He pasado la mañana con P. sentado sobre su cama de hospital, comiendo calippos, hasta que la lengua se nos ha puesto verde. Estaba contento porque había logrado piratear señal con el portátil para leerme. Se acuerda perfectamente de Azîm y de sus ojos terribles, pero apenas recuerda a Maruk. Me ha dicho que siempre creyó que mi interés por Azîm era sexual. Yo le he contestado que me parecía una chorrada, teniendo en cuenta que Azîm no era más que un chulo barato, y él ha dicho: “Bueno, un poco chulo sí. Pero sólo hacía lo que quería hacer todo el mundo.” Yo he preguntado: “¿Y qué quería hacer todo el mundo?”, y me ha respondido: “No sé. Besarte y pegarte. O pegarte y besarte. Yo que sé. Es algo raro que tienes en los ojos. Siempre apetece hacer eso contigo…” Luego, cuando ha sido consciente de mi expresión de oveja-atropellada-por-camión, ha añadido: “Pero a mí no ¿eh? digo a los demás. Que yo soy tu amigo, tío…”

No voy a poder dormir pensando en eso. Pegarme y besarme. Besarme y pegarme. Pues menuda mierda…

Me arrepiento de la pataleta de mi último post. Qué tonto soy cuando soy tonto. Iba a borrarlo, pero creo que lo dejaré ahí como monumento a las chuminadas existenciales que no llevan a ningún sitio. Es una puñeta eso de que se me olvide ser zen. Escribiré cien veces: la justicia es una pollada de católicos y lloricas. La vida es como es, y punto pelota.
Bueno.. quizá sea muy largo para escribirlo cien veces.
Hoy me he reído mucho. Me he reído cuando he ido a ver a P. al hospital y le he dicho que le regalaría unas cejas con velcro, para ir cambiándoselas según estuviera triste, contento o enfadado, como a un Mr. Potato. Me he reído cuando él también se ha reído de la chorrada, y se le ha ido el caldo de pollo por la nariz. Me he reído cuando le he dicho a J. que tomara un antiinflamatorio para la contractura y me ha respondido “Lo siento, Ariel. A estas alturas de mi vida yo ya sólo tomo drogas que sean divertidas.” Me he reído cuando Takhesi ha ido a ronronear a J. con una espina del cactus clavada en el lomo y él ha dicho: “Este gato tiene la piel como un cocodrilo”. Me he reído con un montón de tonterías y me ha venido genial. Igual que respirar en una bolsa, o darme un par de vueltas en la montaña rusa.

Mañana llevaré crucigramas a P. Me gustaría llevarle bollos. Le flipan los bollos. Pero su médica no me deja darle nada que no sea líquido.

Mañana le llevaré crucigramas y calippos de limón.

Odio el cáncer. Lo odio. Lo odio con todas mis fuerzas. Odio los mechones de pelo quedándose entre tus dedos. Odio las llagas de la boca, la quemazón de las venas, el dolor de los huesos, la comida sin digerir, subiendo desde tu estómago… Odio la indefensión, el miedo, las miradas de los que te dicen que tienes buena cara, las ganas de llorar que se quedan como una bola en la garganta. Odio el olor dulce y caliente de los pasillos del hospital. El sonido del carrito de la comida, el crujido de los zuecos de las enfermeras contra el linóleo. Odio las agujas atravesándote la piel, el tacto seco del esparadrapo, el olor del alcohol en cada cosa que tocas. Odio los labios que se agrietan, los ojos que se quedan secos, las manos que se hinchan, la orina que escuece, el catéter que sangra, la frustración. Odio la frustración. No soporto la frustración. No importa que corra. Ni que salte. Ni que esquive. No importa que atraviese puertas o vuele laberintos. Los monstruos siempre están ahí. Nos esperan pacientes. Sonriendo con sus colmillos afilados y preguntándose risueños a dónde coño creemos que vamos.

Cortocircuito general en mis comunicaciones. Llevo varios días sin mirar el correo entrante. No sé por qué. Creo que es porque me faltan fuerzas para levantar las persianas. Leo mucho los cuentos de María. Quisiera escribir como ella, porque cuando escribe, parece como que no lo hiciera. También me gustaría decírselo, pero pasan los días y no lo hago. Quizá sean malos tiempos para la lírica, al fin y al cabo.

Confundo los tres cepillos de dientes. No sé por qué demonios me pasa. El de A. es azul oscuro, el de M. azul claro y el mío rojo. Y no hay noche que no me sorprenda en el espejo con uno de los azules dentro de la boca. Creo que tiene que ver con la manía que he tenido siempre de comprar todos mis trastos azules. Ahora ya estoy abducido por el universo azul y me voy a ellos como un moscardón al donut. Lo peor es que mi pasta de cocacola canta como las gallinas, así que no hay mañana que uno de los dos no olisquee su cepillo y me pille en el despiste. M. me preguntó si no sería una especie de fetichismo del subconsciente. Yo le dije que chupetear la salivilla de sus caries no era precisamente lo más sugerente que pudiera filtrarse en un subconsciente. Él me miró y dijo “Seguro que has chupeteado cosas peores”. Yo miré a su novia y le dije “Seguro que tú también.”
Estamos empezando a ser sinceros. De aquí a la caída de la amable convivencia, hay un paso.

Ayer me cayó la bronca del siglo por llevar tres días con el catéter infectado. Hubo sopapo para la enfermera, sopapo para el ats, y sopapo para el paciente, que en este caso era yo. “¿Pero… cómo coño se te ocurre estar tres días con eso así sin quejarte?” me dijo el médico entre muchos aspavientos. Casi me lo pude imaginar inclinado sobre mi féretro diciendo “¿Pero… cómo coño se te ocurre morirte de una septicemia?”
Hay que joderse con el surrealismo vital que me envuelve…

Sea como fuere, encadeno rapapolvos, regañinas y enfados que me llegan desde todas las direcciones a lo largo de estas dos últimas semanas. Y avanzo entre ellos con la seguridad cada vez más absoluta de que no hay nadie en este mundo que pueda entenderme, salvo tú. Por eso siempre ando arañando tu puerta, como un chucho llorica.

Ya son tres días con dolor de cabeza. No sé si deberia preocuparme.