Mientras ves la peli, te cuento que soy un cabrón

Esa es mi guirnalda de cumpleaños oficial. La ariguirnalda. La compré hace tres años en un chino cutre y desde entonces, impepinablemente, la saco en cada cumpleaños y la cuelgo por la noche, con muchos globos alrededor, para que sea lo primero que el homenajeado vea cuando se despierte (aquí los globos no los pude pillar porque los gatos ya habían tirado cerca de media docena).
Lo que quizá pueda parecerte un gesto bonito, en realidad es una putada enorme. Porque puesto así enmedio, lógicamente tienes todas las papeletas de amanecer la mañana de tu cumpleaños masticando globos, con los picos de una M dentro del ojo. Y encima sin poder soltar maldiciones, ni cagarte en la madre de nadie, si no quieres parecer un grinch pedorro y desagradecido.

Es una de mis gamberradas de doble filo, pero hasta ahora siempre ha pasado desapercibida. Nunca nadie, a lo largo de estos tres años, ha sido capaz de decirme que me metiera la guirnalda por el ****. Y eso que no termino ahí ¿eh? Que luego pongo ojos de niño de comunión y digo eso de: “¿te gusta? ¿de verdad? venga, pues la dejamos ahí todo el día ¿vale?”, obligando al pobre homenajeado a entrar y salir de su habitación durante toooodo un largo día, agachando y levantando el pescuezo cual vulgar estornino.

Pero nada macho… que nadie se me enfada. Tanto es así que me estoy planteando utilizar lo del niño de comunión para otros menesteres. Como… no sé… pedirte sexo o… decirle a Miguel que el fairy me produce dermatitis.

La segunda foto debería ser la de una dulce gatita que sube mimosa sobre el jersey de su amo y juguetea con la correa de la cámara, pero sólo es Juana Tequila metiéndose por enmedio de la ÚNICA toma que me salía bien centrada, para aplastarme el bazo y clavarme toda su zarpaza en la tetilla derecha.

Ya sabes. Cada persona tiene el gato que se merece. Ni más ni menos.

Yo… él… un poco de todo…

Estoy enfermo. Ahora sí. Tengo picos de fiebre, picos de dolor, picos de náuseas, picos de amor…

Llevo todo el día en la cama, envuelto en mantas y gatos. Mañana iré a ver a la doctora gordota y antipática del ambulatorio. Me preguntará qué me pasa sin levantar las gafas de los papeles. Yo le diré que me duele todo y que todo lo vomito. Y ella arrugará la nariz y me mirará con expresión de “en mis tiempos aún quedaban hombres…”

Hoy he visto a J. y el corazón se me ha hecho un poco más grande. Me ha dicho adiós con la mano cuando se iba. No dejaba de decir que iba hecho una facha porque tenía frío y se había puesto lo que más le abrigaba, pero yo sólo oía bla-ble-bli porque para mí estaba guapísimo, y me hubiera hecho tranquilamente una bandera con cada una de sus prendas de ropa, calcetines incluídos. Eso se llama “adoración absurda e incondicional”. Soy todo un experto en ella.

J. es muy simpático. Sonríe mucho y pone caras divertidas. Me gusta mucho eso. Un amigo mío dice que lo más atractivo del mundo es una persona seria, y que por eso los sex-symbol van siempre de duros. Yo prefiero con diferencia las sonrisas de J. Creo que los hombres y las mujeres simpáticas alargan la vida, como las bayas Goji, porque proporcionan energía vital. Los serios y los quejicas la consumen.

No tengo nada de hambre. No paro de marear el caldo con la cuchara, mientras escribo esto. Mañana es el cumpleaños de Ana. Me he gastado mis últimos euros en una Nintendo DSI. Es el último cumpleaños que pasaré aquí con ella, así que tenía que elegir algo especial. Iba a preparar también una tarta, pero sólo de pensar en chocolate me vuelven las náuseas, y no quedaría nada elegante lo de escribir el happy birthday en el bizcocho con los jugos de mi páncreas.

Estoy asquerosamente enamorado. Maravillosamente enamorado. Pancreáticamente enamorado. Tchsk…

Esta mañana, despertando de uno de mis sueños febriles, he abierto los ojos y me he encontrado sentado en la cama de mi padre. En el viejo colchón sobre el suelo, tal y como estaba entonces. Hasta he visto las paredes amarillentas, las sábanas rojas arrugadas y su paquete de ducados con el zippo sobre el suelo. Me he asustado mucho. Mucho. He parpadeado varias veces y por fin he vuelto a estar en mi cama naranja, con los gatos y mis paredes blancas, normales y aburridas.
Doy gracias a los dioses de las alucinaciones por haberme traído sólo la visión del viejo colchón. Si llega a aparecer mi padre entrando por la puerta, a estas alturas estaría ya escribiendo a Iker Jiménez en busca de un buen exorcismo con cuatro kilos de ajos y muchos litros de agua bendita.

