y la calma, el frío y el calor, la esperanza y el desvelo. Días de esos que luego no sé cómo meter en mis diarios sin que suenen a chirrido de vencejo. Sin embargo, hoy desempolvo un título para recordar que son azules, y para decirte que he descubierto varias cosas tontamente importantes. Atiende.

1. He descubierto que un tipo que me parecía encantador, en realidad era un niñato gilipollas, y que un tipo que me parecía un niñato gilipollas, en realidad es encantador.

2. He descubierto que prejuzgo y me equivoco siempre, precisamente porque también soy un niñato gilipollas.

3. He descubierto que cada vez que pronuncias mi nombre, freno en seco y retengo el aliento para escuchar con detalle como dejas la lengua sobre el paladar para deslizar la última L.

4. He descubierto que eres la única persona que pronuncia mi nombre completo y que eso me enamora más que lo del humo del cigarrillo a través de la risa.

5. He descubierto que eres lo único que importa. La vuelta a casa. El nido. El calorcito. La seguridad. El camino despejado por la acera donde da el sol.

6. He descubierto que eres mucho más sabio que yo y que en el 95% de nuestras discusiones, llevas la razón. Y que por eso, te odio un poco primero y te quiero un mucho después.

“… aunque yo siempre sintiera, porque yo de verdad lo sentía, sentía… que me pertenecías.”

7. He descubierto que me perteneces. Que te pertenezco.

Pan con aceite, sal y pistachos. Empiezan mis combinaciones surrealistas.

Hoy algo mejor. Incluso se ha levantado un poco y ha caminado los ocho pasos hasta el baño. Le han subido la dosis de calmantes. Cuando le ponen la inyección la expresión de su cara es casi mística. Si no tuviera el corazón hipotecado hasta las cejas por el hombre que levanta una ídem, miraría de ligarme un farmacéutico. En esta perra vida, nada mejor que estar del lado de los que tienen acceso a la química.

Y hablando de acceso a la química… tengo que ir pensando como conseguir marihuana para cuando empiece su quimioterapia. Hablando antes con Á. le he dicho que deberían legalizarla de una puñetera vez y dejarse de falsos moralismos y paternalismos absurdos, y él me ha hecho reir diciendo que quizá en el futuro pudiéramos ir al mercadona a por nuestra bolsita de yerba “Hacendado”, y pagarla con nuestra tarjeta de puntos travel club. Mira que dudo ese futuro… yo creo que más bien seguirán cortándonos las alas y el libre albedrío, hasta que tengamos que recurrir al camello de calle para conseguir una cochina aspirina, mientras traficantes y demás chusma siguen enriqueciéndose, y el correspondiente ministro de sanidad, previa bendición papal, nos cuenta y nos recuenta que todo es por “nuestro bien”.

Como decía Fernán Gómez… ¡¡¡a la mierrrrrrrrrrrrrrrrrda!!!

Bueno, pues sí… pues eso… que necesitas marihuana, Ariel. A mover el culo.

Pan de pipas con queso philadelphia y salmón. Menudo descubrimiento, coño.

Hoy un poco triste. No sé bien por qué. Supongo que mi filosofía zen me impide tomar conciencia de lo que significa “para siempre”. La vida es corta y llena de aristas. En ella no deberían existir los “para siempre”. Pero existen. Y me imagino que por eso al final se nos queda esa carita de tontos, cuando nos meten en la cajita de pino, con la cabeza aún llena de preguntas, tipo “¿por qué no la besé?” “¿por qué no le dije que la quería?” “¿por qué no volví a verla?”.

Bueno… sacudida de cabeza existencial y vuelta a mi realidad. Cada vida es como es, y punto pelota. Y eso sí que es zen.

En estos momentos, estoy en el hospital. No pillo conexión, así que otra vez posteo en la dimensión espacio-tiempo. P. tiene muchos dolores. Me siento totalmente impotente oyéndole gemir. Lo único que puedo hacer es apretarle la mano, pasarle la toalla húmeda por la frente y pedir más calmantes a las dos enfermeras que escuchan mis timbrazos como quien oye llover.

Como no traigan la maldita inyección en los próximos diez minutos tendré que matar a alguien. Y para ello sólo dispongo de la cuña del pis, así que… bueno… por una vez me alegro de no tener madre. No creo que estuviera nada orgullosa de verme en la portada del 20minutos, con los ojos inyectados en sangre, y agarrado a un orinal manchado de restos de enfermera pasota.