Se está convirtiendo ya en una rutina lo de ver Up y llorar. Llorar y ver Up. Creo que ya van unas cuatro veces que la veo y lloro. Soy único para autoflagelarme. De hecho, si ganar dinero se me diera igual de bien, a estas alturas ya me habría comprado una isla caribeña, como Jhonny Deep.
Junto a Up, este fin de semana también he visto y llorado compulsivamente Déjame entrar. La escena final de la piscina es sobrecogedora. Me fascina. No por la masacre en sí, sino por la escena misma. La cara de la niña sobre el filo del agua. La expresión del chico cuando la ve. Conozco esa expresión. Es la expresión feliz y confiada del “Por fin no estoy solo.” Solemos lucirla todos los perdedores al menos una vez en nuestra vida.

Me han hecho la punción lumbar a través del esternón. Eso es nuevo. Más doloroso, pero menos mareante. La enfermera rubia de la cuarta me ha puesto cara de compasión cuando he pasado a saludar antes de irme a mis 30 minutos de paralización absoluta. Las noticias sanguíneas vuelan. He procurado marcar mucho el paso para que se viera que, anemias megaloblásticas aparte, ya caminaba sin muletas. Me han salido unos andares de lo más raros. Algo así como de quasimodo puesto de farlopa. Recordándolo después en el ascensor, me he partido de risa yo solo. No aprenderé nunca a dejarme la chulería aquitodookey en casita.

Dice María que las risas nos salvarán y que el blog no era una mala idea. Voy a seguir escribiendo para ella. Así que se cierra el domingo, estoy de nuevo aquí abajo, y a partir de hoy, escribo para María.

Tengo anemia megaloblástica. Creen que por culpa del metrotexate. Me harán una punción lumbar para determinar si se trata de algún tipo de leucemia. Ya lo dijo la monja cantora aquella de la película de los siete niños; cuando el señor cierra una puerta, en algún lugar abre una ventana… y luego se ocupa de empujarte por ella.
También tengo insuficiencia cardíaca. Ahora mi corazón corre, se asusta, y se para. Se me ha cansado de latir en el primer cuarto de su vida. Le escribía a María que tiene algo de romántico estúpido lo de tener un corazón enfermo. Queda muy bien como personaje de novela. Siempre he pensado que yo sería un personaje de novela perfecto si hubiera nacido alto, guapo y listo. Quizá porque siempre hago ese tipo de cosas por las que uno dice: “¡qué idiotez! ¡esto solo pasa en las novelas!”.
Me han mandado betabloqueantes. Los tengo aquí encima, al lado de la taza del té. M. los compró el viernes pasado y los dejó ahí, junto a su receta. No sé distinguir el porqué pero… no pienso tomarlos. Así que espero que a mi corazón vago no le importe mucho que esta vez no le eche una mano para latir.
Por extraño que parezca, nisiquiera me importa.

Acelgas, Acelgas y Acelgas, porque estaban muy buenas y he “tripetido”.

Hoy hemos colaborado como extras para una película que estaban grabando en Audiovisuales. Es la segunda vez que me lo piden. En la primera, hice de cliente que robaba un jamón de pato en el supermercado. Hoy he hecho de imbécil que coge una caja del suelo en plan allavoy y se joroba ocho vértebras lumbares (definitivamente, tengo que plantearme lo de ir mejor peinado al trabajo). El arándano de prácticas ha hecho de chico listo que coge la caja doblando las rodillas y permanece inmune a la lumbalgia. No me sorprende. Todos los polos de rayitas abrochados hasta el cuello terminan teniendo su recompensa a la derecha de dios padre.
A pesar de que he aplicado la más depurada técnica de Stanislavsky para poner cara de uyquedañopordios, me han hecho repetir la toma ocho veces porque no se me veían los vaqueros con la pantalla azul de fondo. Al final, he tenido que ponerme un mono de trabajo, gracias lo cual (y gracias a Stanislavsky también) mi aspecto de imbécil cogedor de cajas allavoy ha mejorado considerablemente. No obstante, por si eso no fuera suficiente, lo he redondeado cuando he pedido permiso para hacer pis, y he vuelto a los cinco segundos al plató preguntando: “perdone… ¿en estos monos por dónde se saca?”

No te rías. Juro por dios que aquello no tenía bujerillo por donde asomarla. Lo juro. De hecho… mañana me fijaré bien en el de mantenimiento. Estoy convencido que junto al manojo de llaves, lleva una bolsita con pitorro, como los astronautas.

Sushi, cava y rock and roll.
El chico arándano de prácticas me ha contado esta mañana que en el último concierto de rock en el que estuvo, tuvo el enorme privilegio (o eso parece) de compartir espacio con Pilar Rubio. Yo le he preguntado que quién era Pilar Rubio. Él ha abierto mucho los ojos y ha dicho “¿¿¿¿¿no sabes quién es Pilar Rubio????? ¡¡pero tío!!! ¡esa que está tan buena de la sexta!” Yo he ubicado en mi cerebro (por fin) quién era Pilar Rubio y le he dicho que a mí no me parecía que estuviera tan buena, porque tenía una cara muy extraña, con unos pómulos muy raros, como de travesti chungo. Él ha abierto más los ojos (aún) y ha dicho: “¿La cara? ¿qué cara? ¡¡Pero mira qué tetas tiene!!. Yo he dicho: “¿Las tetas? ¿qué tetas? ¡¡pero mira qué cara tiene!!”
Creo que cuando te atraen por igual hombres que mujeres, llegas a tener un sentido de la estética femenina completamente distinto al de la media nacional. Y sobre todo… creo que cuando te atraen por igual hombres que mujeres, algunas partes de la anatomía femenina tienden a perder por completo su peso específico, y por contra… su reinado específico.

Y que vivan las caras bonitas con tetas de andar por casa.

Tallarines y felicidad. Felicidad y tallarines.
Me reunieron los tres en la consulta y me dijeron que la operación se podía considerar un éxito. Que no había rechazo. Que los marcadores eran negativos. Que la herida cicatrizaba según lo previsto. Que sólo quedaba seguir rehabilitando para recuperar la musculatura de las piernas y hacer una vida lo más normal posible. Yo sólo escuché las palabras “piernas” y “éxito”. Lo demás para mí fue una sucesión de blablablás entre toda una borrachera de alegría absurda e idiotizada. Luego me quitaron el catéter de la rodilla. Pregunté: “¿Y ahora qué?” y la doctora sonrió y dijo “Ahora ya sólo luchamos contra la artritis. Pero es un enemigo pequeñito.”

Tengo un enemigo pequeñito. Y tengo piernas. Dos. Mis piernas. Estuve dos horas desnudo tumbado en la cama, con los pies sobre la pared, mirándomelas. Levantando una. Levantando la otra. Girando una. Girando la otra. Doblando una. Doblando la otra. Cuando el catéter del pecho empezó a molestarme, me dibujé un OK con rotulador rojo en el muslo izquierdo y un Nepomuk haciendo una zapateta en el derecho. Le mandé un sms para decírselo. Estaba muy contento, era la mejor noticia del mundo. A él no se lo pareció. No dijo nada, ni le dió importancia. Estaba molesto porque no le había llamado. Me puse triste unos minutos. Los justos hasta volver a ver mi pierna, en su sitio, haciendo coro con la otra, como el resto de las piernas sanas y normales del mundo mundial.

Mañana devolveré la silla de ruedas al hospital y subiré las muletas al trastero. Y haré un yipi-yupi-yei desde la terraza de antenas al más puro estilo de Hopalong Cassidy.