Menú de gourmet. Gulas. Sepia. Merluza. Cava rosado. Leche frita. Capuccino. Dolor de cabeza (puede que del cava). Felicidad (puede que del cava).
He vuelto al trabajo. Mis compañeros me han regalado un uniforme de soldado y una tarjeta con monigotes en la que pone “para el niño guerrero que sale victorioso de cualquier batalla”. Me he emocionado mucho. Nos hemos hecho algunas fotos y la verdad es que no saco mucha cara de guerrero victorioso. Entre los pelos, los pucheros y los ojos rojos, más bien parezco la viuda de Espinete acudiendo a un homenaje póstumo.
Pienso en esto que estoy haciendo y dudo. Recibo bastantes cartas de personas preocupadas por el cambio de registro de mis entradas. Encontré positivo para mí este harakiri, pero no me paré a pensar si lo sería para todo el mundo. Ahora repaso mis diarios infantiles y dudo. Siempre quise ser Christopher Moore o Sue Townsed, y escribir sobre el lado divertido de la realidad. Es tan complicado hacer reír, como sencillo poner triste, y yo no he cogido el camino sencillo en mi vida. Dudo si seguir con esto. Le preguntaría a él, pero sé que me dirá: “Si quieres escribir escribe, Ariel, y si no lo quieres hacer, no lo hagas”. Y yo responderé: “pues… ehm… vale, pero… ¿entonces qué me estás diciendo?” y luego me entrará la risa tonta y la mala leche, a partes iguales.

Pescado. Una bolsa de pipas peladas. Paz después de la tormenta.

El calor convierte mi habitación por las noches en un microondas. No me ayuda nada a conciliar el sueño con el que se supone que debo recuperar kilos y energía. Esta madrugada, ante el miedo de que la cabeza me estallara en plan plop de palomita, he arrastrado el colchón hasta el salón y me he tumbado a pie de terraza. M. se ha levantado cuando amanecía para hacer un pis y ha tropezado con mi cuerpo serrano tirado en el suelo del salón. Casi le da un infarto. Ha faltado un tris para que me metiera la chancla en la boca. Le he visto mover los brazos con mucho aspaviento mientras me preguntaba qué cojones hacía tirado en el salón. Yo le he respondido que qué cojones hacía él yendo a hacer pis al salón. Y cuando ya nos ha quedado claro a ambos que en el salón no hacíamos más que el idiota, hemos procedido a cerrar el pico y a regresar, él a su pis, yo a mi cama.

Mañana volveré al hospital a por una receta de somníferos. O tranquilizantes. O narcóticos. O…

Ensalada de pollo sin pollo. Vichy por un tubo. Estómago en protesta.

Un mal día el de ayer. Dolores, náuseas, agotamiento físico, desequilibrio nervioso… No quiero volver a tirar de la tableta de hachís, pero la verdad es que para mí supone una especie de patera que me acercara a la costa como promesa de un lugar mejor. Es una lástima que el tabaco con el que tengo que mezclarlo, sea la guardia civil que me intercepta y me devuelve al Magreb de una patada en el culo.
Me he pesado ocho veces y he cambiado de báscula dos. Nada que hacer. No puedo echarle la culpa a la electrónica, no hay error. Simplemente, vuelvo a perder peso. Sumo diez kilos menos en tres meses. El calor no ayuda y la falta de sueño, menos todavía. Dentro de poco seré un tatuaje de mí mismo, y me pesaré en una de esas balanzas de cocina, con los piececitos colgando por encima del platillo.

Me apetece tener otro gato. Y creo que será pelirrojo y se llamará Porro.

Mis vecinas de al lado han puesto música. Son de mi generación y han puesto música, pero menuda mierda. Menuda mieeeeeeeeerda de música. Una especie de psicopatía eletrónica con un tipo soltando frasecitas entre chimpún y bufta-bufta. Sin embargo, ellas son guapísimas. Es la compensación de la naturaleza.”Te doy una belleza sublime, y a cambio te atrofio el mesencéfalo”. Aunque no sé por qué hablo de mesencéfalos atrofiados, si ahora mismo estoy mojando patatas fritas en helado de chocolate.
Le he dicho a A. que eran “helatatas Serlik” y que algún día haría una fortuna vendiendo la idea a MacDonald’s. Me ha respondido diciéndome que cada día estoy peor “de lo mío”.

Se me ocurren tantas cosas, que ahora mismo no sé exactamente a qué se refiere con eso de “lo mío”.

Sushi. Contento de ir comiendo mejor. Sangrado de nariz leve.

Bueno, pues ya está. Sin gabardina, sin gafas negras y sin tequila, he llevado la pierna al hospital.
Evité a los del psicogrupo, pero no a las enfermeras de planta. La rubia de la voz dulce me ha preguntado qué tal llevaba lo del pelo. Me ha sorprendido un poco la pregunta, hasta que me he visto reflejado en el cristal. Joder… mi cabeza es una albóndiga de estopa pinchada en un palillo. Con los kilos de menos, prácticamente soy un Fragel. Ojos-pelo/pelo-Ojos. Es por haberlo afeitado dos veces. Ahora parece que me hubieran crecido los 300.000 pelos todos a mogollón, al grito de marica-el-último.
Tres pinchazos. Uno para drenar y dos de antibiótico. Cuando han traído la silla de ruedas, la he rechazado, orgulloso. Un orgullo poco práctico, por otro lado, porque se me han olvidado los escalones de la entrada y los he tenido que bajar deslizando el culo por la barandilla con la muleta a modo de remo. A ver si me apunto en la frente, que en determinadas situaciones no hay orgullos que valgan.
El 15 de junio vuelvo con la prednisona. Qué poco duran algunas rebeliones…