Tengo ganas de cambiar la cabecera

Al final creo que haré lo que siempre me dices que haga. Dejar que se me enfríe un poco la cabeza y volver a pensarlo mañana. No sé explicarte por qué le tengo cariño a los nepomundos, pero se lo tengo. Han sido varios años, han sido varios estilos, han sido varias etapas… Aquí estaba yo cuando tú me encontraste en plena redención. Aquí estaba cuando me dibujabas plantillas cada vez más blancas. Aquí cuando me insultaban, cuando me querían, cuando me odiaban, cuando me ayudaban. Siempre aquí. Entre comentaristas, amores, odios y dibujos.

Antes te he dicho que me gustaría tener un blog en el que pudiera escribir lo que me saliera de los huevos cuando me saliera de los huevos. La verdad es que debería ser un deseo fácil y universal cuando se abre un blog, pero al final nunca es así, créeme. Porque un día te da por escribir tu vida y alguien te preguntará por qué lo haces. Y otro te dará por dibujar y entonces surgirá alguien que te pregunte por qué dibujas. Y cuando dejes de hacerlo, probablemente te pregunten por qué ya no lo haces. Sea como fuere, estarás siempre un poco ahí enmedio. En una especie de tabla de cortar delante de 300 personas con cuchillo y una chaira. Es inevitable, mayormente son gestos de cariño. Pero gestos de cariño que, sin que te des ni cuenta, te reconducen ¿sabes? Siempre. Inevitablemente. Al final te encuentras caminando por una acera en la que nisiquiera estabas seguro de querer pisar. Y lo peor es que no sabes ni cómo has llegado.

Hay un blog que yo admiro mucho. Al blog y a su autora. Soy fan suyo acérrimo desde hace cinco años y nunca he dejado de leerla. ¿Y sabes por qué me gusta? porque ella sí que escribe lo que le sale de los huevos cuando le sale de los huevos. Y es tan evidente, que todo resulta increíblemente sencillo y hermoso. Siempre he pensado que yo quería un blog así. De hecho, la plantilla blanca que me diseñaste, esta que ahora estoy pisando, tenía mucho de su estilo. Todo lo que hacía me gustaba. Hasta sus diseños naif. Mh… y no sé por qué te vengo a contar esto ahora… salvo porque me voy por los cerros de úbeda, como siempre. (Ahora tú sonríes y sueltas un poco de aire por la nariz).

Bueno… he llegado al final a dos conclusiones, más o menos certeras. Una, que del número de móvil me desprendo con mucho gusto y de mil amores. Bienaventurada sea la ley de registro de datos de tarjetas prepago. Etapa nueva, número nuevo y agenda nueva. Me quito a los fantasmas del pasado (y de paso a los fantasmones). Y en lo tocante a este blog… pues que no sé. Que probablemente lo deje como privado, o lo reabra en wordpress o… o… o lo redibuje una vez más. Ya sabes, me encanta redibujar cosas.

Y ya queda un día menos cuando pasa un día más…

Bueno, a ver cómo te resumo un día cojonudo en dos líneas…

Hoy era mi último día de rehabilitación. Ha resultado muy emotivo. Todos los del grupo me han firmado en la camiseta, a modo de tarjeta de despedida improvisada. Me han puesto dedicatorias, grafittis, dibujitos pornos… e incluso el cirujano se ha dignado a dibujarme un ave fénix con rotulador morado en una de las mangas. De hecho, justo mientras él terminaba de dibujar la cola de fuego, he visto el logotipo de Tommy Hilfiger en el borde de la manga y he pensado “coño… si yo no tengo ninguna camiseta de Tommy Hilfiger…”
Conclusión 1: he vuelto a ponerme por equivocación una de las camisetas de Miguel.
Conclusión 2: Puede que el de hoy no haya sido mi último día de rehabilitación porque mañana, cuando Miguel se entere de lo que he hecho con su camiseta de 150 euros, lo más probable es que alguno de mis huesos no llegue a noviembre en su sitio.