Me pregunto si es algún mensajito de mi subconsciente relacionado con los viejos diarios pendientes.

No sé si quiero que llegue el domingo

He pasado los análisis de sangre con notable alto. Poco a poco, me recupero. Como ya no puedo meterme más química, ahora me he pasado a la botánica. Todos los días mastico semillas de lino con queso quark y veinte bayas goji. Y me bebo litro y medio de una especie de mejunje amarronado biológico que sabe a pedo rancio y que refuerza el sistema inmunológico.
Soy un descreído de los folletitos de herbolario, pero lo cierto es que ahora mismo me rindo a la evidencia. Todas las porquerías que me recomendó el dietista hippie están funcionando. Las bayas goji me tienen de mucho, muchísimo mejor humor. Las semillas de lino me mantienen las articulaciones en forma, y el mejunje amarronado que sabe a pedo rancio ha conseguido que el gripazo en ciernes, se haya quedado en una sola noche de escalofrío. Al final tendré que regalarle un ramo de berenjenas en agradecimiento.

Ando un poco asustado estos días, aunque sean buenos para mí, porque J. no está bien. Está triste, negativo y cerrado. Y me preocupa porque cuando él rueda, incluso sin querer, me atrapa y tira de mí hacia abajo. Y allá que me voy con él, a hacerme añicos con las piedras del fondo. Y me acojona, claro. Me acojona porque me gusta estar aquí arriba. Arriba del todo. Donde se ve el cielo y se respira. Aquí donde cualquier cosa puede salir bien.

Pienso que siempre he estado un poco enamorado de Cristina Rosenvinge. Tenía que habérselo dicho a Ana el otro día. Hubiera sido un 1-0 para ella en nuestra contienda sobre las pitovoces del panorama musical español. Estoy seguro que Ana jamás hubiera aceptado que Cristina no es ñoña, sino simplemente sexy.
Todas las ñoñas creen que son sexys, pero ninguna lo es. Craso error en el campo de la seducción femenina, también aplicable a los homosexuales (MÁS aplicable a los homosexuales).

No me gusta la gente ñoña. De ningún género. De ningún sexo. De ninguna categoría. De ningún nada.

Porque yo lo valgo

Esta tarde tengo que ir con mi Jefe al curso de mandos. Me pidió por favor que me pusiera traje, porque iba a estar el Señor Presidente y no era cuestión de recibirle con una camiseta del Pato Donald. Y lo dijo literalmente, ojo. Incluso aunque lo del pato sólo lo hice UNA VEZ.
El caso es que ayer por la tarde le pedí un traje a Miguel y me lo probé. Imposible describir la pinta que tenía. Ridículo. Penoso. Como uno de esos titís que disfrazan para pedir limosna al compás de una pandereta. Pero bueno, aún así, anoche lo volví a dejar en la percha de la puerta y pensé “Acuérdate, Ariel… mañana traje. Acuérdate, acuérdate, acuérdate…”
Y luego ha transcurrido tooooooooooda una noche amenizada por el celo de Juana Tequila. Y entre pichíus-pichíus (porque tengo la única gata en el mundo mundial que maúlla como un canario) me he levantado ochenta veces para cogerla, meterla en la cama, arroparla y calmarla, haciendo que en total haya logrado dormir… no sé… unos treinta minutos. Así que esta mañana, mientras miraba el armario con ojos de carabinero estrábico, pensaba … “ay… ¿de qué me tenía que acordar hoy? ah… de llevarme los guantes de la moto.”

Y eso. Que con los guantes de la moto estrecharé después la mano del Señor Presidente de la compañía. Y con pantalones comando, camiseta looney toons y zapatillas converse berenjena-pasión.

Mientras mi jefe me miraba esta mañana desde su mesa con expresión de pánico incontrolado, lo único que he podido hacer para salvar la situación, mi reputación y mis posibilidades de ascenso en esta empresa, ha sido señalarme el pato lucas del pecho y decir “No es el pato Donald, Sr. Roldan ¿eh?”

No sé por qué intuyo que el asunto de los cuatro mil folios pendientes va a empezar a pasar a un segundo plano…