El chico-arándano de prácticas ha vuelto a sus estudios y en su lugar me han traído a otro. Una especie de chico gigante extraño de mente corta. Y no lo digo como insulto, sino como definición. De hecho, después de pasar 8 horas con él, estoy casi convencido de que tiene algún tipo de retraso neurológico. No enlaza las palabras, no responde a las preguntas, masculla surrealismos, suelta frases si ton ni son… Es como si viviera dos horas más tarde que el resto del mundo. 100 kilos de materia inerte con gafas. Echo mucho de menos al chico arándano, con su lengua rápida y su jersey de pico. Comunicarse con el gigante de las gafas es algo surrealista e imposible. Yo le pregunto: “¿Conoces el programa indesing?” y él responde: “Mi madre trabaja haciendo bolsos…” Y así todo. Todo. Para trabajar con él necesito algo que no tengo. No sé el qué. Alguien de barrio sésamo que venga a explicarnos la diferencia entre arriba y abajo, o una lobotomía que nos deje a los dos al mismo ras. Yo que sé…

He ido a clase. No me he enterado de nada. Cada vez voy más perdido. Y Jung… maldito, maldito, maldito Jung… ¿por qué? ¿por qué no estudié botánica? ¿o sastrería? ¿o peluquería para caracoles?

Mayday… (hoy también te quiero, esto va en aumento)

También te escribo cuando no te escribo

Iba a hablarte del asunto del gato que maúlla en la verja y todo eso pero… encontré esto entre mis apuntes de hace unas semanas. Lo escribí en el diario, una noche, desde el hospital. Releyéndolo hoy, he pensado que quizá te haría gracia conocer los desvaríos en los que me pierdo cuando estoy medio bolinga. Pero no me riñas mucho por lo del cava, por favor. Que todavía me dura lo de la mantequilla.

*** Son las diez de la noche y estoy un poco borracho porque me he zampado dos benjamines de cava. Estoy un poco borracho porque tengo motivo. Desde que conocí a mi padre, pienso que todos los borrachos deben tener un motivo si no quieren sentirse un poco idiotas. Son las diez de la noche y estoy haciendo una lista de cosas importantes en mi vida.

Cosa importante nº1: Me importa mucho el blog. Está lleno de mí. Allí abro cremalleras, desabrocho camisas, retiro sábanas, quito calcetines. Es mi blog. Siempre volveré allí a esconderme. Coloco las estadísticas y luego ni las miro. Creo que es porque en mi blog siempre estoy solo conmigo.

Cosa importante nº2: Me importan mucho mis gatos. Nos unen lazos extraños. Tequila duerme en el hueco de mis piernas. Tripi lo hace sobre mi estómago, con las dos patas delanteras estiradas y las pezuñas sobre mis labios. No sé por qué deja las pezuñas sobre mis labios. Cuando amanece, juego a mordérselas y él las recoloca sobre la nariz. Creo que es una especie de mimo. Jamás me separaría de mis gatos. Por nada. Por nadie. No concibo el corazón del que es capaz de hacerlo.

Cosa importante nº3: Me importa mucho J. Amo a J. Siempre le amaré. No le pongo en el nº 1 para que no se me crezca. Cuando J. se me crece, se enfada cantidad conmigo y me habla como si pudiera prescindir de mí. Yo no puedo prescindir de J. Cada cosa que hago es solo por poder tirarme en el sofa con él a ver peliculas raras. Y que el juguetee con mi pene. Y que yo le diga “suelta, pesao…”. Cada cosa que hago. Cada vez que respiro. Yo tambien soy ñoño memo y llorica. J. es mi gurú. Si llevara un túnica naranja y me pidiera que le diera toda mi fortuna y luego me inmolara para viajar al planeta Krypton en la cola de un comenta, yo lo haría. Con él me olvido de pensar. Y me la pela, que es lo peor.

Cosa importante nº4: Me encanta llamarle Jota. Es como si estuviéramos metidos en una novela de Philip Marlow.

Cosa importante nº5: Teo no se va a morir. Yo tampoco. Estaremos doloridos y jodidos. Pero viviremos. Claro que sí. Yo tengo que irme a casa de J. Teo tiene que agarrarme de la nuca y decirme “Quita esa inicial y dí mi nombre porque si no me conviertes en Peo, cabrón…”

Cosa importante nº 6: Tengo una cabeza enorme con este pelo, maldita sea. Tengo que cortármelo. Pero no puedo. Me gusta sujetar los rotrings detrás de la oreja, entre los rizos, mientras dibujo las viñetas que ya no publico. Miguel dice que parezco un carnicero. A veces me acuesto con el rotring tras la oreja, sin darme cuenta. Mi pelo lo tapa todo. Hasta los malos pensamientos.

Cosa importante nº 7: Mis cosas importantes no importan una puñeta. Creo que es porque estoy borracho. Mañana lo leeré y pensaré: “Joder… menos mal que no lo he publicado…” ***

PD. Fé de erratas de Agus. Gracias Agus.

…Y esa sonrisa de pandillero juvenil

Ha quedado muy poco sexy eso de confesar que tengo antecedentes policiales, supongo… Bueno, míralo así. Era joven (o más joven) y no tenía nada que perder. Además me obsesionaba lo de volver a casa y el dinero que necesitaría para hacerlo.
Vendíamos todo lo que pillábamos. Igual daba que fuera oro, que ropa, que películas, que secadores de pelo… todo. Aco se lo llevaba a su comprador y al día siguiente nos repartíamos el dinero. Yo lo guardaba por dentro de la funda del colchón. Era el sitio más accesible si había que esconderlo rápidamente en la mochila. Llegué a reunir bastante. Luego no sirvió de nada porque cuando me cogieron por segunda vez me registraron hasta los calzoncillos, claro. Requisaron hasta el último duro y mi esperanza de volver a casa se fue el carajo. Y mejor ¿eh? porque de verdad… yo no sé qué coño esperaba encontrar a esas alturas en mi casa. A la nonna Agra resucitada o algo así. Estaba tan ocupado por sobrevivir que la mayor parte del tiempo se me olvidaba usar la cabeza para algo que no fuera llevar gorro.

Lo de la moto no sé cómo pasó. Yo me limité a elegirla, puentearla y a conducirla hasta Pitis. Es la única vez que he robado a un particular. Aunque te parezca una chorrada, tenía muchos conflictos morales con eso de robar pertenencias privadas. Me negaba sistemáticamente. Aco se cabreaba conmigo día sí y día también. Supongo que para mí no era lo mismo robar a Media markt que robar a menganito pérez. Qué quieres que te diga. A fecha de hoy, me sigue pareciendo algo completamente diferente. El caso es que no sé qué falló, ni quién se fue de la lengua. Sólo sé que después de cobrar la moto, vino la guardia civil a buscarme al centro y, como ya era reincidente después del asunto de los relojes, me fuí de cabeza al reformatorio. Dos nochecitas con los rusos, los rumanos y los rajadores profesionales. Y luego, nada. Susto, contricción, regañina y de vuelta al mismo sitio pero sin dinero bajo el colchón.

Pero oye, mira el lado bueno. Todavía sé puentear y reventar barras de seguridad. Si el día de mañana nos vemos inmersos en un nuevo madmax, al menos no vas a tener que preocuparte del transporte. Que tú no sabes lo cansadas que pueden resultar las carreteras de Ávila en un universo devastado…

Eh, fíjate… soy tan dulce como un jalapeño

Bueno, y ahora acudirás a ver lo que te digo por estos lares, supongo. A ver si también repito por escrito que te pones gilipollas y condescendiente conmigo cuando te enfadas. Pues aquí estoy. Al fín y al cabo, no tendré hoy muchas más opciones de comunicarme contigo, porque me acerque como me acerque, seguirás condescendiente, ofendido, soberbio y tratándome como a un imbécil. Mi castigo por no controlar los impulsos. Reconozco que no he nacido para pobre chico amorosamente sacrificado y primorosamente llorica (como cierto blogger que ahora me viene a la memoria…). Me basta la primera patadita para sacar los colmillos y clavarlos donde sea menester. No soporto los melindres, ni las ñoñeces, ni los pobrecitoyo-quemaloes. Nadie es objetivamente malo, ni subjetivamente bueno, y yo no quedo nada bien como protagonista de novela amorosa que sufre en silencio. Prefiero pasar mis sufrimientos clavando garras, como un aprendiz de lobezno, y hacer purgas de sangre para evitar daños mayores. Sobre todo cerebrales.

Olvidé que tenía moldes para galleta. De haberme acordado, ahora tendría un plato lleno de minimuñecos, miniestrellas, miniosos, minicorazones… un plato lleno de minihorteradas, en lugar de un plato lleno de maxiplatillos volantes. Eso sí, nos divertimos mucho haciéndolas. Terminamos con masa de galletas hasta en las orejas. Hice una foto a la bandeja recién sacada del horno. Los galletones se pegaron unos a otros y aquello quedó como una especie de bandera olímpica interplanetaria. Pero están deliciosas, en serio. Algún día, no se cual, debí levantarme sabiendo cocinar. Alguien al otro lado de matrix debió equivocarse con la programación, o algo así.

Hoy me cuesta respirar un poco. Como si el fuelle no me llegara hasta el final. Creo que sólo son nervios idiotas, pero debería habértelo dicho. Así hubieras podido decirme que era por la p**a mantequilla de los co****s.